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Agradezco este valioso libro, desprovisto de fervor religioso, sobre religión y ateismo.
Andre Comte-Sponville, "El pequeño libro de spiritualidad atea"
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Se le acercó enojado el hambriento. Ya lo esperaba venir. ¡Usted dice que los valores no existen!, le reclamó con aires de escándalo. Calló un momento el endemoniado; después le dijo: es muy re difícil demostrar que algo no existe - más difícil que demostrar que algo existe - habiendo tanto escondrijo en este mundo donde las cosas pueden estar. Habría que buscar por todos lados y recorrer todos los rincones del universo. El hambriento no parecía satisfecho con la respuesta: su postura adquirió el desbalance del que cree sin certidumbre que le toman el pelo.
Habría que comenzar por ver cómo se reconocen los valores antes de preguntarnos si existen o no. ¿Basta que alguien diga que tiene tales y cuales valores para considerar que ellos existen? Por supuesto que no, dijo el hambriento, habría que considerar sus acciones, su comportamiento. ¿O sea los valore se ponen de manifiesto en las acciones de las personas? Por supuesto, dijo el hambriento, los valores son el resorte último que mueve a los seres humanos a comportarse como lo hacen. Los valores son el origen de las acciones humanas, y al actuar una persona pone de manifiesto los valores que guian su comportamiento. O sea, los valores van a aparecer en la interpretación que hagan las personas de las acciones de alguien.
Preguntó el endemoniado: ¿puede una persona tener una interpretación equivocada con respecto a los valores que la mueven? El hambriento callaba con una poco disimulada sospecha germinando. ¿Aunque lo crea con toda sinceridad?, agregó. Le voy a recordar un cuento que usted conoce perfectamente, dijo el de Chillán. Sale en el avangelio de Marcos (10:17) y relata lo que sigue: un joven rico se acercó a Jesús preguntándole qué debía hacer para ganar la vida eterna. La respuesta: " Ya sabes los mandamientos que conducen a la vida: No cometer adulterio, no matar, no hurtar, no decir falso testimonio, no hacer mal a nadie, honrar padre y madre. A esto respondió él, y le dijo: Maestro, todas esas cosas las he observado desde mi mocedad. Y Jesús mirándole de hito en hito mostró quedar prendado de él y le dijo: una cosa te falta aún: anda, vende cuanto tienes, y dalo a los pobres, que así tendrás un tesoro en el cielo; y ven después y sígueme. A esta propuesta, entristecido el joven, fuese muy aflijido, pues tenía muchos bienes."
El principal sorprendido aquí sobre la verdadera naturaleza de sus valores es el joven: descubre que más que valorar la vida eterna, valora sus riquezas, reconoció de inmediato y sin pesar el hambriento. Y no se trata aquí de que haya una discrepancia entre lo que dice el joven rico de si mismo y las interpretaciones que hace la gente al verlo actuar, es él mismo quien reconoce lo infundado de la interpretación que tiene de las motivaciones más elementales de su propio comportamiento, dijo el endemoniado, y se entristece al darse cuenta de eso.
¿O sea?, le preguntó al hambriento. Este dijo con una recién ganada serenidad: o sea, es mejor no hablar de los valores que tenemos y dejar que nuestros actos manifiesten por si mismos los que nos preocupa y lo que cuidamos. Si pues, así dejamos menos espacio para equivocaciones entristecedoras y el chamullo hipócrita.
El endemoniado de Chillán viene observando hace algún tiempo que se habla mucho de los valores que cada uno de nosotros tiene, como una manera de definir quienes somos y distinguirnos de otros que, aparentemente, tienen otros valores. Y cada uno trata de mostrar su valores en una luz más virtuosa que los valores que, dice, tienen otros.
También observa que nadie declara valores negativos. Aún los tipos más delincuentes y socialmente peligrosos, declaran guiarse por valores dignos de santos o de ciudadanos virtuosos. Algo no huele bien, piensa el de Chillán.
Partamos por lo simple, propone. Si alguien dice que tiene un título universitario, es fácil demostrar si es verdadero o falso lo que dice de si mismo. Si alguien dice que tiene una cierta edad, es fácil saber qué debemos hacer para saber si es verdadero o falso lo que dice de si mismo. Pero, si alguien dice que tiene valores humanistas, o progresistas, o cristianos, o laicos, ¿qué debemos hacer para verificar si lo que dice es verdadero? ¿Podemos verificar esto de alguna manera? El endemoniado cree que no hay manera posible de hacerlo. Tampoco se puede demostrar lo contrario, piensa. ¿Cómo se puede demostrar que mis valores NO son humanistas, o cristianos, o progresistas etc? Parece que atribuirme valores que parezcan hermosos no tiene ningún costo: nadie puede demostrar lo contrario.
Recordó entonces lo que ya había descubierto sobre el chamullo. Chamullar es hablar cualquier cosa sin ninguna preocupación por decir la verdad o no decirla, por decir algo verdadero o algo falso. Hablar de los hermosos valores que tenemos es chamullar. Pensó el endemoniado: sólo gente tan educadamente hipócrita como nosotros los chilenos podemos hablar tanto de nuestros valores. La próxima vez que escuche a alguien hablando bellamente de sus valores tendré cuidado, concluyó.
( El hambriento, que de cerca lo escuchaba, quedó sumido en una profunda perplejidad)
Se le acercó su amigo el zombi a discutir sobre el aburrimiento. Le dijo: endemoniado, no entiendo por qué tu dices que el aburrido vive como si su vida hubiera sido ordenada por otros. Suspiró el de Chillán y dijo: te encuentras interesado y afanado en tus proyectos y acciones, hasta que, por alguna contingencia de la vida, esos proyectos y acciones se ven interrumpidos temporalmente y te encuentras en una situación en la que no puedes hacer nada por ellos, salvo esperar a que la situación de interrupción termine - una sala de espera, un aeropuerto, una tormenta que te aisla, son ejemplos -, entonces te aburres. Por supuesto, comentó el zombi, me aburro si no hay nada que hacer, nada que me interese; y no me aburro si encuentro que tengo cosas que hacer que me interesan. ¿Y quien le da interés a las cosas y proyectos que te interesan?, pregunto el endemoniado; obviamente yo mismo, dijo el otro. Y si tú declaras desde ti mismo el valor que le darás a las cosas y el interés que te merecerán determinados proyectos, ¿por qué olvidas eso cuando te encuentras aburrido, declaras que no hay nada interesante que hacer -echándole la culpa al mundo por su falta de interés - y olvidas que tú has sido desde el inicio el origen de tus propios intereses? Se ensimismó el zombi. Dijo: es que tal vez nunca declaré mis propios afanes ni el peso de interés y significación que yo le asignaría a las cosas, sino que simplemente me encuentro sumándome a las obligaciones y afanes que estaban disponibles para mi o para personas como yo. A eso me refiero, dijo el endemoniado, a eso me refiero: nos aburrimos cuando vemos interrumpido el fluir de los afanes y proyectos que nos poseen. Y sólo esperamos recuperar la posibildad de afanarnos y ocuparnos en tareas y proyectos que quizás nunca hemos sabido por qué nos interesan.
Volvió a la carga el zombi diciendo: ¿y el aburrimiento que no es transitorio, que no depende de no poder - transitoriamente - dedicarnos a nuestras ocupaciones regulares? Quizás ése es un aburrimiento distinto -respondió el endemoniado -, creo que el aburrrido permanente no logra encontrar nada de qué declararse interesado, nada a qué le encuentre sentido. Por lo menos, éste no se traga el cuento que los proyectos que la vida le pone por delante deban ser suyos por el solo hecho que los hizo suyos, no se distrae. No se compra así no más las metas y afanes, y criterios de éxito y fracaso que la sociedad le ofrece ya armaditos para su consumo. Este aburrimiento es peor, dijo el zombi, seguramente el que lo sufre no tiene consuelo alguno, al menos el otro aburrido espera que luego regresen los intereses de sus ocupaciones regulares nuevamente. Éste no espera nada. Asintó el endemoniado: pero tal vez por lo mismo, porque no se seduce con la distracción de los afanes que ya están disponibles, se encuentra más cerca de la posibilidad de encontarse cara a cara con la necesidad de declarar sus propios afanes y apropiarse de su individual vida.
Entonces, hay dos aburrimientos, dijo el zombi. Uno, al que tememos y del que huimos buscando los afanes que derivan de tener qué hacer - que incluye tener en qué entretenernos en los resquicios entre ocupación y ocupación. Y otro del que sabemos que, como posibilidad, no desaparecerá nunca completamente, que no encontrará remedio en ninguna distracción ni entretención, pero al que no tememos porque sabemos que equivale a la posibilidad de declarar el sentido que le daremos a nuestra vida.
Puede que así sea, le dijo el endemoniado. El zombi lo miró, inicialmente irritado: no se le pasaba el hábito de buscar en todo la presencia de verdades indudables. Pero luego pareció aliviado; se observaba, aunque todavía tarde, lanzado a los comportamientos que lo poseían y que lo hacían ser el zombi que era. Y esto lo hacía ser un poco menos zombi que antes.
Mucha gente importante se ha preocupado del aburrimiento, descubrió el endemoniado a los pocos minutos de buscar en la red en el Infocentro Municipal. También descubrió cantidad de opiniones y definiciones personales de aburrimiento. Parece que el aburrirse si que es algo extendido, reflexionó.
Si un mínimo de interés - incluyendo interesarse en el aburrimiento mismo - destruye el aburrimiento, quiere decir que el aburrimiento es el des-interés. Se sintió seguro de esto. (Tan seguro que casi se aburrió). Continuó con la preguntas: ¿cómo es posible el des-interés? Seguramente en medio de la guerra, el peligro o el hambre, aburrirse no es posible. Tales situaciones proveen sus propio intereses: hay preocupaciones que cuidar, hay motivos de sobra para la acción. ¿Cómo y cuándo ocurre entonces que desaparecen las preocupaciones? Esto sumó al endemoniado en reflexiones de hondura tan penetrante que levitó largas horas sobre las aguas del rio Itata, provocando el espanto incrédulo de los paisanos y la desorientación irritada de las garzas que cruzaban migrando sin novedad hacia el sur. ¿Cómo pasa que desaparecen las preocupaciones y por qué esto, que parecería el mismísimo reino de Jauja, produce en cambio aburrimiento? Aún más alto se elevó por los encumbrados aires.
Imagino una posibilidad dijo: si todo estuviera seguro, controlado y pre-establecido nada habría de qué preocuparse y nos aburriríamos. A lo mejor por eso el mundo moderno -que tan bien ha conseguido hacernos creer que podemos asegurarnos frente a todo- es un mundo tan necesitado de entretención.
Mejor recuerdo mis propios aburrimientos, pensó posándose entre el frescor de unos mimbres. Puedo recordar situaciones recientes en las cuales me he aburrido por un lapso de tiempo, pensó. Situaciones en las cuales me he encontrado a la espera, sintindo que no puedo hacer nada más que esperar. No hay preocupaciones, no aparece nada - fuera de esperar - que pueda concitar nuestro interés. ¿Y qué aparece a la espera, qué esperamos? Bueno, recordó de sus propias experiencias de aburrimiento, esperamos que lleguen las preocupaciones normales de nuestra vida que sabemos llegarán nuevamente en cuanto se termine la situación que nos obliga a esperarlas. O sea, que si por alguna razón se interrumpe el curso de nuestra vida con sus preocupaciones ya establecidas, y no sentimos que queda nada que hacer más que esperar, nos aburrimos. (Recordó una larga espera de un lanchón en Chiloé y el desasosiego del aburrimiento).
O sea, al aburrido que espera, el futuro se le aparece como la expectativa de des-aburrimiento e interés. Y las tareas y proyectos del futuro adquieren peso y traen preocupaciones.¿Y quién le ha dado ese peso? ¿Quién ha declarado estas preocupaciones? Seguramente no podemos ser nosotros mismos, porque entonces ¿cómo no recordar al aburrirnos por falta de preocupaciones- que nosotros mismos hemos inventado nuestras preocupaciones? O sea, ¡vivimos nuestras preocupaciones como si hubieran sido impuestas por otros! Extraños seres somos los humanos suspiró el endemoniado. Olvidamos que somos el origen de nuestros propios afanes. Por eso la ansiedad del desasosiego del aburrimiento cuando, en ausencia de intereses que vengan "de fuera", nos encontramos cara a cara con nosotros mismos y nuestra incapacidad de declarar nuestra propia vida. Así, mejor sentirnos permanentemente ocupados.
Dicho esto, salió como de un trance entre luminoso y oscuro, como la luminosa oscuridad de antes cuando no habían ampolletas, y se fue en busca de algo que le quitara la sed y el frio.
Aburrido estuvo el endemoniado durante un largo tiempo. Intentó leer en la biblioteca municipal, pero ningún libro logró sacarlo de su ánimo aburrido. Tampoco consiguió nada durmiendo varios días seguidos a la sombra de los tilos de la plaza: despertó igual. Conversar con la gente en la feria resultó peor: los encontró fatalmente aburridores. Sus amigos, el zombi y el hambriento, lo rehuían por temor a contagiarse de lata con tanta lata: veían con temor los estragos que había hecho el aburrimiento con él y ponían distancia.
Empezó a salir de su aburrimiento un día que inesperadamente se empezó a interesar por él. Empezó a notar a qué horas y en qué situaciones se ponía peor o se aliviaba levemente. (La hora de almuerzo, rodeado de manjares y mostos lugareños, era siempre uno de esos bienvenidos relativos remansos de alivio). También comenzó a prestar atención a las particulares sensaciones corporales que acompañaban su aburrimiento: un desasosiego general imposible de controlar, posturas que no encuentran el reposo, inusitada liviandad de sus miembros, des-enfoque de las conversaciones automáticas que lo poseían, una suerte de vacío pesado en el estómago que parecía hacerle subir el pulso y bajar la presión al mismo tiempo. De pronto se notó des-aburrido interesado en su aburrimiento. ¡El aburrido sale de su aburrimiento si se interesa en su aburrimiento!, pensó con sorpresa.
El endemoniado sintió que había descubierto un santo remedio. De allí en adelante, cada vez que el aburrimiento golpeaba a la puerta de sus estados de ánimo, focalizaba su interés en él. Salió de su aburrimiento sintiendo que no sabía nada del aburrimiento, y muy interesado en él y el origen de su fuerza obscura.
Se acercaron al endemoniado el hambriento, el zombi y un desconocido. Le dijeron: don endemoniado, explíquenos mejor esto de que la metafísica nos tiene jodidos. (Que lo trataran de don era lo que más lo mantenía contento en Quirihue, a pesar que comenzaban a surgir vecinos a quienes estaba moviendo a sospecha la rareza de algunas de sus conversaciones). El desconocido era claramente un censor, cuando no un inquisidor: tenía la mirada indirecta y oculta, y la postura rígida y lateral del que escucha desde un lugar que no quiere poner de manifiesto. No logró descifrar de qué cofradía o círculo procedía. Suspiró el habitado: tendré que tener paciencia con estos que se creen inhabitados, pensó.
Tomados en sus garras nos tiene la metafísica, dijo. Les pongo este ejemplo: una persona que no aprendió a bailar ni desarrolló habilidades básicas de sociabilidad a la edad juvenil en que todos hacemos eso, ahora a la edad adulta no gusta de frecuentar fiestas y reuniones sociales; se siente incómodo en ellas. ¿Cómo caracterizamos a una persona así? El zombi, habitado por el impulso de la inteligencia veloz, dijo en el acto: tímida, corta de genio. O sea, tiene algo que se llama timidez, respondió el endemoniado, ¿y dónde tendría esta timidez?. Todos callaron, y el censor dio un pequeño respingo; continuaba con su postura levemente lateral como si escuchara una lluvia lejana. Asi pasamos de habilidades para realizar acciones que están perfectamente presentes en el mundo a un fantasma - timidez - que nadie sabe donde encontrar en el mundo. Ahora, si vemos que esta persona no acepta la próxima invitación social, ¿por qué decimos que lo hace? Por su timidez, dijo de inmediato el zombi. O sea, que la timidez, que nadie sabe donde ubicar, se ha constutuido ni más ni menos que en la causa de la acción o la inacción. Dijo el habitado: ¿y dónde vamos a buscar remedio contra la timidez? Esta es la metafísica: reemplazamos simples habilidades adquiridas o no adquiridas por atributos invisibles y fantasmales que nos dominan produciendo o impidiendo nuestras acciones. Si lo único que tiene que hacer el "tímido" es adquirir ahora las habilidades de sociabilidad que no adquirió cuando joven.
El hambriento intervino, movido por la búsqueda en todo de valores : quizás a esa persona le falta coraje. ¿Y qué vendría siendo el coraje?, retrucó el endemoniado, sino otro ente fantasmal y metafísico opuesto a la timidez. De nuevo sustituimos la ausencia de habilidades por un atributo de la persona que nadie sabe donde adquirir. Y lo más probable es que "el tímido" o "el poco corajudo" se resigne con respecto a estos atributos que tiene o carece, que lo van a atenazar como si fueran la verdad más verdadera sobre si mismo. Y el hecho es que solamente le faltan ciertas habilidades.
Piensen en un joven que no adquiere a tiempo las habilidades hechas hábito de hacer sus tareas escolares y estudiar diariamente. Bueno, dijo el zombi, vamos todos a decir que es flojo -que tiene flojera- o que es indisciplinado -que le falta disciplina. Así, de nuevo hemos substituido las habilidades perfectamente observables que este joven no adquirió por atributos metafísicos que nadie sabe donde ubicar y que lo definen como flojo o indisciplinado. ¿Por qué podemos esperar que obtendrá malos resultados en la esuela?.Porque es flojo. ¿Dónde puede encuentrar el joven el antídoto contra la flojera o adquirir dosis de disciplina?. En ninguna parte. La verdad es que simplemente el joven debe aprender habiliidades y desarrollar hábitos que no arendió con anterioridad.
Así nos toma la metafísica en sus garras y nos resigna ante fantasmas, concluyó el endemoniado. El censor continuaba con su cuerpo desviado 15 grados cuando se marcharon los tres; algo lo molestaba pero no encontró nada que pudiera censurar. El zombi se fue contento con una nueva ventana que se le había abierto. El hambriento no sabía bien qué pensar: si le gustaba o no que le hubieran complicado la noción de valores.
El endemoniado y un pequeño grupo de conocidos fueron a un lugar cercano a Quirihue, famoso por sus innovadores pasteles de choclo, a darse con ellos. El lugar estaba repleto de gente dedicada a los pasteles de marras. Pidieron para todos. El endemoniado pensó que nunca dejaría de sorprenderse de las reacciones de estos inhabitados.
Apenas probado el pastel, uno dijo con enojo: esto es un verdadero atentado a la idea misma de pastel de choclo, no es un pastel de choclo y no corresponde al modelo del verdadero pastel. Estaba indignado. Otro retrucó en el acto: me parece que es un pastel casi perfecto, obedece exactamente al modelo de lo que constituye un verdadero pastel de choclo. El primero dijo: hay que abandonar este modelo que es un fracaso y volver al modelo histórico original del verdadero pastel; no se cómo se acepta que esto se llame pastel de choclo, aquí falta fiscalización. Contestó el segundo: a lo más acepto que este modelo puede perfeccionarse un poco ya que todo es perfectible. Otro, cercano, dijo que no se trataba de perfeccionarlo sino que más bien de ampliarlo, ya que si algún defecto tenía el modelo aplicado era que no se había llevado hasta el final y faltaban todavía algunos detalles para que la innovación fuera perfecta. Dijo con enojo: este modelo de pastel le cambió el pelo a este pueblo y a este restaurante ¡y ustedes quieren cambiarlo! Una cocinera que trabajaba desde las 6 de la mañana lo alcanzó a escuchar desde la cocina y no supo si enojarse con él o compadecerlo. Surgió un tercero, que opinó con aires de madurez suficiente que obviamente el modelo de pastel utilizado tenía cosas buenas y cosas malas y que ciertamente debía ser corregido. Los ya opinantes lo miraron con desprecio. El justo medio de Aristóteles, dijo, insultando de vuelta con superioridad cultural y filosófica.
En el intertanto, entraba y salía gente pidiendo pasteles de choclo, comiendo pasteles de choclo y pagando por ellos. En la cocina varias cocineras elaboraban pasteles respondiendo a los pedidos de lo mozos. Pidieron una segunda ronda y continuaron con la discusión, que se fué encrespando. Dos clientes que entraron a reclamar por la mala calidad de unos pasteles que habían llevado el día anterior, le dieron renovada energía a los ánimos de enfrentamiento y al afán dialéctico. Viste, dijo ya sabemos quién, esto demuestra el fracaso de este modelo, nada se va a arreglar si no lo cambian. Le respondió también sabemos quien: al contrario, la causa es la falta de consecuencia en aplicar el modelo por completo...yo a lo sumo podría aceptar que hay, como siempre en las cosas humanas, algo que perfeccionar. Por lo demás si miramos esto estadísticamente, dos clientes que reclaman entre los miles de miles que parecen satisfechos constituye solamente un segmento no significativo. Terció el otro que ya sabemos diciendo que este reclamo demostraba que había algo negativo con el modelo y que debía ser corregido.
Tarde, luego de varios pasteles y repetidas cañas de un vinito pipeño espeso de la zona, la discusión se había convertido en algo de fantasía, habiéndose creado una verdaera muchedumbre de clientes que aprovechaban de matar el día participando de este espontáneo espacio democrático. A media tarde, del modelo de pastel se había pasado al modelo de comida chilena en general, luego al modelo de la verdadera cultura chilena original, y ya poniéndose el sol, se había llegado finalmente al modelo económico chileno. Ninguno de los tres opinantes había cambiado un ápice de sus discursos. Alrededor de ellos se habían formado tres correspondientes coros que perdían sobriedad aceleradamente. Pero como la cosa amenazó con ponerse política, el dueño del restaurant llamó a los carabineros, quienes le ayudaron a cerrar las puertas del local, dando por terminada la tarde.
El retorno a Quirihue fue más dormido que discutido. El endemoniado no sabía bien que pensar: o había sido una tarde excéntrica y demasiado bebida, o había sido una demostración de lo jodidos que están los seres humanos con la metafísica.
¿Por qué viniste a Quirihue?, le preguntó el quirihuano sin saber decidir si la presencia del endemoniado prestigiaba a su ciudad o hablaba mal de ésta. Por las papayas, le dijo; que me perdonen los serenenses pero las papayas de Buchupureo son mejores que las de Elqui. Además, por el pipeño y el aguardiente clandestina de estos cerros. También por el arrollado, aunque los hay buenos en Chillán y en otras partes. Le hablaba el hambriento, un personaje de Quirihue amigo del zombi. Dudó un buen tiempo el zombi en presentárselo, pero finalmente lo hizo. El hambriento y el zombi eran amigos como los perros y los gatos: peleaban con gusto, interminablemente. El hambriento tenía un diagnóstico negativo sobre el mundo y una sola razón para expliar esta desgracia: se han acabado los valores, decía. Acompañaba este dictum con la desperación del que no sabe dónde conseguir los valores ausentes y padece hambre verdadera de no poder alimentarse con ellos. "El hambriento", lo nombró el habitado.
Observando a los muchachos que, en vez de ir a la escuela, se entretenían en la sala de juegos electrónicos cercana a la plaza a vista y presencia de sus padres, el hambriento suspiraba: los jóvenes han perdido los valores; y cómo no si los han perdido sus padres. El zombi le replicaba en el acto: nada que ver con valores, lo que pasa simplemente es que los incentivos están mal puestos, pensando con horror en algún probable subsidio implícito en el precio de la escuela. (Los subsidios mal puestos constituían el mal mismo para el zombi- incentivos perversos, los llamaba). Esto provocaba una discusión que se eternizaba entre ambos, sin que ninguno lograra convencer al otro. El zombi pensaba íntimamente que lo que incentivaba al hambriento a echar de menos los valores era la simple flojera de pensar más allá de eso. Al hambriento le parecía el colmo de la falta de valores del zombi no creer en los valores. Así que cada uno consideraba que el otro, mientras más se esforzaba por argumentar, más evidente hacía la demostración de su propio punto de vista. Pero se tenían cariño. Con quien peleo si no en este pueblo, pensaban ambos.
En su incesante discutir habían descubierto sendos argumentos mortíferos que blandían solamente cuando ya la pelea se hacía demasiado cansadora. El del zombi era: ¿por qué son valiosos los valores? ( a lo que el hambriento respondía que sin valores la vida carece de valor, sabiendo que la respuesta no era buena en un mundo en el cual la gente declara sus propios valores). El del hambriento era: ¿por qué incentivan los incentivos? (a lo que respondía el zombi diciendo que sin incentivos ¿para qué viviría la vida la gente?, sabiendo que la respuesta no era buena para gente que sabe que morirá y a quien nadie ha pedido permiso para hacerlas nacer). Cuando intercambiaban estos argumentos de última instancia ambos decían con irritación: con ese argumento cualquiera demuestra cualquier cosa, detenían la discusión y se iba cada uno por su cuenta en direcciones contrarias.
El endemoniado siempre que los oia en estas conversaciones se preguntaba por quiénes eran los verdaderamente endemoniados: él, que algo se sabía poseso, o estos otros que no sospechaban para nada su propia posesión. En todo caso, estaba contento de estar en Quirihue porque había encontrado allí una buena dosis de matafísica. Y, como es de común conocimiento, más allá de arrollados, pipeños, papayas y aguardiente, la metafísica es el alimento verdadero de los endemoniados.
El endemoniado percibió que con el zombi siempre terminaba conversando de las intenciones de las acciones de éste más que de las acciones mismas que realizaba. Era un extraño efecto que producía al desplazar la atención del mundo de las cosas y los actos en el que todos existimos a un mundo de narrativas propias perteneciente solamente a si mismo. Por lo menos en el cual él era testigo privilegiado, sino único.
También se dio cuenta que el zombi tenía una solución universal perfecta para todos los problemas posibles: hay que poner los incentivos correctos, decía plenamente convencido. La gente es racional, si hace tonteras o se comporta poco adecuadamente es porque los incentivos están mal puestos, sostenía. ( Le parece evidente en si misma una descartada teoría de la acción humana llamada conductismo, pensó el endemoniado que algo había leído al respecto. Le gustaba percibir que, por vivir en Chillán y no haberse encerrado en un lugar como Quirihue, estaba más al día. En eso consiste ser zombi,confirmó nuevamente: en no saber qué cuentos te manejan) Aparentemente sin darse cuenta, hacía el mismo juego: desplazar la atención del mundo de las personas y sus actos a un mundo interno en el cual evaluaba los incentivos disponibles.
Y en este mundo propio, el zombi siempre tenía la razón. ¡Discutir con él era perder el tiempo!

El zombi de Quirihue era un personaje del cual el endemoniado de Chillán aprendió cosas que valoró como importantes. Debido a que se consideraba un actor racional, el zombi se obligaba a dar razones de su comportamiento ante cualquier pregunta al respecto. A menudo elaboraba narrativas sobre su comportamiento del siguiente tipo: "lo hice porque", "es que pensé que", "por lo tanto dije", y agregaba suficientes buenas razones. Lo hacía con una total seguridad de estar en conocimiento de las motivaciones de su comportamiento, con lo cual, después de contar sus cuentos, quedaba en un beatífico estado de conciencia completamente tranquila.
El endemoniado lo observaba actuar cuidando de no poner en evidencia su invasiva curiosidad. Le preguntaba para probarlo, "¿por qué te sentaste?", lo que era siempre seguido de "porque necesitaba descansar"; "¿por que trataste con tanta irritación al mozo?", sería seguramente respondida por "porque no me estaba sirviendo con atención"; "¿para que te rascas tanto la nariz?" -un tic manifiesto del zombi - iba ciertamente seguida de "porque me pica". Tenía el zombi otro vistoso tic. Agitaba, con un ritmo que algún músico competente podría nombrar y describir, su mano derecha delante de su nariz como si el aire estuviera cargado de pulchenes que amenazaran con ahogarlo o de quiris empeñados en picarlo. Y ciertamente no tenía nunca nada en frente suyo más que el espacioso aire. Requerido a explicar tales acciones, lo increíble era que el zombi simplemante no reconocía haberlas hecho...inmediatamente después de haberlas hecho. Pensó el endemoniado en grabarlo con un video, pero le pareció demasiado, quizás hasta peligroso. Pero se convenció que el zombi siempre tenía claras explicaciones sobre su comportamiento, hasta el punto de desconocer acciones para las cuales carecía de razones. Con lo cual, poder dar razones venía siendo un verdadero criterio de realidad.
Pensó el habitado: si es cierto lo que dice Pascal, que somos en gran parte autómatas de nuestros hábitos aprendidos, el zombi es enteramente ciego a sus automatismos. (Creyó recordar que Nietzsche dice por ahi que primero actuamos y luego (nos) damos explicaciones) Se cree dueño y original creador de toda sus acciones. Entonces se dio cuenta que en eso precisamente consiste ser zombi, en ser ciegos a lo que nos hace autómatas. Le pareció que el nombre de zombi estaba bien puesto.
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