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Los griegos tenían este término para hablar del comportamiento humano caracterizado por una arrogancia desafiante frente a los dioses, por una ambición desmesurada que, temeraria e insolentemente, cree que puede obtener más que aquello que el destino le permite. Hubris. Pero los dioses castigan el hubris como lo muestra Icaro cayendo con las alas derretidas camino al sol, y sobretodo Prometeo encadenado para siempre a una alta montaña por haber engañado a Zeus y robado el fuego de los dioses y regalarlo a los mortales.
¿Cómo es posible la desmesura desafiante a los dioses? Los dioses son los responsables, creen los griegos; ellos ciegan y enloquecen al ser humano que quieren perder, haciéndole invisible la desmesura de su conducta. (Leer más)
 Me llama la atención la conducta de las personas; tanto que debo ir al diccionario para ver el significado de lo que hacen. A veces, para confirmar lo que ya pienso. Así, confirmo que indolencia quiere decir ausencia de dolor, insensibilidad. O sea, que indolente es quien no se deja conmover, quien no siente dolor.
Percibo que hemos recibido verdaderas clases magistrales de indolencia estos días. Ante el desastre que los derrames de petróleo de un ducto de la ENAP en Talcahuano ha significado para centenares de pescadores artesanales de las caletas aledañas - carecen ahora de su medio de trabajo y sustento habitual -, un vocero de la empresa sostiene que "se están investigando eventuales responsabilidades". Eventuales, como si el petróleo se hubiera derramado por sus propios medios en el mar y el daño enorme producido a personas modestas fuera algo ocurrido en otro planeta, completamente desconectado de la rotura del ducto de marras.
Se nos ha informado oficiamente ayer que si no hay recursos adicionales para el TranSantiago, los que deben ser aprobados por el congreso, el "sistema por si mismo" va a provocar un alza de las tarifas en julio. Y casi puedo ver una encogida de hombros. Un verdadero exceso, le pareció a este endemoniado; y eso que ya estoy acostumbrado a oir hablar, no del sufrimiento y la incomodidad humillante de millones de pasajeros diariamente, sino que de números, estadísticas, contratos y tecnologías - de los que se puede hablar sin sufrir conmoción.
También me di por informado en la entrevista del habitual programa televisivo de los días domingo en la noche que nuestro encargado nacional de finanzas no considera que el desastre financiero de ferrocarriles merezca conmoción alguna de su ser: ¿será que considera que la plata no es suya? Nada logra quitarle la sonrisa impávida de su cara, le dijo un enrevistador, aun cuando se le recuerda la cuantiosa inversión hecha en una hermosa nueva estación ferroviaria de Pto Montt, la que no será utilizada nunca.
Me digo que quizás la burocracia es el campo donde surge la indolencia. Porque obviamente no puedo creer que sea alguna falla en el alma o en el sistema sensitivo de esta gente lo que le impide sentir dolor. (Como buen y auténtico endemoniado, desconfío de las explicaciones sicológicas - creo más bien en las posesiones, confesables o inconfesables). Es la burocracia - pienso - esa gran creadora de redes de irrealidad, de ocasiones oscuras que nos conmueven, de sensibilidades inconfesables, de ansiedades impresentables; la burocracia que me divide entre yo y mi rol.
La burocracia deflecta la sensibilidad de las personas - me digo. Nos convierte en personas afectadas por una conmoción pero una conmoción que no queremos dejar aparecer, que queremos a toda costa ocultar: el miedo. Nada nos conmueve al lado del miedo, no el dolor por el dolor de los que sufren y los que pagan sin justificación, solamente el miedo de hacerlo mal, de tomar responsabilidad honestamente, de comprometernos, de reconocer sin tapujos lo que se ha hecho mal y responder. Y el miedo es de todas las emociones la que más nos avergüenza, la que menos queremos dejar traslucir. Entonces la impavidez y la indolencia que la disimulan a como de lugar. Entonces la insensibilidad a todo lo demás: sólo me dejo conmover por el miedo de mostra el miedo que me embarga.
El miedo, concluyo, puede hacer verdaderos monstruos de todos nosotros.
Atisbando 54
 El endemoniado reflexionó, a medias callado a medias en voz alta: el dueño de este blog está en silencio hace un mes. Quizás se impresionó tanto con su último post que se le entró el habla. En el intertanto yo he encontrado un ejemplo verdaderamente maravilloso de la verdad de lo que él dice ahí. Estoy seguro que a él no se le habría ocurrido: la notación musical.
Lo que hay llamamos el pentagrama lo inventó Guido Monaco de Arezzo en el año 1000 DC. (Monje tenía que ser). Ahora cualquiera con la voz mínimamente entrenada podía cantar cualquier canción completamente desconocida simplemente leyendo una notación escrita en pergamino. Los cantantes anteriores, principalmente cantores de iglesias y claustros, los cantantes gregorianos, demoraban por lo menos 10 años en aprender a cantar, y todo lo debían hacer prácticamente de memoria y por la vía exclusiva de escuchar cantar a otros. Las canciones se transmitían a viva voz de unos a otros cantantes. Ahora, con la notación musical de Guido Monaco, en menos de un año se producía un cantante competente para el coro del convento.
Una gracia tiene esta notación. Es tan simple que la puede manejar - leer y escribir - un computador de los de hoy, sin cometer falta alguna. A diferencia del habla, que no hay computador todavía que la pueda manejar bien. Si toco un instrumento, un piano p.ej., cualquier computador -con un pequeño software - traduce las notas en un pentagrama en su pantalla, pentagrama que puedo imprimir en papel. Saber escribir música en un pentagrama era la habilidad fundamental de un compositor; hasta hoy. Ya no es más necesario. Se compone la música tocando un instrumento y el computador anota digitalmente y escribe, si se necesita, el pengrama correspondiente.
¿Necesita ahora saber escribir en el pentagrama un compositor? No es necesario, aunque al parecer algunos compositores lo siguen haciendo. ¿Necesita ahora saber leer el pentgarma un intérprete? No; aunque algunos todavía lo hagan. iEl computador guarda digitalmente los sonidos que el compositor produce y cuando el intérprete necesite escucharlos simplemente hace ENTER y el computador -con el software adecuado- emite la música correspondiente. ¡Un par de audífonos y el intérprete ya está practicando sin partitura alguna! Así que ESCRIBIR y LEER música ya no es una práctica obligatoria para ser músico, compositor o intérprete, escritor o lector.
Cuando los computadores logren manejar bien el lenguage hablado o escrito - lean y escriban textos, o sea conviertan voz en texto y viceversa - la lectura y la escritura ya no serán prácticas obligatorias en el currículum escolar básico. ¡Una muestra de los cambios fundamentales que estas maquinitas están y seguirán produciendo!
Se alejó hablando solo el endemoniado, satisfecho consigo mismo por lo que sabe de tecnología.

 De los llamados conquistadores españoles, Pedro de Valdivia es el literato; por lo menos escribió cartas al rey de España que aun se conservan. Voy a leerlas a ver si entiendo lo que leo, decidió el Endemoniado de Chillán. Lo bueno de las cartas, pensó, es que el escritor obviamente está tratando que lo entiendan de una determinada manera. Se afanó por encontrar las cartas en la web, las leyó y concluyó que el párrafo que más lo interesó fue el siguiente: " esta tierra es tal, que para poder vivir en ella y perpetuarse no la hay mejor en el mundo; dígolo porque es muy llana, sanísima, de mucho contento; tiene cuatro meses de invierno, no más, que en ellos, si no es cuando hace cuarto la luna, que llueve un día o dos, todos los demás hacen tan lindos soles, que no hay para qué llegarse al fuego. El verano es tan templado y corren tan deleitosos aires, que todo el día se puede el hombre andar al sol, que no le es importuno. Es la más abundante de pastos y sementeras, y para darse todo género de ganado y plantas que se puede pintar; mucha y muy linda madera para hacer casas, infinidad otra de leña para el servicio dellas, y las minas riquísimas de oro, y toda la tierra está llena dello, y donde quiera que quisieren sacarlo allí hallarán en qué sembrar y con qué edeficar y agua, leña y yerba para sus ganados, que parece la crió Dios a posta para poderlo tener todo a la mano".
¿Qué entiendo de esto? El endemoniado de Chillán, como casi cualquier otro, tiene la habilidad para encarnarse en diversos personajes de diversas épocas históricas y escuchar "desde adentro" sus más secretas conversaciones; así que decidió ensayar algunas posesiones. Encarnado como un ambientalista, sacó como conclusión del texto leido que Valdivia era un tipo muy sensible. Lo que más le impresiona de esta región es su clima y la calidad de su medio. Notable para ser un conquistador cargado con la mala fama de una ilimitada y violenta ambición de oro. Se emocionó el ambientalista endemoniado, y pensó que la breve mención al oro era simplemente un recurso de Valdivia para no ser tomado por un iluso excesivo en la Corte de Madrid.
Se encarnó después en un conocido agrónomo convencido de la potencialidad de Chile como productor de alimentos. De la carta leida sacó la conclusión que Valdivia fue un lúcido anticipador en el Siglo XVI del futuro de Chile, aun invisible para todos, excepto para él. Tanta admiración por nuestro clima obviamente supone una capacidad notable de anticipar una de las pricipales riquezas que Chile descubrirá en el siglo XXI. Se admiraba el agrónomo.
Si le ocurrió después tomar posesión de un contador, burócrata de la Corona en España, y lo escuchó pensar. Valdivia nos quiere engañar, está tratando de disimular, con alusiones a la tierra y al clima, la abundancia de oro que hay en Chile, que no quiere poner de manifiesto -y del cual nada ha enviado a Madrid hasta ahora. Cómo se le puede siquiera ocurrir que le vamos acreer tanta admiración y maravillamiento con unas brisas y unos soles bajo los que se puede andar sin sombrero. Seré un burócrata pero no soy tonto. Se enojaba el contador con el intento de engaño de soles y brisas.
Tomó después posesión de un conquistador y escuchó su privado pensar. Después de leer este párrafo me parece evidente que Chile es una lugar de pobrezas -no hay nada de oro allí. Y Valdivia, quebrado y en la miseria por haberse endeudado y haber gastado todo lo suyo en la conquista de una región miserable, intenta, a pesar de todo, mostrar a Chile como algo valioso para la Corona porque busca que el Rey lo ayude a financiar sus gastos. Yo haría lo mismo en su caso. En pedir no hay engaño y hay que mostrar lo hecho desde el mejor ángulo posible. Seguro que en el resto de la carta Valdivia exagera las penurias que ha debido enfrentar y la batallas que le han dado los indígenas. Todo con tal de impresionar la Rey. Se sentía inteligente el conquistador para el que no habían maderas ni leñas que valieran.
Regresó a la quietud chillaneja el endemoniado. Creía saber mucho mejor que se entiende lo que se lee según el ser histórico que lee. ¿Quién se reviste de la autoridad para decirle a uno u otro que está equivocado ya que hay una manera correcta de entender una carta?
Mucho se dice, pensó el Endemoniado de Chillán, que los chilenos, en más de un 80%, no entendemos lo que leemos...Sin embargo, no por eso dejamos de leer, observó con perplejidad viendo a jubilados, a empleados públicos alargando el tiempo de almuerzo, y a estafetas sacando la vuelta, todos ellos capeando el calor bajo los tilos de la plaza de armas concentrados tras sendos diarios. Si no están entendiendo, se preguntó, ¿qué estarán haciendo leyendo el diario?, ¿estarán esforzándose por entender?
Desconfió, como habitualmente lo hace, de su sentido común y cogió un libro abriéndolo en cualquier parte. La primera frase que leyó decía anodinamente: "Carlos se acercó a saludarlo" . ¿Entiendo lo que leo aquí?, se cuestionó. Aqui dice "Carlos se acercó a saludarlo", se escuchó leer y se tranquilizó. Pero de inmediato lo asaltó la evidencia de que simplemente estaba repitiendo lo que allí estaba escrito y obviamente no se puede demostrar entendimiento alguno simplemente repitiendo lo que se lee. Intentó comprobar que entendía diciendo lo mismo pero de otra manera. "Carlos acortó la distancia que lo separaba con el propósito de saludarlo", se oyó decir. Se encontró inquiriendo: ¿de qué distancia se trata la que Carlos debe acortar? Porque puede tratarse de una distancia espacial que se reduce - acercar dos cuerpos distantes- o puede tratarse de una distancia anímica que se busca acortar - acercarse emocionalmente, romper el hielo, para saludarlo, o, talvez, tratar de crear cercanía mediante el saludo. En este caso Carlos y el otro del que nada sé están distantes emocionalmente y Carlos busca acercarse. Además, claramente en lo que se lee no dice que "el propósito" de la acción de Carlos sea saludar sino que solamente la acción lo lleva "a" saludar. Uno puede acercarse a saludar pero con otro propósito que el saludo mismo. ¿Entonces el propósito de Carlos no sería saludarlo sino que crear algo de cercanía mediante el saludo?
El Endemoniado sintió su pensamiento fluir como un chorro imparable de posibilidades. ¿Por qué se dice que Carlos se acerca a saludarlo y no se dice simplemente que Carlos lo saludó? Ciertamente el escritor no se habría detenido antes del saludo si no hubiera algo especial en eso. Claramente se quiere señalar que hay una distancia emocional entre ellos que debe ser eliminada. Ahá!, entonces quizás Carlos quiera hacerle creer que se acerca para saludarlo y lo que quiere realmente es conseguir otra cosa una vez que esté cerca: ¿tal vez asesinarlo? Y entonces se acerca buscando tranquilizarlo con que sólo quiere acercarse con un saludo, lo que sería puro disimulo. Entonces lo que dice el texto es que Carlos busca acercarse engañosamente a alguien con motivos aviesos.
Sintió que mientras más posibilidades veía más entendía lo que había leído y menos parecía que el texto contuviera una información determinada. Lo asaltó una interrogante: ¿quién podría decir que lo estaba haciendo bien? ¿Otro lector?. ¿El autor del libro? ¿Una mayoría de lectores? ¿Una comisión de profesores? Se quedó parado entre perplejo e iluminado en la mitad de la plaza con un aire que producía una mezcla de espanto y compasión a quienes por ahi pasaban. Lo mejor sería tal vez observar lo que cada uno hace después de leer para hacer juicios evaluativos de las habilidades para entender lo que leemos. Sintió que lo invadía un aéreo talante de liviandad y se dejó flotar en las ondas que el calor reflejaba en los techos de tejas. Pareció que unos vientos sureños lo empujaban en dirección de San Fabián, donde se hacen magníficas perdices en escabeche.

El endemoniado pasa unos días en Pirque. Se ha llevado una emocionada sorpresa con la gran variedad de pájaros que se ven en el valle y la gran cantidad de ellos que vuelan entre casas y plantaciones, sobre los pavimentados caminos y los campos. Hizo una lista con sus avistaciones personales (en orden alfabético para evitar ofensas):
Águilas
Aguiluchos
Bailarines
Bandurrias
Buhos
Carpinteros
Cernícalos
Codornices
Cóndores
Chercanes
Diucas
Garzas boyeras
Garzas reales
Golondrinas
Gorriones
Guairavos
Lechuzas
Loicas
Mirlos
Palomas
Patos
Perdices
Pidenes
Pitíos
Tiuques
Tordos
Tórtolas
Tregles
Zorzales
El endemoniado nació en los campos del sur hace tiempo atrás, cuando habían miles de pájaros en los cielos y se veían cotidianamente zorros y liebres en los campos. Ese mundo se fue y no ha podido dejar de echarlo de menos. Quizás por eso se sintió feliz viendo a tantos tipos de pájaros compartiendo armónicamente un medio con seres humanos. ¡Y Pirque está en plena zona metropolitana! Es una mezcla de urbanización, viñas y huertos de frutas de exportación.
Le parece que si podemos inventar una manera de compartir plenamente un mundo moderno con animales en libertad eso habla bien de nosotros. De alguna manera que no entiende bien se pone optimista con lo que podemos ser.
Se congratula: bien por Pirque y sus alcaldes que han declarado la comuna zona libre de caza y de protección de especies aviarias.
No quería preocuparse más de los valores pero se acercó nuevamente el hambriento con preguntas, ahora en un ánimo abierto y sin cuidado. ¿Usted dice que los seres humanos no deciden sus conductas sobre la base de sus valores? Pienso que lo que nos mueve a actuar como lo hacemos está más bien situado en el terreno de los hábitos adquiridos, la historia; son automatismos, emociones. Ni siquiera podemos observar bien todo lo que nos mueve; no tenemos la capacidad de clarificar y hacer transparente ante nosotros mismos los resortes finales de nuestro comportamiento.
El endemoniado observó que el otro no se molestaba con lo que oia, así que continuó hablando menos cuidadamante. No somos dioses que podamos decidir y actuar limpios de todo prejuicio. Pero como queremos jugar a ser dioses, creemos que podemos articular el trasfondo que nos mueve como una escala de valores que explicita claramente los resortes de nuestro comportamiento. Nada parece quedar obscuro y creemos poder justificar por completo cada una de nuestras acciones; nos sentimos completamente dueños de nosotros mismos. Esto es lo que yo no creo posible, dijo el endemoniado. Esto es lo que nos lleva a cada rato a sorprendernos -si somos honestos- con los cursos de acción que tomamos ya que no parecen obedecer a los valores que declaramos. Cada uno de nosotros tiene, elaborada y adquirida en su propio pasado, una cierta manera de actuar que lo mueve a comportarse de cierta manera. Pero no creo que ella pueda resumirse o explicitarse como una escala de valores.
O sea, nuestro comportamiento no lo decidimos como una deducción a partir de nuestros valores. Si así fuera, intervino el hambriento, más que ser movidos por ellos, podríamos usar nuestros valores para calcular con total desprejuicio hasta qué punto distintos cursos de acción los respetan o no lo hacen. En tal caso, ¿podríamos decir que ellos son el resorte final que nos moviliza?
Sintieron algo así como una recién nacida amistad y se dirigieron -sin saber bien por qué - a comer un costillar acompañado de un tinto áspero (que produce complicidad con solo mirarlo) que tenían en el clandestino de alcoholes y mariscos de la entrada sur del pueblo. Para comenzar, unos prohibidos locos.
Se le acercó enojado el hambriento. Ya lo esperaba venir. ¡Usted dice que los valores no existen!, le reclamó con aires de escándalo. Calló un momento el endemoniado; después le dijo: es muy re difícil demostrar que algo no existe - más difícil que demostrar que algo existe - habiendo tanto escondrijo en este mundo donde las cosas pueden estar. Habría que buscar por todos lados y recorrer todos los rincones del universo. El hambriento no parecía satisfecho con la respuesta: su postura adquirió el desbalance del que cree sin certidumbre que le toman el pelo.
Habría que comenzar por ver cómo se reconocen los valores antes de preguntarnos si existen o no. ¿Basta que alguien diga que tiene tales y cuales valores para considerar que ellos existen? Por supuesto que no, dijo el hambriento, habría que considerar sus acciones, su comportamiento. ¿O sea los valore se ponen de manifiesto en las acciones de las personas? Por supuesto, dijo el hambriento, los valores son el resorte último que mueve a los seres humanos a comportarse como lo hacen. Los valores son el origen de las acciones humanas, y al actuar una persona pone de manifiesto los valores que guian su comportamiento. O sea, los valores van a aparecer en la interpretación que hagan las personas de las acciones de alguien.
Preguntó el endemoniado: ¿puede una persona tener una interpretación equivocada con respecto a los valores que la mueven? El hambriento callaba con una poco disimulada sospecha germinando. ¿Aunque lo crea con toda sinceridad?, agregó. Le voy a recordar un cuento que usted conoce perfectamente, dijo el de Chillán. Sale en el avangelio de Marcos (10:17) y relata lo que sigue: un joven rico se acercó a Jesús preguntándole qué debía hacer para ganar la vida eterna. La respuesta: " Ya sabes los mandamientos que conducen a la vida: No cometer adulterio, no matar, no hurtar, no decir falso testimonio, no hacer mal a nadie, honrar padre y madre. A esto respondió él, y le dijo: Maestro, todas esas cosas las he observado desde mi mocedad. Y Jesús mirándole de hito en hito mostró quedar prendado de él y le dijo: una cosa te falta aún: anda, vende cuanto tienes, y dalo a los pobres, que así tendrás un tesoro en el cielo; y ven después y sígueme. A esta propuesta, entristecido el joven, fuese muy aflijido, pues tenía muchos bienes."
El principal sorprendido aquí sobre la verdadera naturaleza de sus valores es el joven: descubre que más que valorar la vida eterna, valora sus riquezas, reconoció de inmediato y sin pesar el hambriento. Y no se trata aquí de que haya una discrepancia entre lo que dice el joven rico de si mismo y las interpretaciones que hace la gente al verlo actuar, es él mismo quien reconoce lo infundado de la interpretación que tiene de las motivaciones más elementales de su propio comportamiento, dijo el endemoniado, y se entristece al darse cuenta de eso.
¿O sea?, le preguntó al hambriento. Este dijo con una recién ganada serenidad: o sea, es mejor no hablar de los valores que tenemos y dejar que nuestros actos manifiesten por si mismos los que nos preocupa y lo que cuidamos. Si pues, así dejamos menos espacio para equivocaciones entristecedoras y el chamullo hipócrita.
El endemoniado de Chillán viene observando hace algún tiempo que se habla mucho de los valores que cada uno de nosotros tiene, como una manera de definir quienes somos y distinguirnos de otros que, aparentemente, tienen otros valores. Y cada uno trata de mostrar su valores en una luz más virtuosa que los valores que, dice, tienen otros.
También observa que nadie declara valores negativos. Aún los tipos más delincuentes y socialmente peligrosos, declaran guiarse por valores dignos de santos o de ciudadanos virtuosos. Algo no huele bien, piensa el de Chillán.
Partamos por lo simple, propone. Si alguien dice que tiene un título universitario, es fácil demostrar si es verdadero o falso lo que dice de si mismo. Si alguien dice que tiene una cierta edad, es fácil saber qué debemos hacer para saber si es verdadero o falso lo que dice de si mismo. Pero, si alguien dice que tiene valores humanistas, o progresistas, o cristianos, o laicos, ¿qué debemos hacer para verificar si lo que dice es verdadero? ¿Podemos verificar esto de alguna manera? El endemoniado cree que no hay manera posible de hacerlo. Tampoco se puede demostrar lo contrario, piensa. ¿Cómo se puede demostrar que mis valores NO son humanistas, o cristianos, o progresistas etc? Parece que atribuirme valores que parezcan hermosos no tiene ningún costo: nadie puede demostrar lo contrario.
Recordó entonces lo que ya había descubierto sobre el chamullo. Chamullar es hablar cualquier cosa sin ninguna preocupación por decir la verdad o no decirla, por decir algo verdadero o algo falso. Hablar de los hermosos valores que tenemos es chamullar. Pensó el endemoniado: sólo gente tan educadamente hipócrita como nosotros los chilenos podemos hablar tanto de nuestros valores. La próxima vez que escuche a alguien hablando bellamente de sus valores tendré cuidado, concluyó.
( El hambriento, que de cerca lo escuchaba, quedó sumido en una profunda perplejidad)
Se le acercó su amigo el zombi a discutir sobre el aburrimiento. Le dijo: endemoniado, no entiendo por qué tu dices que el aburrido vive como si su vida hubiera sido ordenada por otros. Suspiró el de Chillán y dijo: te encuentras interesado y afanado en tus proyectos y acciones, hasta que, por alguna contingencia de la vida, esos proyectos y acciones se ven interrumpidos temporalmente y te encuentras en una situación en la que no puedes hacer nada por ellos, salvo esperar a que la situación de interrupción termine - una sala de espera, un aeropuerto, una tormenta que te aisla, son ejemplos -, entonces te aburres. Por supuesto, comentó el zombi, me aburro si no hay nada que hacer, nada que me interese; y no me aburro si encuentro que tengo cosas que hacer que me interesan. ¿Y quien le da interés a las cosas y proyectos que te interesan?, pregunto el endemoniado; obviamente yo mismo, dijo el otro. Y si tú declaras desde ti mismo el valor que le darás a las cosas y el interés que te merecerán determinados proyectos, ¿por qué olvidas eso cuando te encuentras aburrido, declaras que no hay nada interesante que hacer -echándole la culpa al mundo por su falta de interés - y olvidas que tú has sido desde el inicio el origen de tus propios intereses? Se ensimismó el zombi. Dijo: es que tal vez nunca declaré mis propios afanes ni el peso de interés y significación que yo le asignaría a las cosas, sino que simplemente me encuentro sumándome a las obligaciones y afanes que estaban disponibles para mi o para personas como yo. A eso me refiero, dijo el endemoniado, a eso me refiero: nos aburrimos cuando vemos interrumpido el fluir de los afanes y proyectos que nos poseen. Y sólo esperamos recuperar la posibildad de afanarnos y ocuparnos en tareas y proyectos que quizás nunca hemos sabido por qué nos interesan.
Volvió a la carga el zombi diciendo: ¿y el aburrimiento que no es transitorio, que no depende de no poder - transitoriamente - dedicarnos a nuestras ocupaciones regulares? Quizás ése es un aburrimiento distinto -respondió el endemoniado -, creo que el aburrrido permanente no logra encontrar nada de qué declararse interesado, nada a qué le encuentre sentido. Por lo menos, éste no se traga el cuento que los proyectos que la vida le pone por delante deban ser suyos por el solo hecho que los hizo suyos, no se distrae. No se compra así no más las metas y afanes, y criterios de éxito y fracaso que la sociedad le ofrece ya armaditos para su consumo. Este aburrimiento es peor, dijo el zombi, seguramente el que lo sufre no tiene consuelo alguno, al menos el otro aburrido espera que luego regresen los intereses de sus ocupaciones regulares nuevamente. Éste no espera nada. Asintó el endemoniado: pero tal vez por lo mismo, porque no se seduce con la distracción de los afanes que ya están disponibles, se encuentra más cerca de la posibilidad de encontarse cara a cara con la necesidad de declarar sus propios afanes y apropiarse de su individual vida.
Entonces, hay dos aburrimientos, dijo el zombi. Uno, al que tememos y del que huimos buscando los afanes que derivan de tener qué hacer - que incluye tener en qué entretenernos en los resquicios entre ocupación y ocupación. Y otro del que sabemos que, como posibilidad, no desaparecerá nunca completamente, que no encontrará remedio en ninguna distracción ni entretención, pero al que no tememos porque sabemos que equivale a la posibilidad de declarar el sentido que le daremos a nuestra vida.
Puede que así sea, le dijo el endemoniado. El zombi lo miró, inicialmente irritado: no se le pasaba el hábito de buscar en todo la presencia de verdades indudables. Pero luego pareció aliviado; se observaba, aunque todavía tarde, lanzado a los comportamientos que lo poseían y que lo hacían ser el zombi que era. Y esto lo hacía ser un poco menos zombi que antes.
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