NanoLibros
Agradezco este valioso libro, desprovisto de fervor religioso, sobre religión y ateismo.
Andre Comte-Sponville, "El pequeño libro de spiritualidad atea"
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 No creo que el tiempo sea tan sencillo como se empeña, machacón, en mostrarlo el reloj: una cinta clara que dejamos atrás a una monótona velocidad constante. Más bien se pliega como la ropa en un aparador, o un mapa; y entre pliegue y contrapliegue se esconden el recuerdo y el olvido, convolutos, y también el recóndito oscuro.
Observemos el pasado. Hay dos pasados: el pasado que recuerdo y el pasado que no recuerdo. El pasado que no recuerdo es, también, no uno sino que dos: el pasado que recuerdo que no recuerdo (el pasado que recuerdo haber olvidado), y el pasado que no recuerdo que no recuerdo (que no recuerdo haber olvidado). Como ejemplo, recuerdo ahora que un hijo mio nació en el mes de julio, pero no recuerdo el día preciso, aunque se que lo recordaba y ahora lo olvidé. También me acuerdo que, de niño, recordaba las tablas de multiplicar del 2 al 14, pero ya las olvidé. O sea, son parte de mi pasado que recuerdo que no recuerdo. También me pasa a menudo que no logro recordar palabras que obviamente recordaba con facilidad antes - o sea, que recuerdo que olvidé. (A veces le pido a mi mujer que me las recuerde)
En cuanto al pasado que no recuerdo que no recuerdo, ¿qué decir? ¿Acaso puedo creer que recuerdo todo lo que he hecho, he visto, escuchado, olfateado, todo lo que me ha ocurrido? Seguramente que no es así. Hay miles de cosas que me ocurren y que obviamente no recuerdo, tal vez ni siquiera se olvidan, simplemente no se recuerdan. La forma de las nubes de ayer, la cara de las personas que iban anteayer en el metro conmigo, el olor de ese restaurante que visité la semana pasada en Chillán, libros que veo ahora en mi biblioteca y que no recuerdo haber leído, pero tampoco recuerdo que estén pendientes de lectura. Todo esto existió: habían olores, caras, nubes que seguramente percibí pero no recuerdo; libros leidos o no leidos que no recuerdo, días que no dejaron huella visible. Un pasado que viví y que me afectó, que debe estar ahí, pero que no recuerdo y no recuerdo haber olvidado tampoco. Es lo oscuro.
El otro pasado, el que recuerdo, también más que uno, es doble. Está el pasado que recuerdo -los recuerdos que tengo presente. Y está el pasado que no recuerdo que recuerdo pero que, a veces súbitamente, aparece en mi memoria; o sea, que olvidaba sin recordar que olvidaba, pero que estaba por ahí en alguna parte listo para ser recordado. Ciertamente recuerdo a mi padre, que murió hace tiempo. Y también me ocurre que, de pronto, hay escenas mias con él que me aprecen como de la nada y me traen recuerdos de un pasado hasta ahora olvidado, pero que sólo ahora puedo recordar que estaba olvidado. Al mirar fotografías viejas pasa esto a menudo, al escuchar ciertas piezas musicales. Por ejemplo, yo no puedo escuchar el segundo movimiento de la 7a sinfonía de Beethoven - el adagio - sin que me asalten recuerdos vívidos de mi abuelo escuchando en silencio esta pieza en la soledad oscura de la amplia sala de la casona en que vivíamos, mientras yo lo miraba desde el jardín; y esos recuerdos se disparan, si se lo permito, a otros recuerdos de mi abuelo que parecen ampliarse y adelgazarse de manera inesperada como lo hacen las ramas de un frutal buscando el cielo. Jirones del pasado dejan el oscuro y salen a la luz. Por estas apariciones sabemos que el oscuro está ahi, opaco.
Osea, hay por lo menos dos pasados: el escondido oscuro y el claro, tenga la claridad el segundo de una presencia - el recuerdo - o tenga la de una ausencia - el olvido.
 Mi persistente enmimismamiento consistía en el intento de imaginar qué mundo se hace presente a cada uno de mis amigos dado el estilo de cada uno de ellos. Literalmente, me estaba imaginando el mundo que cada uno de ellos habita. Y al imaginarme eso, me venía de golpe una imagen de cómo se les hacen presentes los seres humanos, incluidos ellos mismos.
Para Carolina, me imaginé, el mundo consiste en una colección de estímulos de placer y displacer. Se le hace presente como una serie de ocasiones para sentir placer o dolor. Y al hacer aparecer el mundo así, Carolina hace presente a los seres humanos como entes estimulables por el placer y el displacer, como entes que se mueven evitando el dolor y buscando el placer. Y entonces, posiblemente se percibe a si misma como una persona feliz (porque puede disfrutar de placeres y darse gustos) o in-feliz (por lo contrario). Lo que "está bien" es lo que resulta de su gusto; lo que no "sale bien" es lo que no le gusta, lo que le produce displacer. Vivir es gozar y sufrir. Me imagino que a quien asi vive podemos llamarla una persona hedonista.
Para Luisa, crei darme cuenta, el mundo consiste en una colección de retos que hay que enfrentar, situaciones a conquistar. El mundo se hace presente como oportunidades que se pueden aprovechar si se dispone de las competencias y habilidades necesarias. Me imagino que al abrírsele así el mundo, a Luisa se le hacen presente los seres humanos como stocks de habilidades, como un capital acumulado de competencias adquiridas. Entonces posiblemente se ve a si mismo como una acumulación incompleta y perfeccionable de habilidades, como algo en proceso de constante acumulación y aprendizaje. El mundo siempre es mejorable y nosotros siempre podemos aprende más. Lo que "sale bien" es lo que se hace competentemente; lo que no "está bien" es fruto de incompetencias. Supongo que a alguien así podemos llamarla pragmática, pensé.
Para Carlos, me imaginé, el mundo consiste en estabilidades, en estructuras recurrentes, en procesos regulares. Debido a que son procesos estables, hay leyes a las que obedecen. Si investigamos bien estas leyes, podemos descubrir las reglas que debemos seguir para manejarnos inteligentemente con ellos y controlar sus efectos. Así, para Carlos los seres humanos son entes que siguen reglas. Si hay algo que no "está bien", es porque hay reglas que no respetamos, que no seguimos. Y para que algo "salga bien" hay que seguir las reglas adecuadas. Vivir es seguir y romper reglas. Alguien con un estilo así podemos quizás llamarlo formalista.
Para José, creo creer, el mundo es parecido al de Carlos, pero con una diferencia: sus reglas son reglas morales, posiblemente establecidas por un autoridad superior. Son reglas cuya desobediencia debe producirnos escrúpulos, que debemos cumplir por un deber superior. Asi, los seres humanos se hacen presentes como conciencias morales y nosotros mismos como la permanente posibilidad de la culpa. Vivir es obedecer y desobedecer mandamientos. Una persona que vive así, tal vez podemos calificarla de moralista.
 Nos invitaron a varios amigos a comer donde Emeterio, el del restaurante. Nos dieron un gran plato de chupe de cochayuyos. Me llamó la atención la diversidad de reacciones. Aquí las anoto.
Carolina miró fijamente el plato y lo apartó diciendo: "no me gusta el cochayuyo, tiene un gusto malo". Carlos probó los cochayuyos con estudiada calma y dictaminó : "están buenos pero no están hechos exactamente como se debe hacer un chupe de cochayuyos, por eso que no están perfectos" . Continuó comiéndolos con algún desgano. Enrique comió calladamente todo el plato, lugo musitó: "no estaban muy buenos pero me da no se qué perder comida ya hecha habiendo tanta gente que no tiene que comer". Luisa, los probó y dijo: "no están mal, pero ciertamente el cocinero no sabe bien cómo lavarlos antes de echarlos a la olla; si aprendiera eso, le quedarían mucho mejor". Finalmente José dijo: "están pésimo pero no quiero ofender a mi amigo Emeterio, así que me comeré una buena porción del chupe", y atacó el plato con decisión.
Días después nos encontramos todos atendiendo la charla de un charlista santiaguino que trajo la municipalidad y que, de acuerdo a moderna moda, se ayudó con un power point. (y yo aprendi lo que ésto es). Comentando posteriormente la charla al calor de una botella de chacolí, de nuevo escuché una variedad de reacciones. José dijo: "que tontería la charla, pero no hay que desalentar al nuevo alcalde que por lo menos se preocupa y está iniciando este nuevo programa. Le concedo un apaluso de reconocimiento" Carolina se apresuró a decir: "me cayó mal el charlista, es aburridor, y no me gusta aburrirme". Luisa apreció que "al charlista le falta aprender algunas habilidades de presentación para que todo le salga bien". Enrique dijo: "pésimo, pero no me atreví a pararme e irme, sería una mala educación con los demás inaceptable y una persona educada no hace eso"
Me pasé varias tardes enmimismado con los estilos que empaquetan a la gente. No se si sacaré algo en limpio de todo esto, pero igual lo anoto.
Se supone que las cosas son mudas, que sólo los seres humanos hablamos. ¿No habrá algo de soberbia y ceguera en esto? ¿No habrá algo de sentirnos más especiales que lo que somos, fatalmente distintos y superiores?
En un post anterior de este blog se ve cómo es que una cosa como un semáforo es escuchado; o sea, habla. Ciertamente no es una máquina de hacer juego de luces, sino que da órdenes y prohibiciones, y faculta. De que habla con claridad lo demostramos nosotros al escucharlo con precisión, como demuestra nuestra obediencia.
Tomemos un libro. Un libro es una extraña cosa, una especie de caja que, al abrirla comienza a hablar. Podemos creer que quien habla es el lector, pero por algo no se llama hablante sino que lector. Cambiemos este lector por otro lector y veremos que ambos leen lo mismo. (Podemos grabar sus lecturas y comparar.). Es lo que dice el libro.
Pesemos un paquete de naranjas. La romana indica un número de kilógramos. No es un capricho de la romana ni del pesador. Es el paquete que responde a una pregunta. Cambiemos de pesador y romana: nada cambia, quien responde siempre lo mismo es el paquete. Responde siempre lo mismo a la misma pregunta. Y, al igual que alguien con los ojos vendados no puede escuchar un semáforo, si carecemos del instrumento adecuado no podremos oir al paquete hacer afirmaciones sobre su peso en kilógramos.
Tomemos una pequeño trozo de cualquier mineral. Con un espectrógrafo de masa conseguiremos oirlo hablar muy detalladamente de su composición química. Tomemos una muestra de sangre y un biólogo la hace hablar de los compuestos que navegan en ella. Tomemos un cerro y un geólogo lo hace hablar de su historia. Tomemos una población de cisnes de cuello negro y un ecólogo la hace hablar de sus posibilidades de sobrevivencia. En todos los casos, ante las mismas preguntas y con los mismos instrumentos, las cosas dicen lo mismo; son ellas las que hablan. El analista químico, el geólogo, el biólogo y el ecólogo sólo son sus voceros.
Los seres humanos hemos aprendido a hacer hablar a las cosas. Digamos mejor, a lo no humano. Con toda seguridad, desde que nosotros hablamos. Podemos decir que las cosas se (nos) hacen presente hablando, y en la medida en que hablan. Esta cordillera se me hace presente ya hablándome, dándome sus respuestas a lo que interrogo (y se como interrogar) -quizás me habla de su altura aproximada si soy un escalador con experiencia, quizás me habla de su luminosidad si soy un fotógrafo experto, quizás se queja de la reducción de sus glaciares si soy un medioambientalista preocupado del calentamiento global. Quizás me pide ayuda, quizás me ofrece una buena imágen fotográfica, quizás me advierte de un peligro. Y yo quizás me convierto en su vocero. Y así, haciendo de voceros de lo humano y lo no humano, los humanos existimos.
Más en este libro de Latour.
Una loica se posa vistosa en el poste de acacio que separa el pasto verde de la tierra seca de los faldeos del cerro. Una mancha roja contra el cielo azul.
Me digo a mi msimo: "una loica está en el poste". Pienso: he aquí una afirmación verdadera. Lo que hay ahí -una loica en el poste - se corresponde correctamente con lo que digo: "una loica está en el poste". En esto consiste la verdad, en la correcta correspondencia entre lo dicho y lo que ahí está. Así por lo menos me lo enseñaron a mi: lo verdadero es lo correcto, la verdad es la corrección.
Aquí tengo lo dicho: "una loica está en el poste". Acá quiero poner lo que hay ahí -una loica en el poste. Pero, ¿cómo se, antes de hablar y decir que ahí hay una loica en el poste, que ahí hay una loica en el poste? Sin decirme a mi mismo que "una loica está en el poste" ahi, ¿cómo es que se que ahi hay una loica en el poste? Parece que lo que se corresponden son dos decires: digo dos veces "una loica está en el poste" y evalúo que ambos decires se corresponden correctamente. Obviamente hay un círculo aquí. ¿Cómo podemos entender la verdad como correspondencia correcta entre lo dicho y lo que ahí está si lo que ahi está sólo puedo reconocerlo como algo dicho? Parece que digo: una loica está en el poste, una loica está en el poste, una loica está en el poste.
Conozco dos maneras de entender la existencia de un mundo ahi - en este caso mi loica - que puedo conocer antes de hablar. Una es suponer que fue hecho por Dios, que lo puso ante nosotros, nos dio la capacidad de reconocerlo directamente y nos dio el lenguage para darle nombres a lo que ya está ahi. O sea, por autoridad divina. La verdad como corrección en este caso es lo correcto según la autoridad divina. La segunda es suponer que mis sentidos - vista, olfato, oido etc. - me permiten percibir lo que ya está ahi en el mundo. O sea, le doy autoridad a mis sentidos. A veces la ciencia adopta este punto de vista diciendo que la verdad es la correcta correspondencia entre lo que digo y lo que me muestran mis sentidos.
De la autoridad divina, ¿quien puede hablar y decir lo que es verdadero y lo que es falso? Yo, al menos, no. Así que sigo con la otra posibilidad. ¿Cuáles de mis sentidos me informan que lo que ahi hay es una loica? ¿Tal vez todos actuando al unísono? ¿Basta solamente con la vista? En cualquier caso, ¿cómo pueden informarme mis sentidos que éste es un ejemplar del orden icteridae y del orden passeriformes? ¿O mas bien corresponde esto a nuestro sistema de clasificación y no a la loica? ¿Cuál de mis sentidos me informa que este es un pájaro, o sea una suerte de reptil con plumas que vuela (aunque hay excepciones)? ¿Y cuál me informa que eso es un poste de acacio, utilizado para hacer cercos que separan paños de tierra? Me parece seguro que no está en los sentidos informarme de nada de esto: loica, pájaro, poste, acacio, son interpretaciones que hacemos de lo que percibimos quienes habitamos en Chillán, poblado de acacios, sembrado de postes, surcado de loicas y miles de otros pájaros.
Antes de establecer qué es correcto en lo que decimos, el mundo ya se ha des-ocultado con postes y loicas. Desde que recibimos un mundo quienes aquí nacimos - chicos, muy chicos - éste contiene pájaros de diversas especies, reptiles desde los cuales evolucionaron los pájaros, postes que cercan trozos de tierra que se llaman potreros y que se usan para plantaciones y usos diversos que más vale no mezclar. El mundo se nos abre así, como parte de la historia que nos contiene. Entonces toda corrección está sujeta en primer lugar a este desocultar histórico. Toda verdad como correspondencia depende antes que nada de que exista esta apertura histórica de un mundo. Y otras historias desocultan otros mundos.
¿Cuánto hemos sufrido los seres humanos por estar sujetos a la interpretación de la verdad como corrección?
>  Miraba hace pocos días atrás un paisaje natural y me pregunté si observadores pertenecientes a distintos mundos históricos observarían lo mismo que yo o algo diferente. Así que observé con detención. Vi árboles, seres que han acompañados a los seres humanos desde hace miles de años. Vi hojas en los árboles. Vi altos cerros y al fondo una cordillera nevada. Vi al sol dejando caer su calor vertical sobre la tierra. Pensé en un primer momento: esto ha estado aquí para todos quienes han podido verlo desde siempre. Nada especial, nada distinto, esos son simplemente árboles que han visto los seres humanos siempre en su historia. ¿Qué es un árbol? Un ser vivo, un vegetal, un primo de los animales, un primo nuestro. Un ser hecho de células con ADN muy parecido al ADN de las células nuestras. Un ser que ha evolucionado por selección natural durante quizás millones de años y del que provenimos nosotros también por evolución por selección natural, según nos enseñó Darwin a mediados de 1800. Entonces, de pronto, observé mi observar desde la historia que me contiene.
Y también observé que no pude dejar de ver los árboles como recursos, materias primas para fabricar celulosa y tableros de madera aglomerada. Allá van a ir a parar estos árboles que veo; y tal vez por eso me siento emocionado -algo nostálgico y triste - ante un bosque, imaginando la fauna que protege y los días que le restan sin ser tocado. Casi como algo sagrado en vías de extinción. ¿Quiénes en la historia han observado a los árboles así? Y miré laderas para potenciales cultivos de viñas y paltos que pueden contar con riego elevado con bombas eléctricas, y masas de rocas que levantan las placas tectónicas que forcejean aquí al ladito bajo el mar y que algún día desaparecerán por la simple persistencia de la erosión, y hielo blanco en las alturas - H2O congelada. La cordillera, el majestuoso baluarte hacia el este que nos dio el Señor, tan grande y plena que se ve desde los aviones y que una vez que se ve desde ahí ya no puedo dejar de imaginarse sino que desde esa perspectiva. Dicen que para los incas las grandes cumbres eran dioses. Le decimos cordilleras, pero eran dioses. Y las hojas de los árboles, esas fábricas energizadas por la luz del sol, verdes de clorofila, hojas que en realidad rara vez vemos, la mayor parte de las veces simplemente las imaginamos detrás de la verde mancha que compone la parte superior de los árboles. Y todo, todo lo que veo hecho de compuestos químicos, al final de unos pocos átomos, básicamente de unos cinco o seis. Y veo los glaciares cordilleranos bajo amenaza de muerte por el calentamiento global y la falta de ozono que ha hecho de los rayos solares una amenaza de cáncer y muerte.
¿Quién antes de nosotros observó todo esto? ¿Y qué veían ellos y ellas, los de antes? Tal vez no es necesario ir tan lejos para descubrir otras miradas que revelan otros mundos. Puedo, haciendo un leve esfuerzo con la mirada, fundir todos los límites de las cosas que ordinariamente distingo en campos del mismo color. Manchas verdes que funden hojas y hierba y laderas frescas de algunos cerros; manchas marrón que funden troncos y laderas secas y alturas de granito; una gran mancha azul que funde el cielo y sus rincones; el blanco de las nubes y la nieve en una gran mancha alba. Así nos han enseñado a observar el mundo algunos artistas abstractos. Es la historia que somos la que nos lleva a distinguir, dividir, categorizar y configurar el mundo que habitamos.
Pero, ¿no habrá que distinguir entre observar e interpretar?, me pregunté a mi mismo. Interpretamos lo que son los árboles y las hojas y las cordilleras y el sol, pero ¿los colores? A lo mejor pasa que simplemente vemos los colores y también los sonidos y los olores sin hacer ninguna interpretación, percibiéndolos como cualquier otro ser humano los percibiría independiente del mundo histórico que habiten. Los olores parecen demostrar que eso no es así. Por lo general los olores nos parecen agradables o desagradables, nos atraen o nos repugnan. Antes de saber cuáles son los olores que percibo ya me siento atraido o repelido por ellos.¿De dónde provienen estas emociones si no es de los hábitos del ser histórico que somos? En este mundo global conozco seres humanos que perciben emocionalmente los olores de manera muy distinta a nosotros.
 ¿Y los colores?, ¿qué son los colores? ¿No son los colores algo que percibimos con más desapego? Los colores parecen afectarnos muy levemente: no son más que las longitudes de las ondas de luz que nos llegan; casi nada. Asi vemos los colores nosotros desde fines del siglo XIX. Nadie los veía asi con anterioridad. Sin embargo, esa es una interpretación de lo que son los colores. ¿Qué pasa con la sensación íntima que los seres humanos tenemos cuando percibimos algo verde? Es seguro que esta sensación intima de percibir un color -el rojo, el verde, el azul- es la misma para todos los seres humanos en todas la épocas. ¿Pero quien puede hablar de estas sensaciones íntimas sin ponerles palabras que las interpreten?
Y ya nos dijo el filósofo: de lo que nada puede decirse, no queda más que guardar silencio.
En las noticias científicas y tecnológicas de la BBC se destacan relevantes resultados alcanzados por investigadores de la Universidad de Amsterdam sobre nuestros procesos de toma de decisiones.
Contrariamente a lo que a primera vista podemos suponer, las decisiones más complejas que tomamos en nuestra vida cotidiana no son por completo explicitables en términos de una articulación de costo- beneficio. Los investigadores aludidos interpretan esto como decisiones "inconcientemente tomadas". No estoy seguro que esta sea la manera más correcta de interpretar el fenómeno, pero lo que si parece fuera de dudas es que nuestras decisones más complejas las tomamos sin una articulación explícita de la situación y las opciones disponibles. Si nos obligamos a articular las razones que tenemos para decidir algo, habitualmente llegaremos a decisiones con las que nos sentiremos menos satisfechos a futuro que con aquellas que tomamos de manera más "intuitiva". O sea, tomaremos decisones "peores".
Los investigadores sometieron a pruebas a numerosas personas enfrentándolas a un set de situaciones en las que debían tomar una decisión. Las situaciones más simples - p.ej., decidir entre productos de consumo simples con distintos atributos - parecían precedidas de procesos de toma de decisiones articulados y explícitos. En las situaciones más complejas -p ej., decidir una inversión significativa en la adquisición de un tipo de mobiliario para equipar la casa - las decisiones no pudieron ser articuladas en un relato explícito de costo y beneficio. Obligadas a articular las razones de su decisión, los investigados debían cambiar su decisión y tomar otra con la cual se declaraban después menos satisfechas.
Todo esto de alguna manera nos hace mucho sentido y nos parece casi obvio. Decía Pascal que hay razones que tiene el corazón que la mente no sabe. Cada uno de nosotros es - in-corporadamente - un agente que actúa de manera habituada, encarnando una historia. Luego, nosotros mismos, en tanto que agentes que interpretamos nuestras propias acciones, articulamos narrativas en las cuales éstas reciben su justificación. Pero nuestra capacidad para explicitar las razones de nuestras acciones es más bien limitada, y si nos guiamos en la práctica exclusivamente por ésta, nos limitamos.
Estoy seguro que esto es muy importante para nuestra educación y la de nuestros jóvenes. La "calidad" del trasfondo de prácticas que constituye nuestra historia es más importante para nuestras decisiones y acciones futuras que las habilidades que adquiramos para la toma "racional" de decisiones.
El Endemoniado de Chillán tiene blog. No quiere dar su dirección, pero a veces pide que le publiquemos su escrito, lo que haremos sin excepción por razones de comprensible solidaridad con tan marginal personaje -si no lo publico yo, ¿quién? - y también por cierta torcida admiración que no quisiera traslucir.
A continuación lo suyo:
Mejor no proteger nuestro pensar con grandes principios universales: obligatoriamente tenemos que comenzar con la pequeñez de los prejuicios que tenemos de estar ya vivos y coleando. Ejemplos:
No tiene nada de empírico la afirmación que sostiene que las únicas afirmaciones con sentido son las que tienen un referente empírico.
Que lo único real es lo que puede medirse no tiene nada de medible.
Que todo debe ser demostrado y que no se debe pensar sin prejuicios, no puede demostrarse y es por lo tanto un prejuicio.
(pobre hombre, diría mi madre, pero yo no estoy tan seguro),
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