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 Miro los escaparates, practicando una de las distracciones comunes que tenemos todos a nuestra disposición. Dependiendo de la luz solar, de la luminosidad general de cada hora, los escaparates reflejan mejor o peor la mirada que quiere transparentarlos. Asi me encontré inesperadamente con una nítida imagen de mi mismo en la vitrina de una tienda de ropas.
Por una fracción de segundo vi mi imagen como una aparición del pasado, de un pasado quizás muy inmediato pero pasado, como alguien ya hecho, como alguien presente incambiable en si mismo, con una clara percepción de algo del pasado hecho presente. Ese que ya está ahi - me dije - no puedo cambiarlo yo ahora aunque tenga ganas, ese ya fue. Y mi ser se hizo presente visiblemente frente a mi yo como algo dado que no puedo cambiar: ya está ahi. Una paz especial me envolvió, y una cierta compasión.
Paz, por entender que nada puedo hacer con ese que ya fue hecho y moldeado, ese que está ahi parado mirándome de vuelta. A ese que está ahi, si soy razonable, solamente puede aceptarlo. Y he llegado a una edad en que se como no permitirme impaciencias sin fundamento. Compasión, quizás por lo mismo, ¿qué otra relación me puede atar a ese que está allí? Verlo hecho, ya constituido y moldeado por la historia que he sido, más allá de todo propósito de cambio inmediato, ¿no ayuda a evitar ánimos poco solidarios y compasivos, ánimos de insatisfacción que ya nada pueden corregir? Asi, que ver al ser histórico que soy ya hecho, incambiable, es un buen remedio para la peor enfermedad: no aceptarme a mi mismo. (Montaigne asi la califica en alguna parte)
Y al mismo tiempo, me llena la convicción de estar frente a un ser abierto a cualquier transformación. Si una historia lo hizo, una nueva historia lo puede re hacer. Pero no hay espacio para la manipulación, la astucia y la impaciencia: sólo una nueva historia lo puede cambiar. Pero el cambio ocurrirá con total certidumbre.
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 Estuve releyendo algunas de las cosas que me publicaron hace unos meses en el blog Recuperando Libertad y - ¿saben? - me gustaron. Especialmente las dos o tres notas que se inician con PASADO y pasado y YO y yo.
Pero hay algo que no está bien. El ser moldeado que soy - moldeado por un pasado muchas veces oscuro para mi mismo, (oscuro para yo) -, que actúa automáticamente y que muchas veces me sorprende a mi mismo (sorprende a mi yo con sus acciones)- no puede ser llamado YO. Encuentro que es corrrecto decir que El PASADO es más grande que el recuerdo y el olvido que tengo yo - que se me hacen presentes a mi mismo - y que este PASADO produjo un ser de hábitos cuyas acciones e interpretaciones son independientes de mi yo y de las razones e intenciones que yo digo que tengo. Pero este ser moldeado no tiene nada de lo que caracteriza especialmente a lo que llamamos yo - no tiene subjetividad, no tiene "conciencia de si mismo", que es algo esencial del yo. Es un agente - produce acciones - pero no es un sujeto. (Esta distinción se la copio a Bourdieu). O sea, mejor no llamarlo YO.
No es un yo grande, ni un super yo, ni un infra yo. No tiene nada de yo. Actúa, produce acciones e interpretaciones pero no tiene subjetividad. Agente humano pero no sujeto humano.
¿Cómo llamar a este ser habituado en su PASADO que soy? El lenguage, obviamente diría un linguista, se hace cargo de alguna manera de esta distinción. El lenguage distingue entre "yo" (el que estoy en este momento ante la conciencia de mi mismo dieciendo lo que digo) y "mi ser" (que aparece ante mi como algo externo que yo puede observar desde un cierto desapego, desde "afuera"). (Esta distinción se la copio a Kahn). Entonces lo que llamaba YO, prefiero llamarlo mi agente, o el ser que soy, o el agente que soy. Estoy seguro que es más correcto.
(El mono es de Jonathan Rosen)
(Además, escribiendo esto demuestro que este endemoniado, si bien no habla lenguas, si lee a autores lenguosos)

 El espacio, recuerdo bien, era un lugar de lugares. El lugar es para quedarse. No son los lugares puntos de paso, como un restaurante a la orilla del camino o una estación de servicio o una plaza de pago de peaje, o un aeropuerto. En un lugar la velocidad se hace cero; había tiempo para usar.
LLegar a Chillán tomaba diez horas por caminos de piedra y tierra, en verano. En invierno sin falta se cortaba la ruta por inundaciones. A veces había que regresar para intentar el paso días después. A veces, por lo general, se podían buscar desvíos y subiendo hacia la cordillera - donde los rios van más delgados y hundidos - por caminos peores aun encontrar algún vado - apenas - para regresar al camino del valle central y seguir rumbo al sur. Entonces había que alojar en algún lugar intermedio, muchas veces Talca. En ferrocarril el viaje era generalmente más seguro, pero tomaba las mismas nueve o diez horas que en automóvil.
Desde Chillán había que subir veinte kilómetros hacia la cordillera y avanzar cuarenta hacia el sur. El viaje terminaba en invierno generalmente a caballo o en coche de caballos. En medio de temporales de otros tiempos terminábamos la aventura - que no era simplemente un viaje -en otras tantas horas en este transporte. En verano los automóviles podían llegar en medio de una polvareda bíblica - trumaos del volcán Chillán.
Nadie llegaba al paso, para pasar. Todos llegábamos para quedarnos y recuerdo que nos tomaba varios días recorrer los lugares conocidos simplemente para volver a situarnos en ellos. Morar es quizás un verbo innecesariamente exigente para describir lo que pasaba en los lugares; con estar quizás basta. Eran lugares de estar. El espacio era de lugares de estar.
 Viví la rápida llegada de otro espacio, el espacio de fluir, el espacio de carreteras, escaleras electromecánicas, ascensores veloces, rutas aéreas, paseos peatonales. Espacio de puntos, de direcciones, de ramales, desvíos y coodenadas. Ya no vamos a lugares para quedarnos, vamos de paso. De un lugar a otro, como los automóviles en la ciudad con conductores ajetreados, ansiosos, de caras vacías. Casi nunca estamos en este espacio., vamos y venimos. Por eso las carreteras que deben dividir y destruir las casas donde estábamos. La ciudad es una red para fluir. Y a medida que esto avanzó el tiempo se acabó.
Vivimos sin tiempo en constante traslado, y mientras vamos de un lugar a otro, generalmente nos aburrimos. Y apenas llegamos, nos vamos. Yo, como los de antes, construimos refugios - lugares en el campo o en la playa - donde recuperar el fin de semana el viejo estar y la serenidad acostumbrada que no podemos encontrar en el constante fluir. De poco sirve, el domingo se hace corto y anuncia el fluir del lunes desde sus primeras horas. Entretanto, mis hijos viven en el fluir del MTV, y mis nietos en el fluir de los juegos en la red. En estos últimos, el espacio mismo está para su invención.
Sigo, paseándome por Chillán, pensando en el espacio de lo vivido y recordado.
La plaza Santo Domingo en mi Chillán parece un bosque, o un potrero. Es lo hermoso de estas plazas segundonas provincianas que, por no ser LA PLAZA DE ARMAS, agarran - if at all - el fondo de la olla de los recursos municipales, habiéndose puesto a salvo así de las aficiones cementeras algo facistonas de los afanes ornamentales de nuestro alcaldes - droite et gauche - (un endemoniado se demuestra por su dominio de lenguas, como se está danto presente testimonio). Lugar de tierra suelta que favorece el levantamiento de impresionantes polvaredas al volar. Me gusta este lugar. Aquí todavía producen sensación mis levitaciones; en el cemento de la plaza central se pierde el efecto y me toman por un pinche robot.
 En la esquina, unos de los tesoros de la ciudad: los frescos de Siquieros en la Escuela México. Poco apreciados por la cultura-agri local.
Me gusta pararme en el espacio de esta sala con murales en sus paredes. Las figuras parecen volar juntas formando un mosaico de pertenencia resonante. O me siento parte o me siento ajeno, pero nunca distante. El espacio mismo es invitante, no me confronta desde alguna otra parte, más bien me invita a ser parte solidaria. Ven y participa en estas batallas, en estas luchas, me invitan exigentes, anunciando quizás su derrota y buscando despertar mis culpas de endemoniado. Pero a mi este Siquieros más bien me hace sentirme ajeno, lo que me apena. Es una suerte de involucramiento negativo, pero involucramiento sin duda.
Nadie me presta atención en este espacio, existe por si mismo, su gente es invitante pero no dependiente; ellas mismas ordenan su mundo y van finalmente indiferentes en un mar de energía que contagia. Parecen decir, "súbete o pasaremos sobre ti, tú no importas nada. Pero si te subes, importas todo"
He descubierto que no hay nada en Chillán más contrastante que irme volando sobre los tejares vetustos y el zinquerío presumiblemnte moderno, desde la escuela México a la catedral. La catedral de la ciudad es otro posible tesoro chillanejo. También post terremoto, como los frescos del mexicano. Tampoco parece la cultura-agri local apreciar mucho este lugar; pocas veces hay gente así que se puede mirar todo con tranquilidad y desparpajo.
Vale la pena entrar y pararse en el espacio abierto del pórtico. Dramatiza la perspectiva la nave de arcos simétricos que se alejan hacia el ábside filtrando uno a uno la luz. En el centro yo, mi mirada que recibe todos los rayos y ordena todo el territorio, hacia adelante el horizonte. Me mueva donde me mueva sigo siendo el centro del espacio que yace abierto, manso, simple y entregado, invitando la conquista.
 Este espacio crea, segregando, una intimidad detrás de mis ojos: yo mirando como miro. ¿Por qué este espacio me provoca a des-cubrirme mirándome mirar? Y afuera despliega un espacio de orden a mi disposición, simple y controlable, recursivo, que sólo exige quizás reiteración, empeño, dicisión y persistencia, pero que considerando todo eso, invita - obliga - a la inevitable conquista de los horizontes de lo natural. Están ahi para mi, esperando mi conquista - tan abiertos a la entrega como guardada su doblez - mientras yo estoy aquí afuera ya presupuestado. Entonces veo por qué mis ánimos deben fluctuar entre la ambición, la resolución y la resignación. ¡Es tan grande el mundo a conquistar, y la soledad tan disponible! Dice el poeta, "nos lanzamos de repente a vientos y caemos en un estanque sin compasión".
La soledad y el des-apego, siempre posibles.
El espacio de la escuela México, ¿de qué predisposiciones emocionales viene acompañado? No hay líneas, no hay punto de vista privilegiado, no hay nada garantizado ni orden posible, tampoco yo soy nadie afuera mirando, sólo invitación a hacerlo todo o talvez a resistir y defender todo lo ya hecho. Sólo veo una masa - nosotros, ustedes - de gente desplegada, gritando, invitándose a algún combate, en un lugar que no vemos, pero que por ahi está, con algo de tristeza en los rostros por tan largos años con sueños de más. La alegría solidaria, la pertenencia, o la tristeza de la ajenidad, quizás hasta la enemistad y el enojo.
Soledad y des-apego, ¿cómo?

Mi abuelo es lo más parecido a Jehová que he encontrado en este mundo; el Jehová que yo encontraba y encuentro en los primeros libros de la biblia. Y no es cuestión de imaginación, su presencia era plenamente jehoviana. Nosotros, la tercera generación, sus nietos, claramente lo amábamos con un santo temor que nos llevaba, por regla general, a apartarnos de su camino y poner adecuada distancia de él.
Era plena y última autoridad y mando. Los perros, que intuyen bien estos órdenes humanos, lo tenían claro a la perfección. En las mañanas soleadas se agrupaban alrededor del sillón en el cual Jehová abuelo leía en el recodo del corredor que, con rigor ecológico y precisión astronómica, se construyó para dar exactamente hacia el norte y que era reservado a él. Todos los días, tiempo mediante, se instalaba a leer el periódico de Santiago que alguien iba a buscar para él, en carretela o a caballo, a la estación del ferrocarril distante 15 kilómetros. Los perros, sobre todo los perros serios grandes, echados a su alrededor entre el sol de la mañana y la sombra del alero, parecen hacer guardia al mismo tiempo que obtienen alguna seguridad en si mismos, participan de alguna certidumbre, que parecen no encontrar en otro lado. La luz del sol está plenamente al servicio de su lectura e ilumina en todas las horas del día el mismo trozo del sillón, dividiendo su cuerpo entre las piernas y los piés que se calientan al sol y la cabeza y el periódico, iluminado pero sin brillos, a la sombra del alero. Los ojos, en la sombra, oscurecidos por la resolana, tras unos permanentes espejuelos que reflejan la mirada de quienes miran parecen percatarse de todo sin ser muy vistos. Esta imagen, que no olvido, es como un faro que ilumina y organiza miles de otros recuerdos a su alrededor.
Si, en el calor que lentamente entibia el frio aire matutino en la segunda parte de la mañana, sale a recorrer las tierras a caballo, los perros lo acompañan y siguen su cabalgadura sin que falte ninguno. Hay vitalidad, alegría y natural obediancia, pertenencia. En la tarde, cuando abuelo Jehová se recluye en su escritorio, los perros se desbandan y recorren el lugar cada uno por su cuenta, quizás con un entusiasmo pasajero por su recuperada autonomía, pero también con una manifiesta falta de propósito, con una ausencia, aburridos.
Nunca creo haber visto a mi abuelo en un estado de ánimo casual. Siempre parecía apropiado de su ser, sosteniendo el rol serio, decisivo y necesariamente solemne, de jefe de familia, como si un descuido anímico pudiera echar por tierra la solidez misma del mundo y todos fuéramos a correr así un serio peligro, o sufrir una confusión peligrosa, o extraviarnos. Sus habituales gestos de cariño por su familia y su sentido del humor nunca dejaron de manifestar una autoridad superior y un necesario ciudado. Me lo imagino sentado en el corredor como diciéndose a si mismo "soy el que soy", y en verdad para nosotros era el ser final y definitivo de todo. Me parece que tenía un exceso de presencia, una luminosidad especial rebalsante.
Su estado de ánimo era muy variable, hasta caprichoso. Esto lo hace peligroso y es prudente manejarse a distancia. Súbita e inexplicable, como no lo fuera quizás solamente para él, surge la ira. Algún mandamiento misterioso y oscuro ha sido roto tal vez, alguna sutil ofensa visible solamente para él ha sido quizás conferida, alguna falta de debida consideración, algún descuido irrespetuoso ha sido perpetrado; y abuelo Jehová no debe hacer explícito nada, la ofensa consiste precisamente en la incapacidad de ver y percibir lo que debe ser percibido en el acto sin más. Así que la irritación va y viene y se queda, habitualmente por mucho tiempo, enfocada en éste o en el otro o, lo peor, dedicada al mundo entero, sin que nadie logre saber a ciencia cierta , al menos por boca de él, qué crimen ha sido cometido. Y mientras más mudez, mayor seguramente el crimen.
Digna de Jehová es también su necesidad insaciable de recibir muestras permanentes de respeto y amor. Hay una ausencia y una demanda infinitas que nada humano puede llenar. Más que violencia, que no le conocí nunca, hay algo que puede ser quizás peor: una predisposición a la queja, al reclamo que nadie entiende bien y que no comunica - sería la muestra más grande de respeto ausente - que hace que su presencia no sea nunca indiferente. Cuando mi abuelo llega y está, se siente y todo cambia.
Lo amamamos y una muestra de cariño especial o un raro halago dirigido a nuestro desempeño en el colegio es lo máximo que el mundo tiene. Pero lo tememos y mantenemos una sutil relación entre cercanía y distancia de él. A Jehová, a lo mejor a su pesar, se me ocurre que le pasaba lo mismo.

Tratando de recordar, me encuentro con su intuida dificultad. Recuerdo cosas, nombres, historias, hasta soy capaz de imaginar paradigmas (¿qué será esto en realidad?); pero traer a la presencia las prácticas y las historias que me moldearon, en las que YO fui producido, me tiene mudo y paralizado hace días. ¿Cómo hago luz en lo oscuro?
Imaginar las prácticas y las narrativas históricas en las que no participé y no me moldearon parece más fácil; requiere imaginar, desde el presente, la historia que ocurría a mi alrededor pero lejos de mi. (Se cumple lo que dicen a modo de reclamo mis amigos de Quirihue: más que decir lo que es, digo lo que no es). También para recordar lo que fue necesito un esfuerzo de imaginación. Porque, ¿por dónde partir? Ni las cosas ni la gente recordadas, ni los paradigmas de entonces, imaginados e interpretados, pueden ir al fondo, me parece, del mundo en que me moldeé. ¿Qué será lo más básico y constitutivo?, me he preguntado por días. Entonces, no se cómo, de repente, caigo en la cuenta: tiene que ser el espacio, me digo. El espacio es lo más profundo, lo más oculto quizás, lo más implícito, lo más básico y definitorio del mundo que me hizo, de cualquier mundo en realidad. Quizás estaría más de moda decir el espacio-tiempo del mundo en que he vivido YO, pero no me atrevo a hablar así: ¿qué querrá decir espacio-tiempo verdaderamente?
El espacio que despliega y organiza el mundo en el que YO me moldeé, ¿puedo yo sintonizar con eso? De nuevo, afirmado en el espacio que no es el de ayer, el espacio de hoy, tal vez pueda recordar yo lo que ya no es. El espacio del mundo de la crianza, si lo traigo a la presencia del recuerdo, ¿qué me nace decir de él? Puedo decir con total claridad - la misma claridad que tengo de que no podré explicarlo con claridad alguna - que no es el espacio del mundo de hoy. Es un espacio aéreo, frente al de hoy que es más bien líquido. En un espacio de ocurrencia de espontáneos hechos, como un pájaro que cruza o un relámpago o una sonrisa; el de hoy es un espacio de flujos, de corrientes y trayectorias que vienen llegando y van yendo. El de ayer es un espacio espacioso, el de hoy hay que hacerlo - es necesario hacerse un espacio. Es un espacio sin densidad que se abre a mi cuerpo, ingrávido, infinitamente disponible, infinitamente invisible; el de hoy recorrerlo pesa, hay que despejar los caminos, apartar las cosas y la gente, atesorarlo en las esquinas tras las formas. Es, el de mis recuerdos, un espacio luminoso, claro pero no brillante, por lo transparente; el de hoy es más bien un licor que brilla y oscurece, un espacio que da sombra. Mundo de amplitudes y rectas, mundo de recodos.
El tiempo de los días que recuerdo fluye lentamente y, al igual que los molinos de Dios, de los que se dice que muelen muy lentamente pero extremadamente fino, muy finamente. Es un tiempo que va en cámara lenta con un grano muy fino. No por fatiga o por alguna estrechez de sus misteriosos conductos, por el contrario, porque fluye sin dificultad alguna permitiendo una acción múltiple, detallada, liviana y continua. De la misma manera que en el cine la cámara lenta se usa a veces para hacer visibles velocidades relampagueantes de acciones paralelas. La acción es más simple, más fácil, menos esforzada. La velocidad de todo, más lenta, el tiempo es más largo. Más brota, más se hace presente, más ocurre, más es posible. Tiempo largo, espacio leve: hay liviandad, no hay tedio. ¿Qué decir del tiempo de hoy?, que no hay, que se va muy rápido. Y cuando lo hay y se hace lento llega sobretodo el tedio.
Es un espacio de lugares. El lugar es el elemento del espacio viejo recordado; la ruta, del espacio de hoy. Morábamos en los lugares, por las rutas transitamos. Vamos y venimos, fluimos en mallas, ramificaciones, meandros, contornos, frenos y vértigo. El espacio de hoy es conectividad (diría un amigo ingeniero). ¿Habrá que inventar un nuevo morar?
Entonces veo que esta básica manera de estar parados frente al espacio y al tiempo que se nos abren, al espacio y al tiempo que todo lo incluyen y todo lo fundan, está asociada con los estados de ánimos en que nos moldeamos y nos embargan irreparablemente. Cuál es la liviandad o pesadez de todo, cual es la amplitud de lo posible o la estrechez de los horizontes, qué es lo posible y lo no posible, todo está escrito ya de antemano en el espacio que se despliega ante nuestro cuerpo ya situado. El espacio y el tiempo históricos constituyen el ánimo. O quizás, el ánimo histórico constituye el espacio histórico.
Me moldeé YO en ánimos de expansión, de liviandad y libertad, ánimos que no esperaban restricción, ánimos de poder. Y que eran también, ánimos de lugares, ánimos lugareños y locales, que desaparecieron en cuanto el nuevo espacio de mallas y flujos los conectó, los movilizó y los disolvió. Entonces, porque los ánimos no desaparecen sino que transmutan, pude ver cómo la insoportable pesadez, la restricción y la impotencia crearon el enojo. La única libertad que quedó disponible era contra quien habría de dirigirse la ira.
Habiendo leido lo ya escrito, pensé: no se trata principalmente - ni del todo, en realidad - de hacer una introspección para hacer visible quien soy. Conócete a ti mismo no puede querer decir eso. Toda introspección es una forma de recuerdo y en todo recuerdo me revuelvo yo en mi yo. No puedo hacerme YO visible, que es el que me interesa.
Necesito un esfuerzo de imaginación para situar ante mi vista la historia en que me moldeé YO; y también la historia en la que no me moldeé YO, y ante la cual me encontré después, quizás desprevenido o mal preparado. Vamos, me digo dánde ánimos, y prosigo.
 Cuando nací, el año 1945, recién estaba terminando en el Pacífico la segunda gran guerra del siglo pasado. Dos bombas que mataron a 200.000 personas de una plumada (y dejaron enfermas de muerte a quizás cuántos millones más) terminaron por bajar el telón. (¿Fue por tratarse de asiáticos que no fui YO enseñado este sufrimiento? Se que no lo fui, porque éste ciertamente habría sido un recuerdo que yo recordaría). La tecnología se hizo entonces presente con un sobrehumano resplandor ante los ojos de todos los seres humanos como la fuerza que habría de movilizarlo todo; desde entonces muy claramente. Seguramente YO no fui educado asi porque, con toda seguridad, algo recordaría yo. Tal vez en Chillán todo parecía estar bien, como siempre. Y en el ramal de Chile, siendo local toda existencia real, allí encontraba su arreglo toda amenaza e inseguridad.
Ahora se también, aunque no lo recuerde de entonces, que a comienzos de los cincuenta Watson y Crick descifraron la estructura general del genoma de los seres vivientes. YO no me enteré. No recuerdo a nadie cerca mio que se diera por enterado. Estuve en un buen colegio en Santiago, pero no me enteré del ADN hasta que, por mi cuenta, lo perseguí con asombro, casi intoxicado y alucinando, en libros y revistas, aquí y allá, tarde en los años 70. La vida funcionaba como una precisa maquinita. Tal vez esto fue lo que me hizo irrevocable peso, porque, ¿de qué otra manera podría haber sido?
¿Qué decir de Darwin?, el de El Origen de las Especies de 1850. Silencio total. Solamente recuerdo, en el último año de colegio a un cura que - 120 años tarde - consideró necesario informarnos que las teorías de Darwin (que las especies evolucionan, y el hombre proviene del mono, o algo así) no podían negar la existencia de Dios: Dios no tiene por qué haber creado todas las especies, Dios puede estar detrás y ser el origen de la evolución misma. Me pareció un argumento lógicamente perfecto, sobretodo que aseguraba que las cosas marchaban bien, que todo seguía igual, que no había razones para alarmarse o sentir que había algo desconocido o nuevo. No vi de inmediato la movida como una nueva retirada estratégica divina - después que, conocida por mi parte la ley de gravedad de Newton y la ley de atracción eléctrica de Coulomb, ya no veia a Dios como alguien necesario para mover directamente el universo natural - que me dejó mirando a lo alto buscando a Dios en delgados paises espirituales desprovistos de toda geografía.
Ahora, mirando hacia atrás, creo que fue muy importante en mi formación la ausencia de pensamiento evolucionista, para el cual las cosas van cambiando y transmutándose unas en otras. Y no entender a tiempo la irreducible historicalidad de nuestra existencia. He debido forcejear toda mi vida con la tendencia a mirar el mundo como una colección de esencias estables y de pensamintos definitivos. Es tal vez esto, como parte del desfase elemental en que YO me formé con respecto a la historia que se abría paso en el mundo alrededor nuestro, lo que me llevó especialmente a encontrarme apoyando, a fines de los sesenta, una revolución de corte socialista cuando en el resto del mundo el socialismo se caia ya a pedazos. yo no podía moverme y proyectar sino que en los espacios que YO veia posibles.

 Se me vienen encima los recuerdos mirando la vaga silueta de mi reflejo en el vidrio de un escaparate. Casi nací, y si me crié, en Chillán. Punto en el troncal principal del ramal más extremo del mundo: Chile. Y todavía un poco más excéntrico, unos kilómetros hacia los trumaos que el Volcán Chillán ha desparramado por los primeros cerros que cierran el valle central.
Tierra de vieja frontera. Tierra de jesuitas, de militares, de contrabandistas, de comerciantes rudos, de traficantes; gente violenta. Tierra de malones y expropiaciones, de violaciones y sangramientos; lugares violentos. YO nací aquí pero yo no me percaté de estas peculiaridades de las capas geológicas del lugar.
Pero ahí están los nuevos recuerdos que súbitamente salen del oscuro y adquieren visible presencia.
Retornan resonantes la lengua, las palabras, los nombres y las cosas. YO nací en un mundo luminoso de ponchos, de machos, de pulchenes, de canchas, de choclos, de guaguas, de hualles y pellines, de quiltros, de güeñes, de pichintunes, y yo no supe de su luz. Mundo de música innotada: Quiriquina, Diguillín, Cayumanque, Palpal, Polcura, Huépil. Y también nombres de verdad, para superponer, obligar a la memoria y vaciar, el Carmen, San Javier, San Ignacio, la Ermita, San Gabriel; y yo no lo vi. Y luego también, cuando se mandó a manifestar serio respeto con el nuevo lugar de los lugares y con los nombres de sus vivientes, Yungay y Bulnes. El ramal transmuta a veces en ombligo, y YO fui un abierto y respetuoso escuchador.
¿Cuántas más palabras y cosas y música y nombres ejercen su poder desde el invisible oscuro? Quizás de ahi una opaca nostalgia, una lentitud.

Caminaba por las calles y, de pronto, recuerdo lo que decía Pascal, peleando - para variar - con Descartes, que los seres humanos somos mitad autómatas y mitad mentes concientes. En alguna parte de sus Meditaciones, no recuerdo bien donde. Este autómata es al que le puse YO. Es el ser que se ha moldeado en sus prácticas históricas, muchas de las cuales han dejado huella pero no han dejado recuerdo (ni olvido).
O sea que YO siempre está parcialmente oculto a yo. Y tengo bien visto que no da lo mismo saber esto que no saberlo. Al contrario, tengo investigado que no hay oscuridad más grande que vivir siendo ciegos a la existencia de YO y creer que el único que existe soy yo. Entonces tenemos un comportamiento que activamente oculta a YO, produciendo una ceguera cada vez más espesa, si cabe. Esto si que es estar endemoniado.
yo se da explicaciones. yo doy razones, especialmente doy razones de mis acciones. Explico estas acciones como resultado de mis intenciones. Me senté porque quise sentarme, digo yo. No reclamé, a pesar que tenía todo el derecho de hacerlo, porque no quise crear un conflicto, explico yo. No dije que no porque no me gusta ser egoista, razono yo. Acepté este cargo no porque lo haya buscado ni me guste, sino para servir a los demás, declaro yo.
YO actúo; yo explico mis intenciones.
En fin, yo considera a sus intenciones como la causa de las acciones. Niega activamente la existencia de YO, niega su propio comportamiento automático.
Saber que YO existe es saber que muchas veces no son mis intenciones la causa de mis aciones sino que al revés: mis accciones son la causa de mis intenciones. YO actúo y después yo cuento historias de razones. (Seguro que Nietzsche dijo esto y mejor en alguna parte.) Ojo y oreja los que gustan explicar sus acciones como resultado de intenciones buenas, de intenciones que hablan bien de ellos, que los dejan bien parados...
¿Quién está más endemoniado, me pregunté yo, el que recuerda estar endemoniado o el que cree que no lo está?
Miré al pasar mi reflejo en un escaparate. Me detuve. No me vi yo; una vieja historia se hizo presente. Me invadió una rara serenidad compasiva.
 Camino sin apuro hacia la plaza. Me observo caminando y me doy cuenta de algo obvio: aprendí a caminar, pero no me acuerdo cuándo ni cómo; nada. Se que si no me enseñaban a caminar no estaría caminando hoy -hay que aprender a hacerlo. No caminamos los seres humanos de manera natural debido a nuestra estructura corporal.
Reflexiono que reflexiono hablando: castellano por supuesto. También aprendido sin recuerdo. ¡Si hubiera nacido en Japón o en Irán!, pienso. Veo los frondosos tilos de la plaza, "hermosos árboles", me encuentro pensando. También aprendí qué son los árboles: seres vivos, del reino vegetal, inspiran anhidrido carbónico y expiran oxígeno, aprovechan la energía de la luz solar, hacen fotosíntesis. No recuerdo cuándo aprendí todo esto, tal vez de a poco. Que los árboles son seres vivos pero que está permitido tallar en su corteza nombres de enamoradas, cosa que no se debe hacer en la piel de un animal -sería cruel - y menos aun en la piel de un ser humano -sería un crimen. ¿Quién me enseñó todo esto? ¿Lo aprendí observando a mis semejantes?. ¿Cuándo? No hay recuerdo que recordar. Apenas alcanzo a darme cuenta que separo los tipos de seres que hay en el mundo en dos: los reales, que veo y toco, de las fantasías que existen solamente en nuestra imaginación: fantasmas, espíritus, unicornios. ¿Cómo y cuándo me moldeé en esta manera de configurar y entender el mundo?
Con seguridad son diferencias en lo aprendido lo que me hace distinto de un inca o de un romano, y también lo que me hace distinto de un japonés o de un aborigen australiano de hoy. No creo que los genes tengan nada que ver en esto.
Mi ser es pasado. YO soy pasado.
Mi presente es pasado en acción. Mi futuro es pasado trabajando como imaginación. Y no se trata solamente de mi.
Pero tengo dos pasados: el claro del recuerdo y el olvido, por una parte, y el escondido oscuro, por otra. Y sólo me puedo interpretar a mi mismo - me parece - desde el pasado claro, desde el pasado que recuerdo que recuerdo y que recuerdo que olvido. Esta auto-interpretación de mi mismo se llama yo - con minúsculas.
Hay una oscuridad inevitable en YO para yo. Una oscuridad irremediable en el YO que soy para el yo que, desde mi pasado claro, digo que soy. YO está formado - formateado, diría un joven hacker - como ser de maneras que son transparentes -invisibles - para yo.
Por eso, cada vez que un pedazo de pasado sale del oscuro escondido y se hace visible, yo recupero libertad. Adquiero -yo - la posibiliadd de observar algo de mi formateo y adquiero la posibilidad de dejarlo atrás y reformatearme
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