He hablado de dos evaluaciones de confianza en este blog recientemente. Una, la confianza que pongo en las posibilidades inmediatas que me abren los demás al comunicarse conmigo: evalúo la sinceridad y la competencia con que lo hacen. Otra, la confianza que pongo en los horizontes de posibilidades de futuro que me abren los demás: evalúo su identidad y el involucramiento con que lo hacen.
Quizás debamos considerar una tercera evaluación de confianza: la que nace del trasfondo de las diversas prácticas de interacción en que nos encontramos siempre involucrados con otros seres humanos por el sólo hecho de estar vivos participando en una determinada comunidad. Si caminamos por la calle con otros peatones confiamos que no seremos golpeados o insultados por ellos. Si conversamos con otras personas confiamos que mantendrán una cierta distancia de nuestro cuerpo. Lanzar escupitajos en el suelo en nuestra casa es algo que confiamos no harán incluso los invitados más desconocidos. Confiamos que alguien del otro sexo no confundirá nuestra amabilidad convencional con avances sexuales. Etc.
Al interactuar confiadamente con otras personas, hay múltiples mandamientos éticos - reglas de convivencia social - que suponemos que serán respetados. Todas nuestras acciones las realizamos sobre un trasfondo verdaderamente ilimitado de normas y presuposiciones que pocas veces notamos pero a las que prestamos riguroso cumplimiento simplemente por un casi automático sentido común aprendido.
Podemos interpretar que este trasfondo consiste en las infinitas promesas que no hemos hecho pero que, vivir en esta comunidad supone que han sido hechas por todos. Y confiamos que todos las cumplirán. El respeto sin mayor reflexión de este trasfondo ilimitado de promesas que nos parecen de sentido común constituye quizás lo que consideramos sea pertenecer a esta comunidad. Por eso nos movemos generalmente en un trasfonde de confianza cuando estamos en casa.
Podemos llamar a esta confianza la confianza en el estilo cultural que compartimos con las demás. Es una predisposición a confiar que tenemos, sin darnos bien cuenta, con todos quienes pertenecen a nuestra comunidad. Esta confianza se vuelve visible cuando se interrumpe la familiaridad del estilo y nos encontramos interactuando en otro mundo social: en otro país, en otra cultura. Entonces la apreciamos, cuando desaparece el trasfondo compartido de promesas tácitas necesarias para convivir.



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