Mario Valdivia

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Agradezco este valioso libro, desprovisto de fervor religioso, sobre religión y ateismo.

Andre Comte-Sponville, "El pequeño libro de spiritualidad atea"

 

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Motor de Búsqueda

Enviado por Mario Valdivia el 20/05/2010 a las 10:35
Mario Valdivia

Ayer a las 7 pm en el Centro Arte Alameda se presentó mi (única) novela.

Editada por Ocho Libros, fue presentada por Antonio Gil, Jaime Gazmuri, Héctor Soto y Andrés Valdivia. Gonzalo Badal, director de la editarial, ofició de presentador de presentadores. Les agradezco con todo el trabajo que se dieron de leer el libro con cuidado y hacerse una interpretación de éste que resultó muy valiosa. Yo aprendí varias cosas nuevas de mi libro escuchándolos.

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Se juntaron unas trescientas personas entre familiares, compañeros de colegio (!) y amigos de varios lados. Una audiencia muy transversal, como se dice ahora. De todos los colores políticos, etáreos, profesionales; pymes y grandes empresas. Estoy más que contento con la cantidad de personas que participaron simplemente para testimoniar su afecto por este autor y apoyarme en el inédito parto de anoche. 

(Para comprar "Motor de Búsqueda")

A continuación, siguen las presentaciones.

 

Presentación de Antonio Gil.

Video

Texto

Estábamos  frente a ese sospechoso  charco, siempre  a medio  coagular,   que es la pantalla del Notebook, comenzando a considerar si incluir ésta o aquella floritura  en el bordado que nos ocupa  , considerando si poner o sacar, considerando  si la coma o el punto seguido,  cuando de pronto, escuchamos   en un susurro helado,  soplado  desde el mismísimo   infierno por el  inefable Joan Corominas,  la siguiente  sentencia ” Considerar proviene etimológicamente del latín "considerare", que vendría siendo algo así como  "mirar los cielos  en busca de estrellas" Y como  nada es casual… que eso ya lo  habrán descubierto por su propia cuenta cada uno de   ustedes, retrocedemos de golpe   eones, años luz,   manvantaras,  hasta  un tiempo congelado y   volvemos  entre  un castañetear de dientes  a la hundida  Atlántida invernal de una    noche de perros,  en un tiempo ahora construido  con vagarosa   sustancia ectoplasmática,  de  sueño y de recuerdos dudosos,  al  negror de un espectral valle de   Mallarauco . Una noche prodigiosa en que Mario Valdivia y su recién desenvalado  telescopio sub atómico o sub lo que sea  nos invitaron a mirar hacia arriba,hacia el abismo repleto de huesecillos brillantes,  para  reconocer la Nube Magallanes, entre otras irrecordables constelaciones y formaciones celestes,  que Valdivia, que de saber  sabe, conocía tanto como el Proceso de Acumulación Capitalista, las tesis de abril de Lenin u  otras olvidadas manifestaciones de hechicería  medieval o frenología revolucionaria . Siendo todo en la vida  tan diabólicamente  circular, como  se prueba a cada instante, es  hoy  ese  mismo hombre  del catalejo Zenith ,  ese mismo    Valdivia 2.0 de hoy  el que  nos  ha invitado a "considerare" por   entre las líneas de  su libro  Motor de Búsqueda las misteriosas  constelaciones humanas y sus todavía más arcanas   circunvalaciones en el devenir del tiempo social y político de un Chile más  insondable y fantasmático todavía que una noche estrellada, cosa harto posible.  ¿Novela? ¿ajuste de cuentas con el tiempo   y sus rotaciones y traslaciones?¿ Un intento de  orden en el cuarto de los cachivaches?   ¿Ensayo enarbolando la  falsa bandera de la ficción para   avanzar por los campos minados de las ideologías y los credos y las certidumbres convertidas en máscaras?   Da igual. Los géneros literarios, por estos días, y por otros,   nos traen completamente  sin cuidado, de modo que lo hemos fichado al Códice,  para efectos prácticos  como el Tractatus  Valdivia, sabiendo que    lo único cierto esta noche  es que aquí  estamos, otra vez, con el ojo pegado a este nuevo visor, vuelto ahora un  libro bien  aderezado    con   ingredientes  sospechosos donde los haya,   y  que nos ofrece   la lucidez  abismante, y para mi gusto a veces scalofriante ,    de  Valdivia Luis Alberto Pinto,  manejando seis horas antes de volverse para decirnos:  “que impresionante es el color de los cerros aquí”  

Esa  lucidez valdiviana con comparasas y botes alegóricos navegando la gran Nada   inevitablemente  exige un precio bien  alto, el mismo  que según reza la pizarra puesta  a la vista de todos  vendría siendo   el   más radical de los desencantos.

Y es esa  Inteligencia sola , como un gato montés,   sin interlocutores , la  que  imaginamos , buscó afanosamente   en las hechuras de Motor de Búsqueda una piedra donde reclinarse a tomar aliento,el  mismo   que nos tememos, querido amigo    te  estará  negada por los siglos de los siglos, salvo en la contemplación del otoño de Pirque y en la constatación del arribo de las primeras loicas a las ramas del peumo de tu casa.Que son las únicas  cosas Eternas que todavía importan porque duran instantes y porque  no dependen de la previsible y decepcionante  especie de la que formamos parte. 

Me liga  al autor de Motor de Búsqueda un raro y oblicuo  parentesco político, en sentidos varios,   que no viene al caso explicar aquí ni en parte alguna, porque sale sobrando. Cosas viejas, estrellas apagadas.  

Sólo   quiero hacer público que   me acerca al él   un afecto   que no habrá frío en la tierra, ni noche, ni telescopio nuevo o viejo , ni Mallarauco en julio, ni cambios de diafragma  ni un par de ripios en una novela memorial libro de historia  capaz de mover ni  un ápice mi sentimiento hacia él. .  

 No siendo este servidor como todos saben,  crítico literario, por la gracia de los Dioses , me libero totalmente  de hacer observaciones formales acerca de la presente novela,  dejando ese quehacer de despostador  a gentes más prolijas, poniendo de paso  bien  en claro que   no me acomoda nada aquello de  verle los bofes y los hígados y la pajarilla a nada que camine,respire o se lea.

Y no siendo tampoco quien habla un cultor del difícil y noble arte del  político, en el sentido formal, ni testigo privilegiado de ciertos intríngulis como lo es, suponemos,el  compañero Gazmuri, dejaré a mi querido ex secetario general del MAPU Obrero Campesino  toda la exégesis que en esa dirección pueda hacerse de este libro. La que se supone es bastante.

Tras lavarme las manos, con Kuix y  bien lavadas, Me abismo pues, ligero de deberes,  en Motor de Búsqueda, este tratado novela ensayo introspección y testamento  político  con el mismo estupor con que una noche perdida escudriñé la Luna en Tauro y creí vislumbrar los agujeros negros.

Y lo hago  hoy,  mil años más tarde, justo cuando  Marte se aleja de las estrellas Cástor,  y Póllux, de Géminis en un evento aparente, ya que se trata del efecto de la geometría orbital y de las perspectivas. Recordemos  que mientras el planeta Marte está a unos 5 minutos luz de la Tierra; las estrellas Cástor y Póllux están a unos a 50 y 34 años luz respectivamente.Y no son gemelas para nada, Cástor es un sistema estelar de 6 estrellas blanco azuladas y Póllux es una inmensa naranja solitaria. Como es arriba es abajo,”  musita en mi memoria  el Kybalión mientras concluyo estas líneas, con una de Motor de Búsqueda    “cuando un silencio sordo se apodera de todo”

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Presentación de Jaime Gazmuri.

Video

Texto

“Son cinco minutos, la vida es eterna, cantaba a Amanda, Víctor Jara a fines de los sesenta y comienzos de los setenta. No aparecía una metáfora desmesurada: eran tiempos de inusual intensidad.

Luego, los largos años de la dictadura de Pinochet, para muchos compatriotas parecieron literalmente eternos. No nos parecieron tiempos metafóricos.

Sobre todos esos años que han marcado tan determinante el presente y el futuro de Chile y de nuestra convivencia colectiva nos habla “Motor de Búsqueda”.

Agradezco a Mario Valdivia el honor de invitarme a la presentación de su novela, junto a Andrés, testigo infantil y adolescente de esos años, a nuestro entrañable amigo – poeta y novelista – Antonio Gil y al fino intelectual que es Héctor Soto. Imagino que el honor se debe a una sostenida y antigua amistad. Compartimos, además, luego del Golpe de Estado de 1973, una militancia de tiempos duros, aquellos en que se  arriesgaba la vida –literalmente- por lo que considerábamos nuestros deberes.

Me pide Mario, además, que presente su novela –enjundiosa, larga, apasionada, entretenida, densa, discutible– en siete minutos. Francamente, casi supera mis capacidades.

Dos protagonistas: Miguel Uriarte y Luís Alberto Pinto, ambos hijos de terratenientes, uno del corazón del viejo Chile agrario –de Colchagua- y otro de sus márgenes, de los Ángeles. Amigos de colegio y de los primeros años de Universidad. Luego los caminos se separan irremediablemente.

Miguel se transforma en dirigente destacado de un Partido de la Unidad Popular –sospechosamente parecido al MAPU–, rompe con su mundo, descubre la Revolución como la verdad encarnada, participa activamente en la resistencia clandestina y termina desencantado con los vaivenes de una transición que traiciona –por treinta monedas de libertades y reformas sociales– la transformación radical del capitalismo.

Luís Alberto, recuperadas las tierras que le expropiaron a sus padres, desarrolla -como psiquiatra- una vida profesional y social impecable en los más altos círculos de la sociedad de esos años. Pocos saben que además es un activo colaborador de los servicios de inteligencia: se solicitan sus servicios para sofisticar los métodos de tortura e interrogatorio, y trabaja regularmente dos mañanas a la semana en un centro sospechosamente parecido a un centro clandestino de detención de la DINA.

Pero no son los personajes quienes hablan, son veinte voces, en veinte capítulos: compañeros de Partido, militares presos por violaciones a derechos humanos, la empleada de la casa de uno de sus padres, el cura rural amigo de la familia, compañeros de colegio, la amiga de la amante de los tiempos de la clandestinidad, un argentino colaborador de la resistencia chilena, la mujer de una de los protagonistas. Y esas voces al ser interrogadas sobre su relación sobre uno u otro de los personajes centrales, terminan hablando básicamente de si mismos, de sus  recuerdos, su mirada sobre lo que les correspondió vivir, de sus temores.

Me impresionó que en casi todos los relatos, junto a lo que se dice, aparecen los profundos silencios: todo lo que los personajes han callado hasta el momento de esta suerte de confesión frente a un testigo “neutral”. El silencio frente a los amigos, las parejas, los hijos, los compañeros.

Mario transmite con gran eficacia la imagen de una sociedad cuya capacidad de procesar los traumas de su pasado reciente, incluso en los espacios más íntimos de las familias y las relaciones personales, sigue siendo tremendamente difícil y doloroso.

La novela compone un juego de espejos, con personajes reconocibles, seguramente unos más logrados que otros, que en conjunto retratan una sociedad -es el sentimiento que me transmite la lectura- todavía profundamente fragmentada, no solo social, sino cultural y espiritualmente.

Como lector puedo transmitirles que, siendo profundo, el libro lo leí rápido: atrae y atrapa.

Soy de los que creo profundamente que nuestra sociedad no puede evitar los dolores de la memoria del periodo más traumático de nuestra historia. Los pueblos que pierden la memoria normalmente descarrían. El libro de Mario es una contribución seria en ese esfuerzo: valiente, compleja, intentando entender aquello que nos ha pasado. Eso se agradece.

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Presentación de Héctor Soto.

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Texto

En primer lugar, quiero decir que me siento muy honrado y agradecido de la invitación que me formuló Mario Valdivia al lanzamiento de esta, su primera novela, Motor de Búsqueda. Vaya también mi reconocimiento a Gonzalo Badal, director la editorial Ocho Libros, que ha organizado este lanzamiento.

Voy a partir con una confesión. Mario me hizo llegar el manuscrito por la misma época en que su libro estaba entrando a imprenta y, entre una cosa y otra, de partida porque ando siempre a palos con el águila en términos de tiempo y siempre con más lecturas de las que soy capaz de procesar, bueno, Motor de Búsqueda fue quedando ahí. Como a mediados de la semana pasada se me hizo patéticamente claro que no hay plazo que no se cumpla, me programé para comenzar a leer la novela el viernes y terminarla con calma ayer martes. Pero no; no comencé el viernes, sino el sábado y yo fui el primer sorprendido cuando el domingo, a eso de las cinco o de las seis de la tarde, ya la había leído entera, sintiendo haber tenido un fin de semana –créanmelo- muy entretenido, muy revelador y muy vibrante.

Decir esto puede ser una trivialidad pero –en más de un sentido- habla mucho de la novela que ustedes ahora tienen o van a tener entre manos. Hay algo en Motor de Búsqueda que interesa, que cautiva, que engancha, que conecta con nuestras biografías, que nos emplaza, que nos pregunta, que nos pone en duda, que nos zamarrea, que nos aporrea y que también nos interpreta a todos. O al menos a muchos. A muchos, sobre todo, de los éramos parte de una generación que se sentía llamada a cambiar el mundo, a muchos de los que se embriagaron con el licor de la revolución y a muchos de los que terminaron o terminamos con las alas quemadas después de haber comprobado que esa experiencia, si bien parecía un juego, en realidad no lo era, porque estas dinámicas febriles, apasionadas y épicas incluían también desarrollos sombríos y trágicos que apenas imaginábamos y sobre los cuales apenas no ya nosotros sino el país entero difícilmente podía tener control.

Motor de Búsqueda es la historia de dos amigos, compañeros de curso. Son dos amigos de orígenes más o menos parecidos y más o menos diferentes, cuyos destinos en algún momento se separan al punto de quedar uno situado a la vanguardia del proyecto de la revolución socialista que movilizó al gobierno del presidente Allende y el otro a retaguardia del Chile que, desde poco antes de esos años, fue acumulando frustración, desazones y rencor en dosis solapadas que se vinieron a hacer patentes recién después del 11 de septiembre del 73.

Motor de Búsqueda es sobre todo una novela de discusión política y es un intento de Mario por entender desde su perspectiva, pero también desde la perspectiva de muchos otros actores de la escena política de entonces, lo que ocurrió en Chile en esas dos décadas furibundas, disparadas y demenciales que fueron los años 70 y 80.

Dicho esto, no se necesita mucha agudeza para comprobar que Motor de Búsqueda, antes que un tributo a la inspiración literaria, plano en el que curiosamente también funciona, esta novela es en muchos sentido un intento de Mario Valdivia por saldar cuentas con su experiencia, con su pasado, con sus sueños y frustraciones, con sus aportes a la causa de la Resistencia y con su reinvención personal, con aquello en lo que creyó, con aquello en lo que ya no cree y con aquello en lo cual probablemente sigue creyendo.

No se necesita mucha agudeza para inferir que esta era una cuenta pendiente que Mario tenía consigo mismo. Tengo en la memoria grabada una imagen de día domingo. Debe haber sido por los años 78 o 79. Fue una de las pocas veces que yo fui a Mallarauco, a un campo que las Serrano –doña Elisa y sus hijas- todavía tienen. Era verano y creo haber visto a Mario leer a Marx y Engel. No sé si era La ideología alemana o La sagrada familia. Yo creo que fue el último chileno que leyó estos textos con unción rabínica. Mario era un tipo serio, de altas densidades. No estaba para sacar ciegos a mear. No estaba para comentar el festival de Viña ni tararear las canciones de Julio Iglesia a las cuales sucumbimos seguramente como estúpidos ese verano. Crucé en la ocasión algunas palabras con él. Yo no lo conocía mucho y en ese tiempo estaba trabajando en un banco y en una revista que hacía –no se pierdan- Pepe Piñera. Doble pecado, desde luego.

Don Horario, el jefe de esa familia, que era mi amigo y mi gurú, recuerdo, le tenía a Mario enorme aprecio y cariño. Helmut Schmidt, le decía, por su parecido con el premier de la Alemania federal de entonces. Bueno, la imagen de Mario está ahí, algo nebulosa, pero instalada bajo un árbol enorme de la casa de Mallarauco, más bien apartado. Recuerdo que me habló de la calidad de la edición de lo que estaba leyendo. Era un libro impreso, no sé, en Berlín Oriental, en Budapest, en alguna ciudad del Este. Había salido recién: no es tan viejo, salió sólo hace tres meses, me dijo. Tate, pensé para mis adentros. ¡Qué envidia! Me dijo que se trataba de una traducción que corregía las heterodoxias, las imprecisiones y las licencias de la anterior. Tipo riguroso y tipo serio el Mario de esos años. Reflexivo, taciturno, amable, pero lejano. Lejano y misterioso, porque de alguna manera estaba y no estaba.

Como no era un cabeza caliente, como no era un agitador callejero, como no era un activista con la sangre hirviendo arrastrado por el torrente de las emociones de las UP sino un tipo analítico, racional y estudioso de las leyes de la historia y de esa ciencia inapelable y oscura en que se convirtió el materialismo histórico, ahora recién, después de leer Motor de Búsqueda, vengo a dimensionar, a tomarle el peso, a darme cuenta del descalabro, de la orfandad y de la confusión que debió haber significado para él la derrota política del 73 y el gradual colapso de los socialismo reales en los 80. Pamplinas dirán muchos, porque lo importante en los años del régimen militar no era el materialismo histórico sino salvar el pellejo. Pero cuidado porque sospecho que la aproximación de Mario a estos procesos era la de intelectual, con toda la grandeza y con toda miseria que esto pueda comportar.

Los insumos de esta novela son la experiencia y la reflexión. También lo es desde luego la imaginación, la imaginación literaria. Mario se mete en sus personajes. Mario se pone en el lugar de otros. Pero no nos hagamos los lesos: el insumo de esta novela también es el dolor. El dolor en sus múltiples variaciones. El dolor como experiencia sufrida, el dolor como trago amargo voluntario y justificado y, no en último lugar, el dolor como sensación de desperdicio y como sufrimiento en vano.

Acaso nunca fue más palpable y más tangible como en el Chile de esos años la intuición que tenía San Agustín de que los seres humanos nunca están satisfechos, nunca están conformes, nunca están tranquilos, porque en rigor el lugar nuestro no es la tierra sino el cielo.

Amigas y amigos

Yo no soy crítico literario ni pretendo serlo pero siento que este es un libro que nuestra literatura nos lo debía. Es un libro sentido, tenso, duro, muy poco ingenuo, bastante lúcido. Tiene lo que otras ficciones que han tratado el golpe no tienen: arrojo, franqueza y cero concesiones a la imaginación lloricona y gimotera.

El libro reúne unos 20 testimonios, generalmente entrevistas, sobre los dos protagonistas a los cuales la historia de Chile terminó separando. Cada testimonio aporta una voz y se define en relación a sí mismo. Cada voz es un carácter y esto mismo envuelve un desafío literario que a mi modo de ver no es menor. A lo mejor en este plano la novela no triunfa siempre, no todas las mismas alcanzan el mismo grado de convicción, a lo mejor el desenlace es más intelectual que emocional, pero vaya que es gracia haber articulado esas voces y haber recompuesto a través de ellas lo que fue el tránsito de la sociedad chilena por la noche oscura del disparate, las pesadillas y las tinieblas.

A mi modo de ver, Mario Valdivia, has escrito un buen libro. Nos solo has de estar satisfecho. También tiene todo el derecho a sentirte muy orgulloso. Esto desde luego no atenúa las culpas que tendrás que afrontar ante la historia por ser el papá, entre otros, de esos adorables granujas que son el Mono Valdivia, mi querido Andrés, y Horacio Valdivia, materia sobre la cual aquí no hay una sola palabra y de lo cual, Mario, vas a tener que escribir otro libro mucho, mucho más arduo.

Pero Motor de Búsqueda sí te coloca con tremenda dignidad en un plano y en registro que no te conocíamos y donde vuelves a ser quien siempre has sido: una cabeza privilegiada y un tipo tan singular como sorprendente.

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Presentación de Andrés Valdivia.

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Texto

Estoy en un aprieto.

Rodeado de gente inteligente y talentosa, duchos como muy pocos en el arte de la pluma, es absolutamente imposible hablar de Motor de Búsqueda si no es desde lo único que me distingue de quienes están aquí conmigo: mi edad, la generación  a la que pertenezco,  y claro, el hecho indiscutible de que el autor de esta novela es nada menos que mi padre.

Créanme, y quizás algunos de los que están aquí han tenido la experiencia, que leer una novela escrita por tu papá es una viaje muy especial. Primero te zambulles en ella buscando con la misma sed con la que un arqueólogo busca trazos de un pasado que intuye, pero que no conoce con certeza. Pero también con la misma ansiedad vouyerista de un reportero de farándula en busca del detalle que le develará la trama de un gran escándalo. Esa sed y esa ansiedad no ceden, página tras página.

Convengamos que Mario es un tipo bueno para conversar, pero NO es uno de esos hombres que se sientan alrededor de la chimenea en su parcela a hacer relatos de sus grandes glorias, conquistas y heroísmos bajo la atenta mirada de su prole. No.  De hecho con nosotros, y lo he chequeado con mis hermanos, ha sido particularmente hermético al momento de hablar de la UP, y sobre todo de la dictadura. Le hemos escuchado su visión política del asunto, y poco, muy poco, pero nunca le hemos escuchado la historia más confesional, la más fracturada quizás. Así, los protagonistas de Motor de Búsqueda, sus mujeres, sus amigos, las anécdotas y las grandes historias, todo era un potencial hallazgo confesional.   

Me costó algunas páginas aceptarlo, pero esta novela de mi padre sería, lo quisiera o no, como una ventana a su vida. Es cierto que la palabra VIDA suena enorme, desproporcionada en este contexto, pero si estoy convencido de que al leerla hice una inspección a vuelo razante sobre los fantasmas y los ángeles que han visitado a mi padre en los últimos años.

Desde esa perspectiva, los hallazgos que hice son finalmente la presa que me traje de vuelta del viaje de cacería que fue leer Motor de Búsqueda. Es todo el testimonio que puedo dar. El único posible.

Comprender. Pertenezco a una generación que ha debido situarse de manera ortogonal a la de mi padre. Quizás para poder sobrevivir y darle sentido a la vida en ausencia de la política y de la religión como mitos fundacionales, y para tener nuestros propios enemigos y sacudirnos del pasado, hemos explorado una cierta distancia, una falta de interés en comprender en qué andaba Chile, sus jóvenes y su gente en esos años, y en todos los que vinieron después. Motor de Búsqueda es una excelente mirada a lo anterior. Descarnada, irónica a veces y sin sobajeos, Mario hace un relato sobre lo que ocurría en los pasillos de las universidades en los sesentas que resulta revelador y fascinante, sin una gota del glamour revolucionario ni de heroísmos simples, que tantas veces han inundado el mito de aquellos años. Ese es un hallazgo central para mi, por lo contrastante de nuestra experiencia universitaria, y por lo delirante que parece revisarla desde el presente.

Chile…Otro descubrimiento relevante fue mi país…o más bien el país que pensaba , sentía y padecía mi padre y su generación. Ese país, como imaginario y como objeto concreto, contaba con un compromiso y un amor que me resultan tan imposibles como imprescindibles para hacernos cargo con algo de responsabilidad del lugar donde nacimos y vivimos. El amor y el compromiso por Chile. Asi nomás.

Para mi generación nuestra bandera fue un objeto de propaganda usado por los militares y nacimos en un escenario en el que todo lo patrio en un sentido simbólico era visto con desconfianza. El compromiso por chile que se lee en Motor de Búsqueda es anterior a eso. Es profundo, casi fundacional, emocionante. Y quizás, lo digo con bastante más cinismo del que me atrevería a confesar, bellamente infantil. 

La patria que se lee en los personajes de Motor de Búsqueda es una patria en construcción, lo suficientemente precaria como para ser re construida desde su base, y lo suficientemente abundante- para algunos al menos- como para ser defendida a toda costa. Independiente del lado del muro en el que se encuentre cada uno, ese amor y compromiso por Chile es algo que mi generación aun tiene pendiente, y si me apuran un poco, creo que es la base de nuestra desconfianza actual.

El miedo…Nací en 1976 y mis recuerdos de los años de dictadura están irreparablemente mediados por los recuerdos familiares. Pero puedo recordar el no haber tenido miedo real. Quizás algo de inseguridad, de hostilidad hacia y desde el statu quo, pero nunca miedo real, nunca una amenaza directa sobre nuestras vidas. Recuerdo a mi padre quemando papeles en la chimenea para las protestas en los ochentas y no recuerdo haberlo vivido con miedo. Recuerdo las mañanas que comenzaban con El Diario de Cooperativa y esa cortina musical que está clavada en cerebro de al menos dos generaciones completas de chilenos, y haber escuchado la noticia de los degollados y la de los quemados vivos, por ejemplo. Pero no tenía miedo.

Desde esa perspectiva, en Motor de Búsqueda se puede sentir el miedo, se puede tocar el miedo. El horror, el horror, como dice el Coronel Kurtz en Apocalipsis Now. Eso me impactó mucho. Tiene que haber sido una experiencia aterradora y desde esa trinchera me convencí de la admiración que le tengo a muchos por haber vivido así. No por el heroísmo ideológico, ni la épica del oprimido, que siempre dan cuerda para echar lagrimones, sino por el simple e ineludible hecho de habérselo bancado, y de haber sobrevivido. En eso, creo, mi generación también, aun está al debe con los homenajes y el respeto, pero al mismo tiempo, está libre de mirar la realidad sin el filtro feroz del terror. 

La tierra. El último elemento destacable que me traje de este viaje fue la tierra. Llámenle campo, llámenle como quieran, pero es la tierra la que está latente como espacio de fundación en toda esta novela. Es un ancla, una maldición y una esperanza al mismo tiempo. Es la tierra, tanto el metro cuadrado como la gente que la habita y los sueños que alberga, la fuente general de toda sabiduría y es también, cómo no, el gran botín de la generación de Mario. Hacerse de la tierra, hacerse del futuro. Así la tierra pareciera ser la tragedia hecha materia, así como el amor es la tragedia hecha emoción.

Que contraste brutal con el presente, cuando la tierra hoy pareciera importarle a nadie, y no pasa de ser entendida como un espacio recreacional. Casi 50 años han pasado y hoy es la cuidad el mito omnipresente para nosotros. La tragedia pareciera haberse tomado un bus y haberse instalado en medio del cemento, aquí, donde no sabemos de quién es la tierra, ni mucho menos qué carajos tiene que ver con nosotros. 

Hacia el final de Motor de Busqueda, hay un párrafo que dice lo siguiente: “Inesperadamente surge en mi memoria el añoso recuerdo olvidado de un viejo campesino regando la tierra seca premunido de una simple pala. Hablándole, hablándole a la aguita, le hago subir esta lomita, le dice al niño que lo mira admirado dirigir el flujo de agua en una dirección y otra por los regueros. Se que tiene razón. Aunque sólo de viejo de consigue conocer una verdad como esa”. Yo creo haber conocido a ese campesino. Caminábamos en el campo en Chillán hacia el río y el papá y un campesino muy viejo se cruzaron las miradas, se recocieron y e intercambiaron unos cuantos párrafos de preguntas de cortesía. Al parecer, no se veían hacía muchos años. No lo comprendí en ese momento, pero ahora entiendo el por qué del brillo en la mirada de mi viejo después de ese encuentro. Una mirada que parecía estar repleta de algo que me era imposible de asir, pero que después de leer esta novela me parece evidente, aunque aun innombrable. Creo que ese día, e insisto, no lo supe hasta hoy, Mario, mi padre, me mostró algo de lo que él y su descendencia estamos hechos. Esta novela viene a cerrar ese proceso y a anunciarme qué ya es hora, que ha llegado mi tiempo…el tiempo de conocer verdades como aquella…Muchas gracias.

 

 

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Reunión de comentarios

Enviado por GADK el 25/08/2010 a las 9:26
GADK

Participantes: representantes de la generación de los sesenta y de la post golpe.

Se dice que la novela es muy emocionante, incluso removedora, por la manera en que muestra los hechos que ocurrieron de los que hoy se habla poco, que muchos observaron de pequeños, y que efectaron a sus familias.

Aparecen unos seres más comprometidos, mucho menos light que los de hoy.

El miedo es un personaje central de la novela; y se contagia.

Las mujeres juegan un rol central, parecen más maduras y serias que los hombres. Están muy bien pintadas.

Se celebra la capacidad del autor de pintar tal cantidad de personajes al mismo tiempo.

Se critica, al menos se reconoce como desasosegante, que el relato quede demasiado abierto. ¿Es sueño o realidad el ajusticiamiento? ¿Qué arreglan, si es que lo hacen, los personajes centrales al final? ¿Cuál es la opinión definitiva del autor?

 

 


Verónica Ruiz me envió este sugerente comentario

Enviado por el 14/09/2010 a las 12:37
Mario Valdivia

 

Escrúpulos, crepúsculos, sepulcros, o cuando las palabras son objetos.

 

La novela Motor de búsqueda, de Mario Valdivia, es una oportunidad para observarnos desde nuestro hablar, desde nuestros diversos hablares chilenos. Eso lo hace un viaje apasionante por el lenguaje, una obra universal, desde lo local. Un lenguaje ordenado por la sintaxis, como todos los hablares, circunscrito en una época y una geografía chilenos muy importantes, pero en su fondo abismal, caótico, alucinado, cruzado por mil emociones, humano.

Tras su lectura nos queda un sentimiento parecido a lo que sentimos cuando un mimo nos sigue en una calle del centro sin que nos demos cuenta, hasta que el público ríe, y nuestro más mínimo gesto es incorporado al espectáculo de ilusión que nos envuelve.

Un friso de Chile entre los años 70, 80, por lo menos. O desde la germinación de las utopías, ideologías, militancias, pasando por el quiebre feroz del dictadura y hasta la actual democracia. Un friso que nos registra, nos refleja y nos revela en nuestra construcción de identidad.

 

Tratándose el mío de un comentario no académico, y alentada por la estructura no convencional de la novela que provoca la imagen de “una esfera cuya circunferencia está en todos lados y el centro en ninguno”, me parece plausible destacar un solo aspecto que es la función de accesorio que tienen algunos objetos y su impacto en el mensaje de la obra y en la resonancia que se produce entre él y el lector.

 

Estos objetos tienen un poder más grande y específico que el puro complemento o el adorno. Tienen la capacidad de transformar, fijar y realzar circunstancialmente el carácter de una pieza principal, abrigo, mueble, escena u otra.

Por ello es que, a pesar de encontrarlos situados en un tramo específico de la novela, estos objetos accesorio pueden moverse, ponerse, proyectarse sobre otros tramos y sobre la novela en su conjunto, provocando el efecto de significar y significarse de distintos modos.

 

Armas de destrucción, el revés del objeto deseado

 

En el capítulo 5 aparecen las armas destrucción. Quien las menciona es un excéntrico personaje, un militar, ex funcionario de la policía secreta de la dictadura de Pinochet que ha logrado zafarse de la justicia y sobrevivir en la invisibilidad. Desde su particular perspectiva este observador sigue las motivaciones de la sociedad democratizada y con la lente de un resentimiento resignado que colinda con el realismo cínico, nos piensa y nos hace hablar desde nuestras llagas.

Si bien es cierto que en su monólogo sobre el estado general de las cosas la referencia a las armas de destrucción, que son los automóviles, es solo un botón de muestra, y que además, como es propio del discurso paranoide, tiene la extraña lucidez de la generalización cuando habla de “la sistemática carnicería que resulta necesaria para que todos puedan viajar con eficiencia y comodidad haciendo uso pleno de su libertad personal para desplazarse individualmente adonde se les de la gana cuando se les de la gana.”, declaración que el lector aprovecha para incluir en la categoría aludida a cualquier modelo y cualquier usuario, es innegable que lo dicho apunta a los autos de aquellos que en verdad pueden ir adónde y cuándo se les antoje.

 

Se trata de uno de los más irritantes monólogos del libro puesto que, aunque su función es dar cuenta del pasado de uno de los dos protagonistas principales, Luis, el intachable médico psiquiatra que colaboró en el refinamiento de los métodos de tortura, liberado de la expectativa de la libertad, dispara contra todos y particularmente sobre “la gran masa compadecida que quiere sentirse justa, buena y pacífica, que quiere pretextar ignorancia.” (…), sobre aquellos que encarnan esa posición que, “Más que hipocresía, es más bien una insensibilidad ciega que no puede asirse.”

 

Así, los autos de este tipo de gente suelen ser sólidos y de altura, de hecho cuesta subirse en ellos. Generalmente tienen vidrios polarizados, son amplias naves full equipadas, hechas para transportar a una familia numerosa en sus viajes de weekend. Son autos blindados que gastan mucho combustible y que la mayoría de sus días transportan a una solitaria mujer que en su interior, vistiendo además gafas negras, pelo y cuerpo esculpidos, parece hablar sola cuando se comunica a través de su celular de manos libres.

 

Estas especies de tanques se compran para no morir arrollados y para no morir matando.

 

Son objetos que visten de glamur a la persona de buena conciencia, pero que al mismo tiempo la envuelven en el oscuro juego de la violencia y la indolencia.

 

“Pero la mugre y la porquería en las que todo se sustenta no se quedan quietas. Obligan a esfuerzos denodados a estas buenas almas de Dios para disimularlas mediante su industria del recubrimiento y empaquetado, o bien para endilgárselas a otros, los otros distintos, de intenciones aviesas, evidentemente enfermos. (…) Las carreteras no pueden ocultar la sistemática carnicería que resulta necesaria para que todos puedan viajar con eficiencia y comodidad haciendo uso pleno de su libertad personal para desplazarse individualmente adonde se les de la gana cuando se les de la gana. Hay tanta sangre humana seca en cada metro cuadrado de autopista bajo los neumáticos de automóviles que circulan repletos de familias inundadas de gracia divina y santas absoluciones, como la que hay en cualquier matadero. Una pequeña pistola puede escandalizar a estas almas que se niegan a considerar a su automóvil como el arma de destrucción, si no masiva, cuando menos multitudinaria, que es.”

 

Estos autos son arrojados en la autopista de la novela y gatillan en el lector la fantasía que contiene también el cinturón de seguridad. Aunque usado con aplicación benévola, la fantasía en su sombra contiene una escena de pánico, el accidente, el suceso funesto que nadie en su sano juicio proyecta de verdad al salir de paseo, y que termina en su extremo con la muerte que marca nuestros cotidianos.[1]

 

Como sobre un flamante traje de lino, el accesorio transforma la conciencia de “las familias inundadas de gracia divina y santas absoluciones (…)” en una disposición a matar para no morir, tras cuya inocente mirada encontramos la mente pragmática e indolente del psicópata.

 

La fuerza de este accesorio de brillo fulgente, produce oscuridad en la escena, un silencio completo en el párrafo y un murmullo tenso sobre la novela.

 

Creo que Mario Valdivia utiliza este y otros objetos que, no constituyendo el eje central de la temática, logran hacernos atisbar, más allá de nuestros escrúpulos, y de nuestros sepulcros, el entumecimiento que nos provoca algo que no queremos mirar de frente, ni con el compromiso que requiere.

 

El auto, accesorio predilecto de los fines de semana en Chile y en el mundo, transforma la pretendida inocencia en disposición a matar y, en su defecto, a morir.

 

Motor de búsqueda nos lanza esta presa cruda sobre el mantel lavado de nuestras pretensiones, a través de las afirmaciones y los juicios de un personaje paranoico, del que podemos en principio desmarcarnos. Pero al cabo de un tiempo, como una bacteria, puede hacer un excelente trabajo, siempre que se encuentre en un contexto adecuado, húmedo, dicen los científicos, y con capacidad de asombro y honestidad, podemos agregar, como le ocurriría a un niño que se muere de ganas de salir de paseo pero que al ver a su padre hipnotizado frente al noticiero dice:

 

Entonces, papá, ¿qué hacemos?

 

Pañitos a crochet, lo sublime del objeto despreciado

 

En el capítulo 15 aparecen los pañitos a crochet. Son pequeñas piezas tejidas por mujeres, como dice la personaja, “para evitar que los objetos puestos sobre las mesas se vieran demasiado abandonados, y también para que no rayaran el barniz”. Artesanías hechas por manos cariñosas de madres y abuelas, para aliviar el tedio de la vida femenina y para ser desechadas o escondidas con vergüenza por los herederos promovidos que ahora adornan sus casas con fibras made in China adquiridas en tiendas de diseño y decoración.

 

Parece anecdótico o el simple devenir de las modas. Todos reímos con un dejo de ternura, ternura que oculta una cierta culpa, cuando recordamos los artefactos que poblaban la vida cotidiana de nuestros antepasados. La memoria, cuando no es un verdadero recordar, un recordis, un nuevo paso por el corazón que nos llena de saudosos crepúsculos, es un peso absurdo del que preferimos deshacernos y que en la práctica, en nuestro país abandonador, obturamos con una lápida que llamamos “el cambio”, y al parecer quedamos desorientados respecto de nuestro discurso, no honramos a nuestros padres, nuestros orígenes, a fuerza de empeñarnos en ser lo que creemos que debemos y tenemos derecho a ser. Menos mal que el sol todavía no es cuestionado por los especialistas en decoración y sigue repitiendo su ancestral rito.

 

Pero recordemos. En este capítulo hay una tragedia. El protagonista, perteneciente a la vieja clase latifundista chilena está enamorado de una mujer de clase media de origen campesino. Ella lo dice, estaban locos de amor, apenas salían de la cama para alimentarse. Habían hecho nido a su apasionado amor en medio de la ciudad y ya conversaban de posibilidades para escapar del juicio clasista. Y en el fragor amoroso, de la noche a la mañana, él la abandona. Nos encontramos ante una automutilación feroz, el personaje arranca de raíz el motivo de su deseo, para seguir un mandato social. El amor no es más fuerte, la amada es desechada como un simple objeto inadecuado.

 

Años más tarde, ella habla, encuentra una metáfora para explicarse el fracaso de su historia: “De solamente imaginar a mi mamá conversando con su madre me daban escalofríos. Mi mamá, una mujer campesina sencilla, hija de un peón de pala, bien casada con mi padre, un técnico manual muy competente y valorado, se había convertido en una citadina, pero en el fondo seguía siendo una campesina sencilla. Un buen plato de comida hecha con sus manos seguía siendo la muestra de cariño más grande de que era capaz. O pañitos bordados que hacía primorosamente y que regalaba a quienes estaban verdaderamente próximos a su corazón. Pañitos para evitar que los objetos puestos sobre las mesas se vieran demasiado abandonados, y también para que no rayaran el barniz. ¿Qué podía hacer con todo esto la madre de Luis? Una patrona acostumbrada a tratar con inquilinos y sus mujeres, sus empleadas de casa, acostumbrada a establecer y ver diferencias, las diferencias que hacen de su vida su vida y hacen de ella y su marido quienes realmente son. Sin estas diferencias ella no es nadie, me di cuenta de inmediato, y me aterré.”

 

Pañitos a crochet, o el elogio de la artesanía, podría ser el subtítulo para comentar este segundo objeto accesorio.

El autor nuevamente lo ubica sobre una pieza principal, el abrigo por antonomasia, el amor. Pero no el amor a secas, sino el amor abortado por un propósito mayor, no mejor, solo mayor.

Otra vez el accesorio logra abrillantar y hasta cambiar la naturaleza del objeto que se da por fundamental.

El pañito, como una fea mancha sobre un lino de Holanda, atrae las miradas que huyen despavoridas y luego agiganta el mensaje, mensaje fugaz pero imborrable en la conciencia del lector despierto, “me aterré”.

 

El propósito mayor, el continuismo de la endogamia nacional clasista y puritana, somete como un mandato divino lo que se tiene por eje de la fe cristiana, el amor.

 

Y el accesorio transforma. El capítulo citado, después de la lapidación de la amada, que el lector reconoce, deja como contrabando en la escrupulosa memoria del abandonador un suave elogio de las manualidades, las artes menores, las artesanías del afecto femenino, como el recuerdo del día que nos regala el crepúsculo.

 

La mujer de medio pelo, a través de su destierro, renace señora de su identidad, de su conciencia, de su vida; el príncipe se vuelve sapo y queda paralizado en su trono que no es más que una piedra resbalosa en un mínimo charco.

 

No hay castigo evidente ni mensaje aleccionador, los pañitos a crochet muestran con suficiente potencia la única mesa que es suficiente, la mesa abundante de la vida liberada del orgullo, la culpa y la vergüenza.

 

Elogio de las manualidades, las artes menores o reconocimiento de la mujer cosificada y desechada, como un pañito a crochet.

 

Hay muchos objetos accesorios en esta novela que no tiene un centro único. El autor los puso cuidadosamente entre sus venas y huesos. Algunos son joyas, otros, curiosas prendas que visten y animan el cuerpo de la obra, todos nos espejean para recordarnos lo que somos y lo que podemos ser, y sacuden nuestra atención para invitarnos a una lectura activa del cuento que nos contamos sobre nosotros mismos.

 

 



[1]. En Chile los accidentes de tránsito constituyen la cuarta causa de muerte y la primera causa de muerte de jóvenes

 


De Vicente Valjallo

Enviado por el 14/09/2010 a las 13:36
Mario Valdivia

Mi querido amigo Vicente, doctor en ciencias varias, psicológicas, tecnológicas y filosóficas, me envió estos comentarios apreciados desde su iphone ( de ahí ciertas fallas ortográficas).

Mario: voy en la páginsa 50 y bien vale un comentario. Me
costo comenzar, pero a las 15 páginas ya estaba mas enganchado. Me
gusta el dialogo interno del texto, me lleva hacia atrás inclusona mi,
que tenía once pal once. Memllevo a olores, sabores, colores
olvidados. Creo que el gran tema ha sido en mi el olvido y tu libro lo
recupera. Tanto el olvido como lo olvidado, la operación y el
resultado. Hay frases notables, todas subrayadas y algunas que citaré
en mi tesis. Quizá sea el vicioi de conocer al Autor que no me deja
leer tranquilo, sin volver a la imagen de Mario que vive en mi. Aun
así, hay mucha honestidad en el texto. Observación. Luego viene la
obligada referencia a una epistemología especial. Muy filosófica desde
mi lectura, no se si por mi vida actual, o poro tus vidas pasadas
presentes en lo filosófico, no tanto en la lectura como en la postura.
Me gusta, pero mas allá de aquello, me aporta, me obliga, me deja
cosas. Sigo leyendo, te sigo contando que me pasa cada 50, que son un
numero razonable para aglutinar, regurgitar y escribir.

Un abrazo.

(A pedido de MV): un par de ejemplos de "frases  notables":

P. 20 Tengo claro que las cosas demasiado prometedoras solo tienen como destino descarrilar. (como frase freudiana o lacaniana sobre lo insípido de la realidad demasiado planificada)
P.26 Emitían preguntas como quien busca eco. Nada que respondiéramos tenía importancia, pero interrogaban y se hacía imperioso ensayar respuestas. (ilustrador del peso de lo real, como edificio que se impone independiente de las teorías o especulaciones)
P. 45 O corregimos esto con rigor o todo puede convertirse en polvo que se llevará el viento (a propos de una ética de una generación, misma que se ha diluído en otros parámetros)
(MV: de un mensaje enviado por correo electrónico.)

 


Lo termine!

Enviado por francisca ossandon el 05/10/2010 a las 22:32
francisca ossandon

Debo reconocer que primero lo estire para no terminarlo, guardando las ultimas 5 páginas y leyendo de a una.....me habia acostumbrado a los dos personajes!.y a que los pelaran..

dos cosas debo decir ..una...siento que cai en la trampa de querer leer la reconciliación..y me quede con las ganas y al mismo tiempo me di cuenta que no era relevante...queda a la imaginación de cada uno..o..estaras pensando en hacer motor de busqueda 2?..una saga..jajaja..no creo..y dos el regalo de volver a leer...ahora empece otro libro me quedo gustando la compañia que da un libro ..gracias!


Rodrigo Oyarzún

Enviado por el 17/10/2010 a las 18:12
Mario Valdivia

Quisiera hacer dos comentarios, el primero en relación a la novela y
en segundo lugar lo que me pasó al leerla.

En relación a la novela debo decir que faltó explicitar el carácter
autobiográfico de esta, si bien todo escrito tiene algo del escritor,
cuando se trata de mostrar algo que ha vivido y afectado tan
profundamente al autor, como en este caso, es necesario explicitarlo
con el fin de dimensionar y tener claridad de lo que se va a leer.

Lo que me pasó con Motor de búsqueda es que me dejó con la pregunta de
¿cuánto de lo vivido repercute en lo que somos hoy? Especialmente en
el campo de las amistades, ¿mis amigos de hoy son mis amigos por lo
que vivimos en la época escolar o universitaria, o por lo que hoy
tenemos en común? Estas preguntas son especialmente importantes para
personas como el autor, y mi papá dicho sea de paso, que vivieron una
época que los hace recordar hasta el día de hoy los más mínimos
detalles, época en donde existían ideologías e ideólogos, época en
donde los líderes movilizaban multitudes y una época que terminó con
una violencia nunca antes conocida en Chile.

Muchos amigos que he tenido, con el paso del tiempo y los caminos
escogidos, nos hemos distanciado, al parecer para los que vivieron a
principio de los años setenta esto no corre, la novela me deja claro
que los que vivieron esos años están  unidos y lo estarán siempre, sin
importar que tengan algo en común ahora.

(MV: de un correo personal)


Camilo Herrera

Enviado por el 26/10/2010 a las 15:54
Mario Valdivia

Estimado Amigo.

Tu libro lo disfrute, me provoco, me enojo, me hizo reír, pero por sobre todo me hizo mirarme, y contribuyo a estar más en paz con mi historia y la de mi país.  A ratos sentia que desde mostrar el ser histórico quedaba todo justificado (por ambos lados) , y por lo tanto me dejaba un cierto sabor a nihilismo con el cual suelo pelear, al final me quedo con la intención clara del autor (según yo) de proponer la aceptación del otro, la socialización, la convivencia con respeto,  como la única manera de construir sociedad...
(MV: de un mail personal)

BA

Enviado por el 26/10/2010 a las 15:59
Mario Valdivia

Querido Mario,
Me lei tu libro. Me encantó. Los personajes eran reconocibles aunque no tanto. Crei adivinar a alguno con brazos de otros, en fin.
Me gustó la narrativa y las reflexiones sobre lo que podría llamar la ideologización excesiva... de aquellos años.

¿Qué has pensado tú de la "política"? Yo veo que el sustrato está muy débil. La modernidad nos ha desatado la codicia y otros males y en uno y otro lado la gente carece de "valores", aquellas distinciones que no eran tan complicadas de entender y que guiaban la forma de hacer.

(MV: de un mail personal)


Esto lo contó mi papá.

Enviado por Horacio Valdivia el 08/11/2010 a las 12:56
Horacio Valdivia

Ya ha pasado mucho tiempo, y lo siento tanto por eso. Pero aquí estoy, listo para contarte de tu libro. 

Tuve que leerlo dos veces. La primera vez, justo después de tu lanzamiento, no pude dejar de buscar a lo míos -y tuyos- en la historia. Se me hizo muy difícil leer el libro de mi papá sin tratar de pillar entre los personajes, a mi madre, madrastras, hermanos y algún amigo conocido. Cómo decía andrés, en el lanzamiento, tu hermetismo con esta época es muy particular, y por lo mismo estaba hambriento de encontrar algún cuento que me pareciera familiar o un lugar que pareciera conocido. Cuando lo terminé, me di cuenta de un par de cosas: No había leído nada del libro, no recordaba las historias ni tampoco había entendido la espina dorsal (o la falta de) de la historia. También me di cuenta de ni tú, ni mi mamá ni ni uno de los conocidos estaban plasmados íntegros en tu libro. 

Tuve que dejar pasar un buen tiempo para leerlo sin las ansias de que el libro lo había escrito mi papá. Después de un tiempo, lo tomé de nuevo y me senté a leerlo.

Es súper fácil de leer. Me senté y me lo comí. Está fluído, súper súper súper bien escrito, bien narrado y entretenido. Me llamó mucho la atención la narrativa que usaste, y así me hizo sentido la dualidad del título. Es una historia que puede leerse, en orden o en desorden. Además, la historia está narrada en opiniones sobre los personajes y su vida, no en narraciones de ellos mismos. Pura opinión. Eso me gustó mucho. 

Está súper bien escrito, papá. Se nota todo lo que haz leído en la vida. Tu capacidad de narración está muy buena. Ahora, cómo primer libro que sacas, creo que hay un par de cosas que no me hicieron mucho sentido, cómo error de rookie. Hay algunos personajes que hablan muy por fuera de su mundo posible. Osea, el tono y la sofisticación el lenguaje, no podrian nunca ser parte de ellos. Por ejemplo, la nana del campo, no puede hablar poesía tan sofisticada. En ese sentido, esos personajes me parecieron mentirosillos o mal construídos. Hay otros, en cambio, que son perfectos y uno les cree todo, se hace posible que existan. El argentino, el preso, la mina que habla con su terapeuta, son algunos de los que me dí cuenta que eran ficticios, sólo cuando terminé el capítulo y me me vi leyendo un libro. 

Me parece también que las partes más profundas, más leíbles, más interesantes y más enggaging, son en las que te dedicas explisivamente a la narrativa o a contar la historia, más que a irte de discurso. Por ser mi papá y haberte tenido toda mi vida conmigo, sé que te es muy dificil no hacer discurso, no irte de tesis, veo eso impregnado en tu libro. Me emocionaron mucho las partes donde te dedicas a construir los personajes, a contar la historia, a explicar las situaciones. Y la verdad es que las partes más discursivas me aburrieron un poco, porque todo lo que quería es volver a llegar a la parte más literata. Pero somo dicen mis amigos... los escritores, todos, dan discursos y meten su "caquita" en sus historias. Pero a mi, me dejó muy impresionado y emocionado los momentos cuando te dedicas a ser más escritor de novelas que de paper filosófico-político-social.

Tu libro me contó una historia desconocida para mi. Un Chile del que yo no había escuchado mucho, ese que se quedó después del golpe, ese que no fue ministro en los 90, ese también de derecha. No comparto algunas opiniones en tu blog que hablan sobre tu trato con la tortura. Creo que los temas están muy bien abordados, porque están abordados desde cada uno de los personajes. Me mostraste un Chile bonito, lleno de enegergía, lleno de pelea. 

Te agradezco mucho habernos dejado este pedazo de historia. A todo quién le interese el Chile de hoy -y más aún el de los próximos años- puede no sentirse herido, enojado, asustado y triste, con el pedazo de historia que narras. Nos diste aquí, un pedazo de la historia de Chile que pocos han contado. Me alegra mucho que sea mi papá quién contó también.

Lo mejor de todo... es que este es "una patada en la raja a los de la concertación y a todos ellos que esperaron que el país les debía algo por su pasado". Hay algo muy moderno en tu opinión sobre ese mundo, muy pensada y muy tratada. Después de leer tu libro, ví que tú no eras un hombre que lo había olvidado todo o que estaba enojado con los suyos, ví a un hombre que outgrew su propia historia y que tomó la iniciativa de nunca perder su corazón por Chile. Eso... son pocos los que pueden decir lo mismo.

Cómo dijo andrés... hoy entiendo mejor quién es mi papá y su vida. Gracias por eso, papucho.

(MV: ¡cónchale!)


Mi amiga

Enviado por el 29/12/2010 a las 17:43
Mario Valdivia

María Cristina Zamora me envió este Mensaje en facebook:

Acabo de leer tu libro:Un manífico reflejo de personajes ilustrativos de la época más convulsionada que nos ha tocado vivir. Como siempre la verdad libera. Gracias, mil gracias.


De un mail de Vicente Valjallo

Enviado por Mario Valdivia el 21/02/2011 a las 10:45
Mario Valdivia

Que linda su novela. Hoy la termine dándole el tiempo y la calma que
se merece. Me movió por dentro, me ayuda, me refleja, me cambió.
Muchas gracias!


las deudas se pagan

Enviado por Cecilia Ureta el 11/05/2011 a las 19:28
Cecilia Ureta

Cumplo mi deuda contigo...me he demorado en comentar tu libro de hecho lo he leído de nuevo y lo seguiría leyendo porque al menos para mi es un libro para detenerse, para saborear, para disfrutar, para quedarse en muchas de las situaciones.

No eres poeta pero en muchas partes he leído poesía, no eres filósofo pero la filosofía lo atraviesa me aparece a cada rato, tampoco eres escritor y has logrado un gran libro. Mas que las historias lo que mas me ha gustado o mas bien me ha emocionado es la sutil manera como las cuentas. Considero que logras que el lector pueda vivir el momento como si lo experimentara, empapándose de sensaciones y emociones que muchas veces son transparentes. ¡Que gran manejo del lenguaje!


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