Estando abrumado el mundo se me presenta como un conjunto inagotable de cosas por hacer. Esto ocurre cuando no declaro un futuro propio de posibilidades de identidad para mi - lo que proviene de olvidarme del pasado en el cual esas posibilidades ya han sido abiertas para mi y de que, de igual manera, yo podría hoy abrir otras - y me encuentro enfrentando múltiples expectativas ya existentes heredadas ante las cuales el presente se me desperdiga en múltiples e inagotables tareas; en vez de traer mi ser futuro al presente y encontrarme anticipando de manera inmediata las posibilidades que esa invención me abre. Y junto con eso hay un estado de ánimo característico que acompaña el "mucho por hacer" como un "sentirme abrumado". Remito al post anterior.
Un futuro de expectativas se me viene encima, pero esto en si mismo no basta para abrumarme. Para que esto me abrume es necesario que tales expectativas estén ya interpretadas como posibilidades que me resultan importantes; es decir, que las interprete como posibles éxitos o posibles fracasos. El hecho que, antes que nada, exista un futuro constituido por posibilidades de éxito o fracaso, muestra que estamos predispuestos a que el mundo y sus posibilidades nos importen. No sólo percibo el mundo e imaginano sus posibilidades (como podría hacerlo de una manera desapegada, simplemente tomando nota de ellas), sino que ya, en el momento de hacerlo, me doy cuenta que estoy siendo afectados por éstos. O sea, y en esto consisten los estados de ánimo, estamos abiertos - de antemano - a sentir de cierta manera el mundo y sus posibilidades, a ser afectados y movidos de cierta manera.
¿De dónde, si no de nuestro pasado, puede provenir este primordial estar abiertos a ser afectados? En el pasado nos hemos moldeado como el ser que somos y, como parte constitutiva de este moldeo, hemos adquirido estados de ánimo. Estos son predisposiciones que hacen del mundo y nuestra posición en éste algo que nos afecta, algo que nos importa y nos mueve.
Este hecho fundamental es precisamente lo que olvido en el sentirme abrumado. Al sentirme así, me parece que el mundo y mi identidad en él tienen una determinada importancia en si mismos y por si mismos; me dejo apropiar por las predisposiciones afectivas que traigo provenientes del pasado. Olvido que mis predisposiciones provienen de mi historia pasada y, sin examinarlas y hacerlas propias, me dejo arrastrar por ellas como si reflejaran una realidad obligatoria del mundo más allá de mi mismo. Al olvidar este hecho esencial, nos hacemos sordos y ciegos a la posibilidad siempre disponible de revisar las declaraciones de importancia heredadas del pasado y podemos comprometernos con otras de manera más propia y libre. Este olvido está en la raiz de la posibilidad de sentirnos abrumados.
Así, me paro lleno de expectativas ante las posibilidades que encierra el futuro, expectativas que siento importantes y que me afectan positivamente (las llamamos éxito) y negativamente (fracaso). No declaro un futuro que tenga una importancia propia y que me movilice inmediatamente en su invención, sino que dejo que estas expectativas me lleguen con toda su carga de aversión o conversión.
Esta combinación de olvido de mi pasado (como "lugar" de invención de las predisposiciones afectivas que hoy me arrastran como fuerzas independientes de mi mismo, y de la consiguiente posibildad de reinventarlas) y de proyectarme a un futuro constituido por expectativas importantes (posibilidades no hechas propias y que me mueven a alcanzarlas o evitarlas), se combinan en un presente de confusión, ansiedad y urgencias que se abre como una inagotable e incontenida carga de cosas por hacer, de tareas que me movilizan. Este es el estado de ánimo que es parte constitutiva del estar abrumado.
Nos sentimos abrumados cuando no declaramos por nosotros mismos aquello que consideramos importante, y simplemente somos movidos por las predisposiciones afectivas que hemos adquirido en el pasado, por la importancia heredada que revisten las cosas. Así, más que crear nuestro ser futuro de manera propia, nos dejamos mover por la importancia de las expectativas que el mundo ya tiene desde el pasado dispuesta para nosotros. Entonces, el presente se convierte en una confundida y ansiosa carrera por hacer las múltiples cosas que hay que hacer. Nos sentimos abrumados.
El sentirme abrumado es un peculiar estado de ánimo que combina una sensación de estar en deuda permanentemente, (por eso hay que hacer cada vez más cosas), con una confusión con respecto a dónde poner los acentos y cómo darle prioridad a las múltiples demandas que me enfrentan, con una ansiedad corrosiva por la "falta" de tiempo, con una sensación de no estar viviendo la vida que queremos. Y todo esto puede combinarse perfectamente con una generalizada indiferencia con respecto a las cosas que hacemos; en si mismas pueden no interesarnos en lo más mínimo, sólo son caminos necesarios para seguir con nuestras expectativas. Por eso, en ambientes en los cuales cunde el estar abrumado y la falta de tiempo, hay mucha actividad, mucho trabajo, pero generalmente no hay compromiso.
Sentirme abrumado cumple también el rol fundamental de mantenerme distraído. Persiguiendo afanosamente y sin tiempo las expectativas que tengo, evito recordar que no he cuestionado el sentido que ellas tienen o no tienen para mi. Me distraigo del hecho esencial que me mantengo olvidando ocupadamente que olvido mi pasado. ¡No hay tiempo para hacerme cargo de eso! A pesar de todo lo que nos hace sufrir, el estar abrumado es un gran tranquilizante.



Este sitio funciona sobre la
Comentarios recientes
hace una semana
hace 3 semanas
hace 1 mes
hace 1 mes
hace 1 mes
hace 1 mes
hace 2 meses
hace 2 meses
hace 2 meses
hace 2 meses