Mario Valdivia

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Agradezco este valioso libro, desprovisto de fervor religioso, sobre religión y ateismo.

Andre Comte-Sponville, "El pequeño libro de spiritualidad atea"

 

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Restos arqueológicos

Enviado por Mario Valdivia el 19/11/2011 a las 13:24
Mario Valdivia

Es un no lugar. Tres Esquinas o Cuatro Esquinas, se llama; no creo que haya algún letrero con el nombre que no recuerdo bien. Cerca y lejos de Chillán, dependiendo del medio de transporte utilizado, es un simple encuentro de caminos con un expendio de alcoholes en uno de los tres o cuatro ángulos.

Ahí lo encontré de nuevo después de más de dos años. Parado solitario a la orilla de uno de los caminos, el Endemoniado de Chillán apareció inesperadamente como un pájaro cuajado sobre un poste (de alguna especie más allá del peligro de extinción). Conversamos bajo un sol encandilante enfrentando un gélido aire del sur.

- Investigo - me dijo cuando le pregunto qué hace -. Escudriño en busca de los restos de Dios muerto - me explica -, como un arqueólogo. Nietzsche dijo hace un siglo que nosotros, todos nosotros, lo asesinamos. Y anunció los signos más que gigantescos que deberíamos percibir, los terremotos vaciantes que desencadenamos con su muerte: el agua del mar bebida por completo, el horizonte borrado, la tierra des-atada de su sol, todo cayendo en un vacío sin coordenadas, oscuro y frío; el olor del cadáver descompuesto llenando el mundo entero.

- No se ve nada de eso - le digo.

- Es lo que pensé en un comienzo yo también, amigo mío - responde -. Pero me he acostumbrado a no desconfiar de Nietzsche, y menos aun a leerlo con liviandad. Quizás todo lo que él anunció ya ocurre pero no nos percatamos; quizás somos ciegos o zombis; quizás perdimos el olfato. Así que investigo, busco y escudriño en busca de los restos de Dios; y encuentro, ¡oh sí que encuentro!

Y ahora debo irme - dice de pronto - te escribiré  sobre ellos, si tienes paciencia para oirlo.

Al menos dime algo hoy mismo - le suplico, perentorio -; déjame con algo.

Muerto el perdonador de los pecados, no nos queda más remedio que la virtud - dice, tomando un camino distinto al mío -: de ahí lo políticamente correcto.

Y como una sonrisa, el Endemoniado súbitamente desaparece; ya no está. 

 

 

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