El ser experto ha descubierto verdades que trascienden la historia. Verdades que son válidas siempre. Así, que está permanentemente predispuesto a caer en hubris, a moverse creyendo que puede trascender el tiempo que le ha tocado vivir. Y el ser experto de nuestra época quizás más que nadie, porque cree a pie juntillas que él o ella si que tienen razón, por primera vez en contraste con un pasado de supersticiones, en haber descubierto verdades eternas.
Y también sabe el ser experto aquello que no puede saberse, ha descubierto cuáles son las preguntas que no admiten respuestas posibles. Y está trascendentemente cierto de eso. Así, que el ser experto está permanentemente predispuesto a la resignación. Y lo escuchamos declarando que tal y tal problema (el esmog en Santiago, por ejemplo, o la distribución del ingreso, o la calidad de la educación, o la pobreaza "dura") es muy complejo, o muy difícil, o de solución muy lenta.
Por eso, aunque parezca paradojal, el ser experto se mueve entre el hubris y la resignación. Poseido del hubris, se torna maníaco, se cree infinitamente poderoso, ilimitado, se pone desafiante. Poseído por la resignación tiende a deprimirse, se siente impotente, se sobre proteje, se declara prudente. Pero siempre, en cualquiera de ambos casos, el ser experto se mueve en un ánimo de certidumbre o soberbia: está seguro de lo que es posible y de lo que es imposible, respectivamente.
Dijo un poeta que, al parecer, así estamos condenados a movernos entre uno y otro, ya que nosotros, los seres humanos:
"No estamos de acuerdo como las aves migratorias. Retrasados y tardíos,
nos imponemos repentina y forzadamente a los vientos,
para caer sobre un estanque sin compasión"
Así dice Rilke en su cuarta Elegía de Duino




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