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Agradezco este valioso libro, desprovisto de fervor religioso, sobre religión y ateismo.

Andre Comte-Sponville, "El pequeño libro de spiritualidad atea"

 

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Experto y terminantemente resignado

Enviado por Mario Valdivia el 13/09/2008 a las 10:07
Mario Valdivia

Envuelto en mi ignorancia hago una pregunta. Lleno de conocimientos el experto responde. Preguntando, reconozco que ignoro algo; se que hay algo que no se. Respondiendo, el experto reconoce que sabe; sabe que hay algo que sabe.

Pero el acto de preguntar también supone que yo se algo.  Si pregunto "¿qué es esto?" estoy reconociendo que se que hay algo ahi - un ente, una cosa, una situación - que no se qué es. Si pregunto "¿cómo funciona esta máquina?", reconozco que se que se trata de una máquina y también que las máquinas funcionan de algún modo. Entonces hay preguntas que presuponen mucha ignorancia o mucho conocimiento y hay preguntas que suponen menos. Por eso, si al informarme que los precios del cobre y del petróleo suben exponencialmente en un par de meses, puedo preguntar "¿por qué aumentan estos precios?"; en cambio un economista experto puede preguntar algo así como: "¿qué causa esta burbuja de precios y cuánto hay de especulativo en ella?". Y puesto que se trata de un verdadero experto, el economista es capaz de saber cómo se puede responder su pregunta: quizás tendrá que hacer una investigación estadística, o le bastará con leer la última literatura especializada sobre "burbujas de precios" aplicada al caso actual y con eso será suficiente.

Este conocimiento previo que presupone toda pregunta hace que al preguntar yo esté anticipando qué podrá ser una respuesta válida y qué no. Es decir, estoy listo para considerar válida o aceptable una u otra respuesta que se me de. Si se me responde que "esto no es nada", seguramente no la aceptaré como válida (yo se que hay algo aquí); si se responde que "esta máquina no es tal sino que es un ser vivo", seguramente no creeré en la validez de esa respuesta (se distinguir perfectamente entre ambos).

En el dominio en que el experto es experto, él o ella se harán preguntas muy precisas - ciertamente más precisas que las mías - y anticiparán lo que constituye una respuesta válida o aceptable de manera también muy, muy precisa. Así, si se me responde que el precio del cobre y el petróleo sube por la mayor demanda de China, es posible que yo considere esa respuesta como perfectamente válida; nuestros expertos saben que eso no basta, que esa respuesta cuando menos es incompleta. Por eso, inclusive cuando hacen preguntas, los expertos las hacen desde la certidumbre; son terminantes. Y si se consideran expertos de clase mundial, con mayor razón: nadie salvo ellos mismos puede saber mejor lo que constituye una respuesta aceptable a sus preguntas.

Las preguntas constituyen para el experto problemas bien precisos, bien definidos, a los que se puede encontrar respuestas mediante una aplicación concienzuda de las conocimientos que ya existen y que el experto maneja. Y como el conocimiento nunca es completo, el futuro del dominio del experto está siempre lleno de problemas bien definidos por resolver. (T Kuhn, en Qué son las Las Revoluciones Científicas, llamó a esto la "ciencia normal")

Certidumbre, ese es un estado de ánimo habitualmente dominante en los expertos. (Y con él va el aburrmiento)

Pero hay más: porque sabe tanto de su dominio de especialización, el experto también sabe lo que no puede ser respondido en él, las preguntas que no deben hacerse simplemente porque no tienen respuesta.  Si se pregunta a un economista "¿en qué mes dejarán de subir los precios del petróleo y del cobre?", simplemente dirá que esa pregunta "no tiene respuesta", que "nadie puede responderla", y lo hará con total certidumbre.  Lo mismo ocurrirá si se le pregunta algo así como: "¿qué hay que hacer para reducir las diferencias de ingreso en la población en magnitudes medibles año a aT rex.jpgño?". Si se le pregunta a un experto en educación "¿qué se debe hacer para mejorar los resultados de la prueba SIMCE el año que viene en una determinada magnitud?" responderá que "el problema es muy complejo" y que eso no puede ser respondido con exactitud. Yo, en mi ignoracia, no se por qué todo eso es así; seguamente nos ocurre lo mismo a muchos. 

El experto, entonces, no solamente sabe que sabe, también sabe aquello que no puede saberse. Resignación se llama este estado de ánimo. El experto tiende a vivir en la resignación con certidumbre. 

Basta mirar por ahí, abundan. No se ven especialmente contentos: la resignación produce una cierta tristeza. Y se ven algo rígidos, producto de su certidumbre. Normalmente aburren.

Este estado de ánimo de los expertos es la razón por la cual las innovaciones más significativas ocurren habitualmente en la afueras del dominio de especialización de los expertos y entran a esos dominios avasallándolo muchas veces todo. No me canso de recomendar este libro de Flores, Espinosa y Dreyfus que nos despierta a la invención de mundos y cómo ellos emergen habitualmente de prácticas marginales.

 

 

 

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