
En su columna del domingo recién pasado en un matutino de Santiago, José Zalaquet nos habla de cómo, para observar, debemos olvidar el nombre que tienen las cosas. Ejemplifica con el sushi, y encuentro que el ejemplo es perfecto; por de pronto los latinoamericanos del Pacífico Sur debemos olvidar el nombre "ceviche" antes de poder siquiera comenzar a observar el sushi.
Me gustó la simplicidad y fuerza de la formulación: olvidar los nombres para escuchar y observar.
Quizás es la mirada tecnológica a las cosas ( que adquirimos día a día sin darnos cuenta) la que nos tiene convertidos en pobres observadores. Cuando nombramos al electrón ya lo hemos dicho todo porque no hay nada que diferencie un electrón de otro, al menos desde el punto de vista del ingeniero que diseña circuitos. Obedecen idénticamente todos las mismas ecuaciones; hacen exactamente lo mismo y no hay nada más que observar. No es necesario dotarlos de nombres propios. Yo estudié economía en la universidad y aprendí a nombrar "necesidades" como algo fundamental para esta disciplina. Una necesidad es aquello que los seres humanos procuran satisfacer al tomar las decisiones que toman y actuar como actúan. Me tomó años olvidar este nombre, comenzar a observar las acciones humanas y descubrir oportunidades para hacer ofertas innovadoras - ofertas que nadie necesitaba.
De donde yo vengo los cerros menores normalmente no reciben nombres propios. Y si sólo decimos que miramos un cerro cuando oteamos el horizonte, obviamente dejamos de observar este lugar, a esta hora, con este estado de ánimo. Los volcanes, en cambio, tienen nombres propios. Son seres veleidosos con una elevada individualidad, a menudo peligrosa. Acostumbramos - menos de lo debido, seguramente - prestarles atención, observarlos dedicadamente. Con los seres humanos pasa lo mismo, están dotados de nombres propios. Así podemos observar diferencias entre unos y otras. Ya es algo a favor de observar. Pero el nombre propio también nos impide observar si no lo olvidamos. Vemos pasar a Carlos y a Isabel todos los días por los pasillos de la empresa, el mismo Carlos y la misma Isabel de ayer y mañana. Los fijamos como entes ya vistos, y perdemos toda posibilidad de observar las sutiles transformaciones, las aristas no comprendidas, las vidas en flujo, las nuevas preocupaciones que focalizan su atención. Cerramos los horizontes ilimitados de rediseño y cambio de las personas, y entonces - quizás lo peor de todo - obscurecemos nuestra capacidad de participar en ellos, de gatillarlos, de tomar responsabilidad.
No sólo nombramos las cosas, también ponemos nombres a las situaciones y a las evaluaciones que hacemos de las cosas y las situaciones, y con esos nombres diagnosticamos. Y diagnosticar no es trivial porque nos predispone en una determinada dirección. Por eso podemos correr serio peligro si no olvidamos los nombres que usamos, impidiendo así nuestro observar. Por mi trabajo en consultoría, recuerdo siempre el siguiente caso. Los clientes de los bancos habitualmente se quejan de la dificultad que tienen para comunicarse con velocidad con su ejecutivo de cuentas; los sistemas telefónicos paracen funcionar precisamente para mantenerlos no disponibles. Y especialmente si se trata de empresarios pequeños, los que deben habitualmente enfrentar problemas de pagos que requieren atención urgente. Y ahi se encuentran a menudo, deseperándose por no poder contactar a su ejecutivo. Demos a esto un nombre: lentitud para resolver los problemas de los clientes. Ese diagnóstico nos predispone en una determinada dirección: hay que aumentar la velocidad de resolución de problemas. Pero si olvidamos ese nombre y observamos, veremos que nadie están tan apurado, lo que si apura es saber (¡ahora!) si el banco podrá resolver este problema (en un plazo quizás corto pero rara vez instantáneo) porque si no podrá hacerlo habrá que ir rápido a buscar otra solución en otro lado. O sea, podemos observar que lo que apura es una promesa (de resolución o no), no el problema resuelto. O sea, no es una cuestión principalmente de velocidad; es una cuestión de confianza.
Necesitamos nombres para darle estabilidad al mundo y hacerlo familiar. Pero todo nombre fija, rigidiza y resigna. Estos constituyen peligros, a la vez que impotencias, en el mundo que nos toca vivir, que ha sido caracterizado como Modernidad Líquida.




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Al no poner nombre a ...
Al no poner nombre a las cosas, el Mago ve las cosas siempre nuevas. Para él el lente está limpio, de manera que el mundo resplandece de novedad.
Mira con inocencia y serás un dador de vida.
Me gustaría saber hacer eso, suspender los nombres, de manera más habitual