El Endemoniado de Chillán, después de un prolongado silencio, cree haber descubierto ciertas verdades valiosas que quiere comunicar. Ve sus manos llenas y quiere descargarse. Cree que hablar de estas cosas bien puede valer la pena en Chillán.
En realidad, más que verdades, cree haber descubierto ciertas creencias que, vista la confusión imperante entre verdad y falsedad, no cree que deban ser consideradas falsas, sino que más bien peligrosas - lo cual muestra que tienen, de una manera torcida, algo de verdad (aunque, pensándolo bien, eso mismo permitiría decir también que tienen algo de falsas).
Una de éstas consiste en creer que, además de cuerpo, tenemos una mente. Esta mente es una realidad incorpórea, que de alguna manera se conecta con nuestro cuerpo, y que es aquello con lo cual pensamos. Con la mente pensamos en aquello que vemos, oimos, olfateamos y tocamos del mundo, y con ella tomamos decisiones que definen los cursos de acción que seguimos en el mundo. Puro sentido común; nada puede haber más evidente que esto.
Por supuesto que si un cirujano nos abre el cuerpo, no encontrará rastro alguno de esta mente; tampoco lo conseguirá usando tomografía, por sofisticada que sea. En Endemoniado sabe que esto es así por definición, porque la mente es incorpórea; es una entidad metafísica inencontrable con este tipo de medios.
Se pregunta el poseso: ¿puedo decir que hace una diferencia creer o no creer en la existencia de una entidad metafísica, de algo que no podemos observar? Él sabe que si puede hacer una diferencia. Cuando menos cree haber descubierto que esta creencia en la existencia de la mente puede ser peligrosa. Si pensar es la parte más importante de mis acciones, puedo fácilmente considerar que una parte muy importante de mi ser lo constituye mi mente. Y como pienso privadamente, sin que nadie tenga acceso a mis pensamientos, puedo concluir fácilmente que soy esencialmente un ser privado. Divido todo en dos partes: un interior privado que define esencialmente quien soy, y lo externo, el mundo incluyendo a los demás seres humanos. Me vuelco a mi interior como un ser que existe básicamente reflexionando internamente y cuya presencia en el mundo tiene algo - mucho - de puesta en escena.
El peligro, dice El Endemoniado, consiste en encerrame en una fundamental soledad. Otro peligro, repite, consiste en dejarme llevar por una predisposición paranoídea ante los demás, debido a que se que no puedo acceder a sus mentes, lugar donde se incuban sus intenciones. Me posee la auto-absorción, madre de todas las desgracias.
En cambio, con un talante algo menos metafísico, puedo considerar que pensar es hablar, y hablar no es algo en lo que yo creo, sino que es algo que yo se que hago. Y ciertamente puedo hablarme privadamente a mi mismo. Pero es fácil darse cuenta que no hay que tomarse demasiado en serio ninguna habla que no sea parte de una conversación con otros. El Endemoniado sabe que ninguna conversaión privada conmigo mismo tiene posibilidad alguna de constituir o cambiar el mundo. Así, no me parece serio tomar tan en serio mis conversaciones privadas conmigo mismo y creer que constituyen mi propio ser.



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