He votado consistentemente por la concertación en elecciones municipales, parlamentarias y presidenciales. Lo he hecho con la rotunda seguridad con la que se hacen las cosas necesarias y habituales. Nunca pensé que había que considerar siquiera una opción distinta. Allá ellos, acá nosotros.
Considero que la concertación ha hecho cosas magníficas. Trajo la democracia a Chile, construyó sobre esas bases un nuevo estado de derecho en Chile, procuró hacer justicia con atropellos del pasado que se quisieron dejar impunes comprometiéndose simultáneamente con reconciliar a los viejos bandos cuya pugna destruía a Chile, aprobó múltiples tratados de libre comercio con diversas sociedades del mundo ampliando la apertura económica global de Chile, fortaleció la economía de mercados competitivos internamente haciéndolos llegar a las obras públicas y a servicios e infraestructuras básicos, creó una nueva justicia criminal que comienza a producir justicia verdaderamente, reformó leyes de familia para terminar con discriminaciones que avergonzaban a Chile, aprobó una ley de divorcio cuya ausencia constituía un baldón para todos en el mundo. ¡Basta y sobra con esto!
Fue motivo de admiración y orgullo para mi apreciar que la mayor parte de estas transformaciones fundamentales se hicieron pensando en Chile entero. Chile tenía que aprender a competir en el mundo global y a posicionar a su gente como productores de valor global; eso fue lo que llevó a la aprobación casi unánime de los tratados de libre comercio. Nadie quiso impedir los tratados por algo que iba a ser obvio: algunos (empresarios que ya exportaban e importaban) aprovecharían mucho más y mejor que los demás estas oportunidades. Que algunos aprovecharían mucho mejor que otros la democracia (que lo digan nuestro representantes en el estado y los jefes de los partidos) no fue argumento para oponerse a ella; bastaba con pensar en Chile. Cuando algunos se opusieron a las nuevas leyes de familia, yo y muchos otros consideramos que no cuidaban a Chile sino que a sus peculiares prejuicios de grupo pequeño.
Chile, más que un ser en el mundo es - si acaso - un proyecto. El mundo es ancho y puede ser peligroso, los chilenos - el chileno medio - no somos nadie con identidad valiosa en el mundo global, unico lugar y audiencia para medirse y hacer comparaciones. No es ésta una exageración mía (un amigo me quiso rebatir haciéndome ver que por algo estábamos en las Naciones Unidas), basta con oir con seriedad a algunos de los nuestros que realmente han sido algo en el mundo. Neruda dijo que Chile era un albatros muerto colgando del cuello de un presidente de Estados Unidos. Parra dice que Chile, más que un país, es una geografía con pretensiones de paisaje (algo así; que me perdone don Nicanor si lo cito mal). Por ahí una escritora chilena con fama internacional sostiene que Chile es un país inventado.
(Aparte aditivo. Recientemente un entrenador chileno que tiene éxito en Europa declaró que el campeonato de fútbol chileno no tiene relevancia alguna en el mundo. Lo que no impide que sea el deporte favorito y muy popular de los chilenos, que gastemos más horas de televisión hablando de nuestro fúlbol que de ninguna otra cosa y que tengamos varios comentaristas y expertos deportivos que, si notamos su lenguage entusiasta y guerrero, parecen estar poseídos por una hermenéutica muy elevada de si mismos y de lo que hacen. En el intertanto, nuestros mejores jugadores emigran, dejando atrás un medio local muy empobrecido. En esto de nuestro fútbol todos los chilenos tenemos algo de necios. Pero no se trata solamente del fútbol, corremos el peligro que esta necedad se de ya en casi todo. Sin embargo, el fúltbol - que hace de todos unos necios pero sin que esto signifique consecuencias para la mayoría fuera del estadio - es un buen lugar para mirarnos a nosotros mismos y darnos cuenta qué necios podemos ser al concentrar toda la mirada política a Chile desde este mundo local. La verdad: no hay más liga de fúltbol que la liga mundial)
Que me perdonen mis amigos de la concertación, pero hoy no veo a esta concertación pensando en la flor frágil que es Chile afirmando apenas sus raíces en resquicios ocasionales entre rocas y zarzas del mundo. La veo más bien pensando en la equidad social en Chile, en la inclusión social en Chile, en las diferencias sociales en Chile. Y su preocupación mira al pasado que está presente más que al futuro. Quiere corregir las diferencias económicas y sociales locales que ya han ocurrido, se desespera por evitar que ocurran las que ya ocurren. Yo estoy seguro que, si nos olvidamos de nuestra fragilidad de provincias y nos movemos como si Chile fuera el mundo, también olvidaremos que, desde el mundo, nos vemos como una combinación de caleta pesquera sureña, campamento minero nortino y poblado campesino del centro. Difícilmente una plataforma para llevar adelante el proyecto de ser Chile.
Frases típicas de esta concertación de hoy: "que no haya en Chile trabajadores de primera y de segunda". La verdad: todos en Chile somos trabajadores de segunda - quizás de tercera - en el mundo. "Es injusto que la educación sea de diferente calidad dependiendo del nivel económico de las familias. La educación en Chile debe ser de la misma calidad para todos"; o sea, de pésima calidad, si nos miramos en el mundo.
Chile y los chilenos somos seres incipientes que debemos prosperar en un mundo global competitivo. Esta concertación parece no ver esto. La exclusión, la inequidad y la diferenciación social que realmente importan son las que sufrimos en el mundo casi todos los chilenos - y que el futuro sigue reservando a nuestros hijos. Esta realidad económica básica parece no estar presente en las preocupaciones de esta concertación, y fue, con seguridad, una de las que guió lo mejor que hizo hasta ahora.
Desde que todos somos más bien cristianos, nadie queda indiferente frente a la inequidad y la exclusión. Pero que esa preocupación sea en serio y vaya más allá de la limosna asistencialista se puede probar inquiriendo si podemos o no hacer la promesa que lo que hoy hacemos permitirá - ¡promesa de Chile! - a nuestros niños competir mañana de igual a igual con lo mejor del mundo produciendo alto valor global. Que no podamos hacer esta promesa con las medidas y los programas pro-equidad y pro- inclusión que tenemos demuestra que miramos para atrás y no hacia adelante.
Estoy seguro que todos los chilenas y chilenos tendríamos mucho menos impaciencia y menos irritación, y cambiaríamos felices años más de sacrificio en el presente por una promesa así para nuestros hijos.



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si, h...
asi enredan ustedes la perdis
ahora le hacis propa al engendro chile 1