Mario Valdivia

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Agradezco este valioso libro, desprovisto de fervor religioso, sobre religión y ateismo.

Andre Comte-Sponville, "El pequeño libro de spiritualidad atea"

 

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PASADO y pasado

Enviado por Mario Valdivia el 01/08/2006 a las 11:49
Mario Valdivia
No creo que el tiempo sea tan sencillo como se empeña, machacón, en mostrarlo el reloj: una cinta clara que dejamos atrás a una monótona velocidad constante. Más bien se pliega como la ropa en un aparador, o un mapa; y entre pliegue y contrapliegue se esconden el recuerdo y el olvido, convolutos, y también el recóndito oscuro.

Observemos el pasado. Hay dos pasados: el pasado que recuerdo y el pasado que no recuerdo. El pasado que no recuerdo es, también, no uno sino que dos: el pasado que recuerdo que no recuerdo (el pasado que recuerdo haber olvidado), y el pasado que no recuerdo que no recuerdo (que no recuerdo haber olvidado). Como ejemplo, recuerdo ahora que un hijo mio nació en el mes de julio, pero no recuerdo el día preciso, aunque se que lo recordaba y ahora lo olvidé. También me acuerdo que, de niño, recordaba las tablas de multiplicar del 2 al 14, pero ya las olvidé. O sea, son parte de mi pasado que recuerdo que no recuerdo. También me pasa  a menudo que no logro recordar palabras que obviamente recordaba con facilidad antes - o sea, que recuerdo que olvidé. (A veces le pido a mi mujer que me las recuerde)

En cuanto al pasado que no recuerdo que no recuerdo, ¿qué decir? ¿Acaso puedo creer que recuerdo todo lo que he hecho, he visto, escuchado, olfateado, todo lo que me ha ocurrido? Seguramente que no es así. Hay miles de cosas que me ocurren y que obviamente no recuerdo, tal vez ni siquiera se olvidan, simplemente no se recuerdan. La forma de las nubes de ayer, la cara de las personas que iban anteayer en el metro conmigo, el olor de ese restaurante que visité la semana pasada en Chillán, libros que veo ahora en mi biblioteca y que no recuerdo haber leído, pero tampoco recuerdo que estén pendientes de lectura. Todo esto existió: habían olores, caras, nubes que seguramente percibí pero no recuerdo; libros leidos o no leidos que no recuerdo, días que no dejaron huella visible. Un pasado que viví y que me afectó, que debe estar ahí, pero que no recuerdo y no recuerdo haber olvidado tampoco. Es lo oscuro.

El otro pasado, el que recuerdo, también más que uno, es doble. Está el pasado que recuerdo -los recuerdos que tengo presente. Y está el pasado que no recuerdo que recuerdo pero que, a veces súbitamente, aparece en mi memoria; o sea, que olvidaba sin recordar que olvidaba, pero que estaba por ahí en alguna parte listo para ser recordado. Ciertamente recuerdo a mi padre, que murió hace tiempo. Y también me ocurre que, de pronto, hay escenas mias con él que me aprecen como de la nada y me traen recuerdos de un pasado hasta ahora olvidado, pero que sólo ahora puedo recordar que estaba olvidado. Al mirar fotografías viejas pasa esto a menudo, al escuchar ciertas piezas musicales. Por ejemplo, yo no puedo escuchar el segundo movimiento de la 7a sinfonía de Beethoven - el adagio - sin que me asalten recuerdos vívidos de mi abuelo escuchando en silencio esta pieza en la soledad oscura de la amplia sala de la casona en que vivíamos, mientras yo lo miraba desde el jardín; y esos recuerdos se disparan, si se lo permito, a otros recuerdos de mi abuelo que parecen ampliarse y adelgazarse de manera inesperada como lo hacen las ramas de un frutal buscando el cielo. Jirones del pasado dejan el oscuro y salen a la luz. Por estas apariciones sabemos que el oscuro está ahi, opaco.

Osea,  hay por lo menos dos pasados:  el escondido oscuro y el claro, tenga la claridad el segundo de una presencia - el recuerdo - o tenga la de una ausencia - el olvido.

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