Me encuentro ante acciones que no realizo bien, algo no ocurre como era de esperar, produzco resultados insatisfactorios.
Frente a eso, puedo quizás considerar que lo que hay que hacer es muy difícil - por esa razón las cosas no me salen bien - y que la situación en la cual debo actuar es muy compleja. O sea, considero que hay algo que no anda bien en el mundo: es complejo, es difícil.
Y enfrentado a la misma situación, también puedo pensar que hay algo que anda mal en mi. P. ej., que no tengo las capacidades innatas para hacer esas acciones competentemente, que me falta el talento necesario, o quizás que me falta la disciplina necesaria, y otras cosas por el estilo.
Pero también puedo pensar simplemente que faltan las habilidades que son necesarias y entonces busco un profesor competente que me enseñe a desarrollarlas.
En un caso, invento una división del universo en dos partes - un mundo negativo por un lado, un yo negativo por el otro - que se contemplan a si mismas con impotencia.
En el otro caso, invento unas habilidades que se pueden adquirir.
Una vez que consideró estos casos, el Endemoniado de Chillán se preguntó con estupor: ¿quién habita a estos posesos que los lleva a preferir tan habitualmente el primer tipo de opción?
Ahora bien - el Endemoniado sabe que no falta en Chillán el tipo de vivete que preguntaría - ¿y si no hay profesor competente que me enseñe lo que necesito porque nadie sabe hacerlo bien? Bueno, en ese caso, si no hay nadie que tenga las habilidades necesarias para hacerlo bien, y se insiste en que yo debo hacerlo, hay alguien que me está tendiendo una trampa. Se me pide que sea algo muy especial: o un santo o un héroe o un genio. Y estos son propósitos que el Endemoniado no recomienda asumir a la ligera. Con toda seguridad terminaré inventando un yo muy negativo: quizás un yo pecador, un yo cobarde, un yo mediocre.



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