Se supone que las cosas son mudas, que sólo los seres humanos hablamos. ¿No habrá algo de soberbia y ceguera en esto? ¿No habrá algo de sentirnos más especiales que lo que somos, fatalmente distintos y superiores?
En un post anterior de este blog se ve cómo es que una cosa como un semáforo es escuchado; o sea, habla. Ciertamente no es una máquina de hacer juego de luces, sino que da órdenes y prohibiciones, y faculta. De que habla con claridad lo demostramos nosotros al escucharlo con precisión, como demuestra nuestra obediencia.
Tomemos un libro. Un libro es una extraña cosa, una especie de caja que, al abrirla comienza a hablar. Podemos creer que quien habla es el lector, pero por algo no se llama hablante sino que lector. Cambiemos este lector por otro lector y veremos que ambos leen lo mismo. (Podemos grabar sus lecturas y comparar.). Es lo que dice el libro.
Pesemos un paquete de naranjas. La romana indica un número de kilógramos. No es un capricho de la romana ni del pesador. Es el paquete que responde a una pregunta. Cambiemos de pesador y romana: nada cambia, quien responde siempre lo mismo es el paquete. Responde siempre lo mismo a la misma pregunta. Y, al igual que alguien con los ojos vendados no puede escuchar un semáforo, si carecemos del instrumento adecuado no podremos oir al paquete hacer afirmaciones sobre su peso en kilógramos.
Tomemos una pequeño trozo de cualquier mineral. Con un espectrógrafo de masa conseguiremos oirlo hablar muy detalladamente de su composición química. Tomemos una muestra de sangre y un biólogo la hace hablar de los compuestos que navegan en ella. Tomemos un cerro y un geólogo lo hace hablar de su historia. Tomemos una población de cisnes de cuello negro y un ecólogo la hace hablar de sus posibilidades de sobrevivencia. En todos los casos, ante las mismas preguntas y con los mismos instrumentos, las cosas dicen lo mismo; son ellas las que hablan. El analista químico, el geólogo, el biólogo y el ecólogo sólo son sus voceros.
Los seres humanos hemos aprendido a hacer hablar a las cosas. Digamos mejor, a lo no humano. Con toda seguridad, desde que nosotros hablamos. Podemos decir que las cosas se (nos) hacen presente hablando, y en la medida en que hablan. Esta cordillera se me hace presente ya hablándome, dándome sus respuestas a lo que interrogo (y se como interrogar) -quizás me habla de su altura aproximada si soy un escalador con experiencia, quizás me habla de su luminosidad si soy un fotógrafo experto, quizás se queja de la reducción de sus glaciares si soy un medioambientalista preocupado del calentamiento global. Quizás me pide ayuda, quizás me ofrece una buena imágen fotográfica, quizás me advierte de un peligro. Y yo quizás me convierto en su vocero. Y así, haciendo de voceros de lo humano y lo no humano, los humanos existimos.
Más en este libro de Latour.
Los seres humanos hemos aprendido a hacer hablar a las cosas. Digamos mejor, a lo no humano. Con toda seguridad, desde que nosotros hablamos. Podemos decir que las cosas se (nos) hacen presente hablando, y en la medida en que hablan. Esta cordillera se me hace presente ya hablándome, dándome sus respuestas a lo que interrogo (y se como interrogar) -quizás me habla de su altura aproximada si soy un escalador con experiencia, quizás me habla de su luminosidad si soy un fotógrafo experto, quizás se queja de la reducción de sus glaciares si soy un medioambientalista preocupado del calentamiento global. Quizás me pide ayuda, quizás me ofrece una buena imágen fotográfica, quizás me advierte de un peligro. Y yo quizás me convierto en su vocero. Y así, haciendo de voceros de lo humano y lo no humano, los humanos existimos.
Más en este libro de Latour.



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