Miraba hace pocos días atrás un paisaje natural y me pregunté si observadores pertenecientes a distintos mundos históricos observarían lo mismo que yo o algo diferente. Así que observé con detención. Vi árboles, seres que han acompañados a los seres humanos desde hace miles de años. Vi hojas en los árboles. Vi altos cerros y al fondo una cordillera nevada. Vi al sol dejando caer su calor vertical sobre la tierra. Pensé en un primer momento: esto ha estado aquí para todos quienes han podido verlo desde siempre. Nada especial, nada distinto, esos son simplemente árboles que han visto los seres humanos siempre en su historia. ¿Qué es un árbol? Un ser vivo, un vegetal, un primo de los animales, un primo nuestro. Un ser hecho de células con ADN muy parecido al ADN de las células nuestras. Un ser que ha evolucionado por selección natural durante quizás millones de años y del que provenimos nosotros también por evolución por selección natural, según nos enseñó Darwin a mediados de 1800. Entonces, de pronto, observé mi observar desde la historia que me contiene. Y también observé que no pude dejar de ver los árboles como recursos, materias primas para fabricar celulosa y tableros de madera aglomerada. Allá van a ir a parar estos árboles que veo; y tal vez por eso me siento emocionado -algo nostálgico y triste - ante un bosque, imaginando la fauna que protege y los días que le restan sin ser tocado. Casi como algo sagrado en vías de extinción. ¿Quiénes en la historia han observado a los árboles así? Y miré laderas para potenciales cultivos de viñas y paltos que pueden contar con riego elevado con bombas eléctricas, y masas de rocas que levantan las placas tectónicas que forcejean aquí al ladito bajo el mar y que algún día desaparecerán por la simple persistencia de la erosión, y hielo blanco en las alturas - H2O congelada. La cordillera, el majestuoso baluarte hacia el este que nos dio el Señor, tan grande y plena que se ve desde los aviones y que una vez que se ve desde ahí ya no puedo dejar de imaginarse sino que desde esa perspectiva. Dicen que para los incas las grandes cumbres eran dioses. Le decimos cordilleras, pero eran dioses. Y las hojas de los árboles, esas fábricas energizadas por la luz del sol, verdes de clorofila, hojas que en realidad rara vez vemos, la mayor parte de las veces simplemente las imaginamos detrás de la verde mancha que compone la parte superior de los árboles. Y todo, todo lo que veo hecho de compuestos químicos, al final de unos pocos átomos, básicamente de unos cinco o seis. Y veo los glaciares cordilleranos bajo amenaza de muerte por el calentamiento global y la falta de ozono que ha hecho de los rayos solares una amenaza de cáncer y muerte.
¿Quién antes de nosotros observó todo esto? ¿Y qué veían ellos y ellas, los de antes? Tal vez no es necesario ir tan lejos para descubrir otras miradas que revelan otros mundos. Puedo, haciendo un leve esfuerzo con la mirada, fundir todos los límites de las cosas que ordinariamente distingo en campos del mismo color. Manchas verdes que funden hojas y hierba y laderas frescas de algunos cerros; manchas marrón que funden troncos y laderas secas y alturas de granito; una gran mancha azul que funde el cielo y sus rincones; el blanco de las nubes y la nieve en una gran mancha alba. Así nos han enseñado a observar el mundo algunos artistas abstractos. Es la historia que somos la que nos lleva a distinguir, dividir, categorizar y configurar el mundo que habitamos.
Pero, ¿no habrá que distinguir entre observar e interpretar?, me pregunté a mi mismo. Interpretamos lo que son los árboles y las hojas y las cordilleras y el sol, pero ¿los colores? A lo mejor pasa que simplemente vemos los colores y también los sonidos y los olores sin hacer ninguna interpretación, percibiéndolos como cualquier otro ser humano los percibiría independiente del mundo histórico que habiten. Los olores parecen demostrar que eso no es así. Por lo general los olores nos parecen agradables o desagradables, nos atraen o nos repugnan. Antes de saber cuáles son los olores que percibo ya me siento atraido o repelido por ellos.¿De dónde provienen estas emociones si no es de los hábitos del ser histórico que somos? En este mundo global conozco seres humanos que perciben emocionalmente los olores de manera muy distinta a nosotros.
¿Quién antes de nosotros observó todo esto? ¿Y qué veían ellos y ellas, los de antes? Tal vez no es necesario ir tan lejos para descubrir otras miradas que revelan otros mundos. Puedo, haciendo un leve esfuerzo con la mirada, fundir todos los límites de las cosas que ordinariamente distingo en campos del mismo color. Manchas verdes que funden hojas y hierba y laderas frescas de algunos cerros; manchas marrón que funden troncos y laderas secas y alturas de granito; una gran mancha azul que funde el cielo y sus rincones; el blanco de las nubes y la nieve en una gran mancha alba. Así nos han enseñado a observar el mundo algunos artistas abstractos. Es la historia que somos la que nos lleva a distinguir, dividir, categorizar y configurar el mundo que habitamos.
Pero, ¿no habrá que distinguir entre observar e interpretar?, me pregunté a mi mismo. Interpretamos lo que son los árboles y las hojas y las cordilleras y el sol, pero ¿los colores? A lo mejor pasa que simplemente vemos los colores y también los sonidos y los olores sin hacer ninguna interpretación, percibiéndolos como cualquier otro ser humano los percibiría independiente del mundo histórico que habiten. Los olores parecen demostrar que eso no es así. Por lo general los olores nos parecen agradables o desagradables, nos atraen o nos repugnan. Antes de saber cuáles son los olores que percibo ya me siento atraido o repelido por ellos.¿De dónde provienen estas emociones si no es de los hábitos del ser histórico que somos? En este mundo global conozco seres humanos que perciben emocionalmente los olores de manera muy distinta a nosotros.
¿Y los colores?, ¿qué son los colores? ¿No son los colores algo que percibimos con más desapego? Los colores parecen afectarnos muy levemente: no son más que las longitudes de las ondas de luz que nos llegan; casi nada. Asi vemos los colores nosotros desde fines del siglo XIX. Nadie los veía asi con anterioridad. Sin embargo, esa es una interpretación de lo que son los colores. ¿Qué pasa con la sensación íntima que los seres humanos tenemos cuando percibimos algo verde? Es seguro que esta sensación intima de percibir un color -el rojo, el verde, el azul- es la misma para todos los seres humanos en todas la épocas. ¿Pero quien puede hablar de estas sensaciones íntimas sin ponerles palabras que las interpreten? Y ya nos dijo el filósofo: de lo que nada puede decirse, no queda más que guardar silencio.



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