Los resultados 2005 de la prueba de selección de estudiantes para ingresar a la universidad, la PSU, son pésimos. Muestran que la educación media está fallando grave y porfiadamente: malos puntajes en promedio y puntajes que discriminan según la situación social del medio que atienden los colegios. ¿Qué se dice que estos resultados demuestran? Dos tipos de diagnóstico. Uno, pone énfasis en las falencias cuantitativas de los recursos con que cuenta nuestro sistema educacional. Otro, pone énfasis en los problemas de mala calidad docente que sufren nuestros alumnos, problemas incorregibles por los privilegios con que cuentan los profesores municipales; no se los puede evaluar, no se puede remover a sus directivos.
Pero la PSU es una prueba de selección para ingresar a las universidades. Tomarnos tan en serio sus resultados presupone creer que el éxito de todo nuestro sistema educacional se evalúa por el acceso a la universidad que produce, lo que presupone creer que nuestra educación universitaria está bien. Sabemos que esto no es así: miremos la cantidad creciente de universitarios cesantes y los ingresos paupérrimos de nuestros graduados que no superan los de un trabajador con un mínimo de experiencia. Sabemos que nuestro sistema educacional entero - universidades, colegios, jardines- no está produciendo adultos productivos, autónomos y responsables.
La PSU es una institución educacional más; como tal, ella es parte del problema de nuestra educación. Tomarla tan en serio nos lleva a encontrar exclusivamente problemas de cantidad o calidad. Y nuestra educación tiene un problema de otro tipo: está vieja, históricamente obsoleta, prepara a los jóvenes para vivir en un mundo que ya no existe, un mundo que los propios jóvenes sienten con fundada intuición que no es el mundo que ellos habitan en el presente. En momentos de acelerado cambio histórico, seguir pensando en términos de correcciones de cantidad y calidad a la educación puede ser fatalmente conservador: equivale a creer que el automóvil nació de las carretas debido a que éstas recibieron más recursos o porque fueron mejorando su calidad.
Vivimos - nuestros jóvenes más plenamente que nosotros - en un mundo nuevo y en constante renovación. La información es gratis y está disponible para todos en la red -nadie puede ganarse la vida explotando conocimientos únicos, la base del trabajo profesional y experto hasta hace poco; los procesadores ultra baratos revolucionan las prácticas matemáticas permitiendo a cualquiera resolver problemas - de aritmética, álgebra y cálculo- que eran estimados problemas dignos de genios hace una generación atrás; la digitalización revoluciona las prácticas de comunicación en las cuales nos encontramos viviendo, prácticas que miramos todavía desde la lecto escritura; un mundo fluido sin tradiciones perdurables en el cual nuestros jóvenes deberán crear identidades en un constante proceso de innovación; un mundo en el cual los individuos encuentran cada vez menos nichos sociales protegidos y deberán confiar cada vez más en su capacidad de emprender. ¿Qué estamos haciendo para enfrentar estos desafíos?
La educación necesita una innovación mayor. Y ésa es también nuestra gran oportunidad.



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