Estuve bajo los milenarios alerces de Pumalín; alerces que, seguramente gracias exclusivamente a Mr. Tompkins, siguen en pié. Más que emocionan; sobrecogen. Señores del aire y del agua; adictos a nubes, queridos de vientos; torres de helechos. En edades más líricas quizás habría hablado de ellos así. Hoy me afectan más que eso.
Hoy, más inmediadamente que otras arquitecturas más diseñadas, me evocan lo divino, me contactan sin más con el silencio asombroso. Me oigo pensando que estamos afincados sobre algo que no podemos descifrar, que no entendemos. Que caminamos sobre algo incompleto y ladeado. Me abren a algo, estos seres, de lo que nada se nos dice, de lo que no se nos habla. Pienso a cuános más le pasará lo mismo bajo su sombra húmeda, o al menos algo parecido, algo resonante.
Seres resistentes, esforzados, tercos, persistentes. Pero estos son atributos imposibles, me digo. Simplemente están ahi, ni siquiera indiferentes, durante dos mil años antes que des-preocupados, ciegos a su no ver. Y, sin embargo, al hacerme escuchar como ninguna otra cosa el silencio y lo que verdaderamente puede ser pavoroso, me hablan como nada ni nadie me habla ya. Porque hemos perdido - muchos de nosotros - los oidos para oir lo que antes oíamos.
Quizás son menos sordos a si mismos que lo que supongo. ¿De qué puedo realmente estar seguro? Es difícil saber si algo así, que nos abre tan fácilmente a los sagrado, deba ser exclusivamente evaluado con números, estimado como recurso, sin condenarnos a vacíos que ya no sabremos más como llenar. Y tampoco, complementariamente, simplemente apreciado con los ojos lascivos y desprovistos de medida de nuestra estética.



Este sitio funciona sobre la
Comentarios recientes
hace una semana
hace 3 semanas
hace 1 mes
hace 1 mes
hace 1 mes
hace 1 mes
hace 2 meses
hace 2 meses
hace 2 meses
hace 2 meses