Se le acercó su amigo el zombi a discutir sobre el aburrimiento. Le dijo: endemoniado, no entiendo por qué tu dices que el aburrido vive como si su vida hubiera sido ordenada por otros. Suspiró el de Chillán y dijo: te encuentras interesado y afanado en tus proyectos y acciones, hasta que, por alguna contingencia de la vida, esos proyectos y acciones se ven interrumpidos temporalmente y te encuentras en una situación en la que no puedes hacer nada por ellos, salvo esperar a que la situación de interrupción termine - una sala de espera, un aeropuerto, una tormenta que te aisla, son ejemplos -, entonces te aburres. Por supuesto, comentó el zombi, me aburro si no hay nada que hacer, nada que me interese; y no me aburro si encuentro que tengo cosas que hacer que me interesan. ¿Y quien le da interés a las cosas y proyectos que te interesan?, pregunto el endemoniado; obviamente yo mismo, dijo el otro. Y si tú declaras desde ti mismo el valor que le darás a las cosas y el interés que te merecerán determinados proyectos, ¿por qué olvidas eso cuando te encuentras aburrido, declaras que no hay nada interesante que hacer -echándole la culpa al mundo por su falta de interés - y olvidas que tú has sido desde el inicio el origen de tus propios intereses? Se ensimismó el zombi. Dijo: es que tal vez nunca declaré mis propios afanes ni el peso de interés y significación que yo le asignaría a las cosas, sino que simplemente me encuentro sumándome a las obligaciones y afanes que estaban disponibles para mi o para personas como yo. A eso me refiero, dijo el endemoniado, a eso me refiero: nos aburrimos cuando vemos interrumpido el fluir de los afanes y proyectos que nos poseen. Y sólo esperamos recuperar la posibildad de afanarnos y ocuparnos en tareas y proyectos que quizás nunca hemos sabido por qué nos interesan.
Volvió a la carga el zombi diciendo: ¿y el aburrimiento que no es transitorio, que no depende de no poder - transitoriamente - dedicarnos a nuestras ocupaciones regulares? Quizás ése es un aburrimiento distinto -respondió el endemoniado -, creo que el aburrrido permanente no logra encontrar nada de qué declararse interesado, nada a qué le encuentre sentido. Por lo menos, éste no se traga el cuento que los proyectos que la vida le pone por delante deban ser suyos por el solo hecho que los hizo suyos, no se distrae. No se compra así no más las metas y afanes, y criterios de éxito y fracaso que la sociedad le ofrece ya armaditos para su consumo. Este aburrimiento es peor, dijo el zombi, seguramente el que lo sufre no tiene consuelo alguno, al menos el otro aburrido espera que luego regresen los intereses de sus ocupaciones regulares nuevamente. Éste no espera nada. Asintó el endemoniado: pero tal vez por lo mismo, porque no se seduce con la distracción de los afanes que ya están disponibles, se encuentra más cerca de la posibilidad de encontarse cara a cara con la necesidad de declarar sus propios afanes y apropiarse de su individual vida.
Entonces, hay dos aburrimientos, dijo el zombi. Uno, al que tememos y del que huimos buscando los afanes que derivan de tener qué hacer - que incluye tener en qué entretenernos en los resquicios entre ocupación y ocupación. Y otro del que sabemos que, como posibilidad, no desaparecerá nunca completamente, que no encontrará remedio en ninguna distracción ni entretención, pero al que no tememos porque sabemos que equivale a la posibilidad de declarar el sentido que le daremos a nuestra vida.
Puede que así sea, le dijo el endemoniado. El zombi lo miró, inicialmente irritado: no se le pasaba el hábito de buscar en todo la presencia de verdades indudables. Pero luego pareció aliviado; se observaba, aunque todavía tarde, lanzado a los comportamientos que lo poseían y que lo hacían ser el zombi que era. Y esto lo hacía ser un poco menos zombi que antes.



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