Aburrido estuvo el endemoniado durante un largo tiempo. Intentó leer en la biblioteca municipal, pero ningún libro logró sacarlo de su ánimo aburrido. Tampoco consiguió nada durmiendo varios días seguidos a la sombra de los tilos de la plaza: despertó igual. Conversar con la gente en la feria resultó peor: los encontró fatalmente aburridores. Sus amigos, el zombi y el hambriento, lo rehuían por temor a contagiarse de lata con tanta lata: veían con temor los estragos que había hecho el aburrimiento con él y ponían distancia.
Empezó a salir de su aburrimiento un día que inesperadamente se empezó a interesar por él. Empezó a notar a qué horas y en qué situaciones se ponía peor o se aliviaba levemente. (La hora de almuerzo, rodeado de manjares y mostos lugareños, era siempre uno de esos bienvenidos relativos remansos de alivio). También comenzó a prestar atención a las particulares sensaciones corporales que acompañaban su aburrimiento: un desasosiego general imposible de controlar, posturas que no encuentran el reposo, inusitada liviandad de sus miembros, des-enfoque de las conversaciones automáticas que lo poseían, una suerte de vacío pesado en el estómago que parecía hacerle subir el pulso y bajar la presión al mismo tiempo. De pronto se notó des-aburrido interesado en su aburrimiento. ¡El aburrido sale de su aburrimiento si se interesa en su aburrimiento!, pensó con sorpresa.
El endemoniado sintió que había descubierto un santo remedio. De allí en adelante, cada vez que el aburrimiento golpeaba a la puerta de sus estados de ánimo, focalizaba su interés en él. Salió de su aburrimiento sintiendo que no sabía nada del aburrimiento, y muy interesado en él y el origen de su fuerza obscura.



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