El endemoniado percibió que con el zombi siempre terminaba conversando de las intenciones de las acciones de éste más que de las acciones mismas que realizaba. Era un extraño efecto que producía al desplazar la atención del mundo de las cosas y los actos en el que todos existimos a un mundo de narrativas propias perteneciente solamente a si mismo. Por lo menos en el cual él era testigo privilegiado, sino único.
También se dio cuenta que el zombi tenía una solución universal perfecta para todos los problemas posibles: hay que poner los incentivos correctos, decía plenamente convencido. La gente es racional, si hace tonteras o se comporta poco adecuadamente es porque los incentivos están mal puestos, sostenía. ( Le parece evidente en si misma una descartada teoría de la acción humana llamada conductismo, pensó el endemoniado que algo había leído al respecto. Le gustaba percibir que, por vivir en Chillán y no haberse encerrado en un lugar como Quirihue, estaba más al día. En eso consiste ser zombi,confirmó nuevamente: en no saber qué cuentos te manejan) Aparentemente sin darse cuenta, hacía el mismo juego: desplazar la atención del mundo de las personas y sus actos a un mundo interno en el cual evaluaba los incentivos disponibles.
Y en este mundo propio, el zombi siempre tenía la razón. ¡Discutir con él era perder el tiempo!



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