En antiguas cosmologías se imaginaba que vivíamos en una tierra que tenía un forma convexa, en medio de un cielo lleno de astros, que la tierra se afirmaba sobre la espalda de gigantescos elefantes que, a su vez, caminaban sobre la caparazón de una tortuga verdaderamente grande, la que, por su parte, era rodeada y sostenida por una serpiente de tamañao descomunal. Al parecer nadie se atrevía a insinuar sobre qué base se sostenía la serpiente.
Todo parecía flotar en la nada, como si no hubiera algo realmente firme bajo nuestros piés. Pero siempre se ha querido imaginar en qué descansa aquello que imaginamos es el fundamento de lo que vemos, como si cada respuesta última demandara una más fundamental aun.
Parra, en El Hombre Imaginario declara que el término último de nuestras imaginaciones, el fundamento de todo, es el dolor. El dolor de pertenecer a un mundo en el cual nada es verdaderamente sólido, en el cual todo es imaginario, inclusive el placer de la amada.
En Gracias a la Vida, la otra Parra parece decirnos que el fundamento de todo es la gratitud, porque aun peor que el dolor es ni siquiera estar aquí para experimentarlo. A final, debajo de todos los fundamentos está la gratitud a la vida que nos permite mirar, hablar, imaginar.



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