Mario Valdivia

Atisbando 149 en Podcaster.cl

  ¿Inicio del fin de una crisis o inicio del fin de una era?

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Amor - ¿desaparecido? - por Chile

Enviado por Mario Valdivia el 28/11/2006 a las 19:38
Mario Valdivia
¿Por qué no daño intencionalmente a mis hijos, a mis padres, a mis amigos, a las personas por las que tengo afecto? Ciertamente no porque la ley me prohiba dañar a nadie. Tampoco simplemente por temor a pagar las consecuencias si el daño es descubierto. Aun si estoy completa y plenamente seguro que nadie descubrirá lo que he hecho, ni siquiera - obviamente - el que he dañado, no lo hago. Con respecto a otras personas que quiero menos, si les produzco daño entiendo que cometo un acto ilegal o que carece de ética; pero si daño a un ser querido entiendo que lo he traicionado. Y hay una gran diferencia entre una cosa y la otra.  Al contrario, aquel o aquella por quien tengo genuino afecto tiene el derecho de esperar que haga sacrificios por él o ella; no así un ser humano cualquiera.

No daño a mis seres queridos por eso, porque son seres queridos. Por amor. Y el amor, o la solidaridad sin condiciones, funda la ética de una manera que la articulación de normas universales no puede hacerlo.  El amor funda una ética de compromiso, de disposición al sacrificio, una ética que no saca ventajas aunque impune e invisible. La ética que acordamos contractualmente, como leyes válidas para todos y reglas de transacción en el mercado, no puede fundar una comunidad de personas ligadas por el afecto y la solidaridad.

Cuando esta ética no articulada del amor desaparece o se debilita - se debilita el amor -  nos quedamos solamente con las reglas articuladas  contractualmente: una ética desapasionada, desapegada, fria, universal, que no hace distinciones, que no observa afectos ni cercanías, que no reconoce la traición como posibilidad ni el sacrificio como obligación. 

¿No es esto lo que hemos hecho y ponemos de manifiesto con el clientelismo y los actos de abuso y corrupción que se han hecho visibles en estos días?  Hubo un tiempo - no hace tanto - en que nos movilizamos con sacrificio y a riesgo de nuestras vidas simplemente por amor a Chile. Un amor desaparecido entre quienes abusan de los más pobres de los pobres en los planes de empleo mínimo, de los que más necesitan de espacios de entretención y deporte, de todos - todos - los que dieron dineros para las campañas políticas. Y en esto lo peor es cómo lo enfrentamos: como si solamente fuera una falta legal y debieramos solamente preocuparnos por despejar sus aspectos judiciales,  como si solamente fuera una cuestión de desorden o desprolijidad;  y no como la traición que es a Chile, a Chile y a su gente con la que decíamos ser especialmente solidarios.  Y jurídicamente, legalmente, el hilo se corta por lo más delgado, pero como traición no, como traición se pone en evidencia la parte más gruesa del hilo. No sólo lo veo yo, lo vemos todos. No sólo me duele a mi, le duele a muchos.

No se cómo se recupera este amor por Chile. Sólo se que es vital que lo hagamos, porque sin él poco conseguiremos con reglas y medidas anticorrupción nuevas, por buenas que éstas sean.

También en  Atisbando # 26.
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Poner el acento en lo fundamental

Enviado por Mario Valdivia el 23/11/2006 a las 11:42
Mario Valdivia
Recibí esta lección  hace muchos años - ¿30?- de Enrique Correa: siempre hay que poner el acento en lo principal. No hay que afanarse por lo que no es principal. Lo principal es lo que permite desenredar lo que ocurre e incidir en lo que está pasando. Consejo que aprecio hasta el día de hoy, tal como aprecio al consejero.

Con el tiempo he descubierto que poner el acento en lo principal no es un eslogan superficial, constituye una difícil y sofisticada práctica en la cual nadie se gradúa realmente. No es llegar y hacer. En primer lugar, es necesario descubrir qué es lo principal y luego - en segundo lugar - en disciplinarse para mantenerse enfocado en lo principal y dedicado a éste. Lo primero es una cuestión de habilidad interpretativa, lo segundo, una cuestión anímica.

Asi pues, poner el acento en lo principal no es tan fácil. Y no hacerlo tiene  consecuencias serias al configurar  una situación de una manera que nos conduce a tomar acciones peregrinas e inconsecuentes. Tal como confundir un incendio nocturno con un desfile social en pijamas.

¿Qué es lo fundamental que ocurre en estos días? Me parece a mi que lo principal en Chile consiste en la manifiesta ocurrencia de prácticas de corrupción vinculadas al estado, que reflejan un estilo político clientelístico, que nos han sorprendido por su extensión y por la importancia que han adquirirdo en las cúpulas de los directivos políticos de la concertación. Puedo hablar por mi mismo: soy concertacionista y me ha sorprendido cómo se han desplegado en público manifiesta y extendidamente, y cómo, en mi opinión, no pueden ser ocultadas ni relativizadas como una serie de casos particulares - cada uno un caso distinto, nada que ver con los otros, cada caso a los tribunales etc. - sin conexión entre si.  Dijo Confucio, no estoy seguro ni se bien dónde, que lo que configura lo real no son las cosas individuales, los objetos considerados uno a uno, sino que el hilo - muchas veces invisible - que los ata y los conecta a todos. (Pienso en un collar y lo veo clarito).  Bueno, yo creo que ahora lo fundamental consiste en poner el acento en este hilo: el clientelismo y la corrupción política que tiene graves consecuencias para Chile.

Pero no todos pensamos igual. Este fin de semana recién pasado, leyendo la prensa chilena habitual, pude escuchar a varias voces destacadas, ocupando valiosos espacios periodísticos, ocuparse de varios juegos laterales. Unas, dedicadas a descubrir el carácter del senador Flores, quien ha estado, no sin costos, poniendo el énfasis precisamente en lo principal. Otras, dedicadas a descubrir y revelar las intenciones del mismo senador - ¿alguien podrá conocer realmente las intenciones ajenas? A alguna le bastó con declarar que esas intenciones son inconfesables. ¿Es esto poner el acento en lo principal?  Respondo: ¡no!  Y, considerando que casi todas esas voces declaran su gran preocupación por la corrupción, el clientelismo y la ausencia de transparencia en Chile, esta distracción de lo principal se me hace muy poco comprensible. ¿Qué produce esta acentuación de lo menor?

Me encuentro a cada rato con un estado de ánimo extendido en Chile - la complacencia - que sistemáticamente nos conduce a poner el acento en lo lateral. Toda situación pública - a pesar de lo negativa que sea  - es una renovada ocasión para sentirnos bien, distintos y mejores. Y en este ánimo caemos todos, los de este lado y los del otro.  Unos, por lo choros que hemos sido económicamente, otros, por lo choros que hemos sido en política. Somos verdaderamente, en todo,  algo especial. Estado de ánimo que lo tiñe todo de ocasión para exhibirnos infatuados por lo bien que lo hemos hecho, que le da a toda situación pública el carácter de reunión social de una elite con razones para estar contenta con lo que es: nada de hablar en serio aquí, nada de golpear la mesa, nada de traer malas noticias de fuera del salón, nada de meter mucho jolgorio tampoco. Nada puede ser tan serio, ni tan urgente, ni requiere tanto ruido; si está casi todo bien, sabemos cómo hacerle  y la situación está controlada. Lo que importa aquí son las buenas maneras, no exagerar nunca y mantenernos todos concentrados en el juego de todos los salones de gente contenta:  exhibirnos de cierta manera - siempre con ingenio - y develar negativamente - siempre con ingenio - las estrategias de exhibición de los demás.

En el intertanto, los problemas serios que Chile incuba siguen creciendo insensiblemente. Lo peor del clientelismo corrupto no es tanto la extracción de dineros, sino que el hecho de concentrar a nuestros dirigentes en este tipo de juegos de poder menores, impidiéndoles alertarse a tiempo con desastres que emergen y que pueden pillar a Chile impotente. Yo estoy seguro que preocuparse de esto si que es poner el acento en lo principal,  ¡y en eso nuestro Senador no se equivoca!


Conversaciones públicas, conversaciones privadas

Enviado por Mario Valdivia el 22/11/2006 a las 8:07
Mario Valdivia
Voces varias han hecho gran cuestión en estos días de que el Senador Fernando Flores haya hecho públicas conversaciones que tuvo presumiblemente en privado con la Presidenta.  Muchas de ellas seguramente desde la buena fe. Invito a mirar de cerca lo que se critica.

Supongo que lo público no es principalmente aquello que se conversa a oídas de todo el mundo, aquello que comunicamos abiertamente a quien quiera oirlo. Supongo que lo público es principalmente aquello que compete a los ciudadanos en tanto que constituye una "cosa pública", un interés colectivo, algo que nos afecta a todos;  aunque eso se mantenga hablado en conversaciones privadas.  Aunque se converse en privado, el presupuesto de la nación es una cuestión pública. Una posible malversación de fondos del estado es una cosa pública, aunque se hable en privado.

Prefiero mil veces el comportamiento de hacer público lo que es público, a mantener en privado lo que es público. Me parece que la corrupción germina precisamente cuando el espacio de lo que se mantiene privado se agranda y cubre lo que realmente es público. La "infraestructura" de la corrupción consiste, en último término, en la conversación en privado - a espaldas de los ciudadanos - de lo que es público, es la práctica de privatizar lo público. En estos días en que Chile se encuentra de sopetón enfrentado con prácticas políticas corruptas más generalizadas que lo que nos gustaría, y con un clientelismo que amenaza con conducir a una captura para intereses privados del estado nacional, obviamente lo prefiero mucho más. Sobretodo porque -como sostuve en este post anterior y en Atisbando # 23 - siento que hace algún tiempo todos, quizás, veníamos callando y transigiendo resignadamente más de la cuenta.

Especialmente en este momento en que una desconfianza fundada de los ciudadanos con sus dirigentes políticos envenena nuestra convivencia, hacer público lo público, restándole importancia a las pretensiones acostumbradas del manejo privado, me parece una condición necesaria para reconstruir aquella. Este es el capital fundamental que tenemos que cuidar y refundar, y pienso que alrededor de esto debemos poner el acento principal.

Por último, especialmente hoy:  si hemos de errar para algún lado, si hemos de errar exagerando el ámbito de lo que hacemos público o bien exagerando el ámbito de lo que mantenemos privado, ¡adelante con lo primero!
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¿Proyecta desconfianza la prensa en general? ¿Cómo andamos por casa?

Enviado por Mario Valdivia el 16/11/2006 a las 16:30
Mario Valdivia
Estos días recientes de conmoción política hemos visto cómo trabaja en general la prensa y los periodistas. Yo interpreto que en su mayor parte la parada ante las personas entrevistadas o las personas de las cuales se hace una crónica es de desconfianza. Parece presuponerse, de entrada, que las personas mienten con respecto a sus motivaciones, que tienen intenciones que guían su conducta que parecen considerar inconfesables y que por lo tanto ocultan. Y la tarea del periodista parece consistir en adivinar estas motivaciones ocultas, develar estas intenciones poco confesables. Y, en este sentido, se presupone como lo más probable al parecer siempre la mala - sino, ¿por qué oculta?-  intención.

Considero que el trabajo de periodista es algo muy complicado, y el espíritu que parece animar a la prensa algo bien delicado. Y supongo que esto se hace tanto más complicado y delicado cuánto más crea el periodista que es un simple canal para que la "opinión publica" se informe; y supongo también que hay muchos periodistas de profesión que interpretan su rol asi: ponerse en el lugar de lo que la "gente" se pregunta y quiere saber.

Encarnar este rol implica un curioso desdoble personal. Nos afanamos, sin mayor interés personal en lo que se trate - personas, hechos etc. -, procurando comprometernos con las preocupaciones de este ente que imaginamos: "la gente".  Por eso, los periodistas aparecen tan a menudo completamente comprometidos con hacer hablar a las personas sin el menor involucramiento ni interés personal en lo que ellas dicen. Simplemente ¡ojalá! que digan algo que pueda ser llamativo para la "opinión pública"; lo que sea.

Creo yo que el periodista paga un precio alto por este comprometido descompromiso, por este compromiso por no comprometerse con sus propios intereses y preocupaciones. Debe suponer que esta manera de ser y hablar - no comprometido con lo que se dice sino que con otra cosa - es la manera obvia y normal de todos.  Debe suponer que todos hacemos lo mismo, la "gente" y la "opinión pública", y sus entrevistados y cuestionados en especial.

¿A nosotros, en nuestras conversaciones habituales no nos pasa en general lo mismo? Opinamos, decimos, preguntamos, sin compromiso real con lo escuchado y dicho. En eso consiste la palabrería habitual. Yo percibo que la ausencia de compromiso en nuestras conversaciones tiene algo de mala fe. Mala fe que procuramos no percibir pero que está siempre a nuestro acecho, al final sordamente presente. Sabemos que no nos importa realmente lo que decimos, lo que preguntamos y lo que oimos. ¿No hacemos esto generalizadamente todos los días y en todo lugar? Entonces, nos vemos forzados a pensar que esto es lo normal y válido para todos. Presuponemos esta sorda mala fe en todos los demás. De ahi que la habladuría tienda a ser pelambrienta, negativa, mezquina en su presuposición sobre el otro y las otras, sobre las intenciones y las raices ocultas de  su comportamiento y lo que dicen.

Podríamos creer tal vez que la falta de compromiso con lo que decimos pudiera ser neutral con respecto a nuestra predisposición a confiar o desconfiar de los demás. A lo mejor somos, en el descompromiso, tanto ingenuamente confiados como infundadamente desconfiados. Pero yo estoy convencido que no es así. La sorda mala fe, la obscura inautenticidad del descompromiso nos produce un sesgo negativo hacia los demás. En nuestra habladuría cotidiana nos paramos en general ante los demás -cualquiera- desde la desconfianza.

El mal no está obviamente per se en el periodismo. Está en la falta de compromiso. Vivir sin mayor compromiso es vivir como periodistas descomprometidos con nuestra vida. No es necesario vivir así, tal como no es necesario practicar el periodismo asi.

Se abren nuevas posibilidades para diseñar una mejor política en Chile

Enviado por Mario Valdivia el 15/11/2006 a las 11:55
Mario Valdivia
La presidenta Bachelet ha tomado la decisión de tomar la inicitaiva estratégica para corregir nuestras prácticas políticas con el objetivo de hacerlas menos clientelistas, menos corruptas, y más concretamente democráticas. Ha nombrado un grupo de trabajo, cuya composición ha concitado apoyo unánime, que en un plazo brevísimo de 10 días deberá presentar una propuesta de medidas legales y administrativas.

Lo encuentro súper positivo para Chile.

Nuestra política había estado dejando desde hace tiempo un mal sabor de boca en mucha gente con la que yo hablo.  El clientelismo,  basado en el acceso a recursos  de fuentes privadas o a recursos discrecionales de programas  e instituciones públicas, se había convertido en un espectáculo que ocurre a vista y presencia de los ciudadanos. En época eleccionaria especialmente.  De alguna manera, silenciosa y solapada, fue copando la cancha, talvez aceptado resignadamente por ateos y creyentes.  Seguramente cada una de las dos partes pensando que la otra tiene más recusos o más poder y hace uso de ellos de manera desembozada ante lo cual  siente que no puede quedarse atrás.  A ello corresponde la práctica de la instalación de "operadores políticos" en el aparato del estado.  Asi, entre todos, vamos degradando seriamente el estado democrático. Y generando un clima anímico político caracterizado por la resginación, el cinismo y la inercia descomprometida.  Creamos y aceptamos prácticas que nos llevan a considerar a la política como un espacio  de hipocrecía donde lo que importa es exclusivamente la "imagen comunicacional", en medio de una desmoralizante tranquilización de que "la cosa no es tan mala" después de todo.

Como partidario convencido de la Concertación, asi al menos es como yo me he estado sintiendo; y como veo que a muchos otros concertacionistas les ha estado sucediendo.

Una de las cosas que encuentro más esperanzadoras de las  nuevas posibilidades que se abren ahora es el nuevo estado de ánimo que siento se atisba en el País. Percibo una resignación en retroceso, un enojo con nuestro propio cinismo y el juego ético de suma cero en el cual habíamos aceptadp participar, en el ánimo fatalista de que  el empate  era el único triunfo posible. Ahora, ante las manifiestas irregularidades en Chiledeportes y en la rendición de cuentas de las platas públicas de las campañas eleccionarias pasadas, el establishment político comenzó nuevamente - como era usual - a reaccionar desde este estado de ánimo habitual. Sin embargo las cosas cambiaron esta vez, estas conductas reflejas fueron desnudadas y confrontadas públicamente y se abrió paso a un clima político anímico nuevo y más fresco derivado de una nueva apreciación pública de las gravedad que ha alcanzado la situación y, sobre todo, de imaginar a dónde nos dirigíamos.

Me siento muy agradecido de la conmoción producida por el Senador Fernando Flores quien, al comienzo casi enteramente solo, asumió publicamente la denuncia sobre la gravedad del estilo político que estamos inventando y mostró lo inaceptable que resultan las prácticas políticas habituales, fundadas en los ánimos habituales, de enfrentar las irregularidades ante los ciudadanos y asumir responsabilidades. Estoy cierto que sin esta conmoción, no habría habido el nuevo estado de ánimo que percibo hoy - de indignación contra nosotros mismos y nuestra inacción habitual, de sana vergüenza, y de acción y  apoyo comprometido a la Presidenta.  ¡En esa parada estoy yo!, y siento que corresponde a lo que a muchos nos pasa hoy.

Más en Atisbando # 23 y en Chile Potencia Alimentaria.
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Podcaster: nuestras élites

Enviado por Mario Valdivia el 07/11/2006 a las 15:01
Mario Valdivia

Salió Atisbando 21 y Atisbando 22 en podcaster. Por qué estoy seguro que es tan importante domocratizar el acceso a banda ancha en nuestras ciudades y pueblos.

Para que se abran espacio oportunidades educacionales de calidad.

Para que se abran espacio redes sociales más innovadoras.