Atisbando 149 en Podcaster.cl
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 El espacio, recuerdo bien, era un lugar de lugares. El lugar es para quedarse. No son los lugares puntos de paso, como un restaurante a la orilla del camino o una estación de servicio o una plaza de pago de peaje, o un aeropuerto. En un lugar la velocidad se hace cero; había tiempo para usar.
LLegar a Chillán tomaba diez horas por caminos de piedra y tierra, en verano. En invierno sin falta se cortaba la ruta por inundaciones. A veces había que regresar para intentar el paso días después. A veces, por lo general, se podían buscar desvíos y subiendo hacia la cordillera - donde los rios van más delgados y hundidos - por caminos peores aun encontrar algún vado - apenas - para regresar al camino del valle central y seguir rumbo al sur. Entonces había que alojar en algún lugar intermedio, muchas veces Talca. En ferrocarril el viaje era generalmente más seguro, pero tomaba las mismas nueve o diez horas que en automóvil.
Desde Chillán había que subir veinte kilómetros hacia la cordillera y avanzar cuarenta hacia el sur. El viaje terminaba en invierno generalmente a caballo o en coche de caballos. En medio de temporales de otros tiempos terminábamos la aventura - que no era simplemente un viaje -en otras tantas horas en este transporte. En verano los automóviles podían llegar en medio de una polvareda bíblica - trumaos del volcán Chillán.
Nadie llegaba al paso, para pasar. Todos llegábamos para quedarnos y recuerdo que nos tomaba varios días recorrer los lugares conocidos simplemente para volver a situarnos en ellos. Morar es quizás un verbo innecesariamente exigente para describir lo que pasaba en los lugares; con estar quizás basta. Eran lugares de estar. El espacio era de lugares de estar.
 Viví la rápida llegada de otro espacio, el espacio de fluir, el espacio de carreteras, escaleras electromecánicas, ascensores veloces, rutas aéreas, paseos peatonales. Espacio de puntos, de direcciones, de ramales, desvíos y coodenadas. Ya no vamos a lugares para quedarnos, vamos de paso. De un lugar a otro, como los automóviles en la ciudad con conductores ajetreados, ansiosos, de caras vacías. Casi nunca estamos en este espacio., vamos y venimos. Por eso las carreteras que deben dividir y destruir las casas donde estábamos. La ciudad es una red para fluir. Y a medida que esto avanzó el tiempo se acabó.
Vivimos sin tiempo en constante traslado, y mientras vamos de un lugar a otro, generalmente nos aburrimos. Y apenas llegamos, nos vamos. Yo, como los de antes, construimos refugios - lugares en el campo o en la playa - donde recuperar el fin de semana el viejo estar y la serenidad acostumbrada que no podemos encontrar en el constante fluir. De poco sirve, el domingo se hace corto y anuncia el fluir del lunes desde sus primeras horas. Entretanto, mis hijos viven en el fluir del MTV, y mis nietos en el fluir de los juegos en la red. En estos últimos, el espacio mismo está para su invención.
Salió Atisbando 20 en PODCASTER.
Malas ondas sobre medioambiente global estos últimos días.

La innovación disruptiva nace de atender anomalías. El mejoramiento permanente nace de enfrentar y resolver problemas. Me piden los participantes del Magister de Comportamiento del Consumidor distinguir con claridad entre ambos.
Aqui voy.
Parto, como siempre, presuponiendo que estamos ya situados en un ambiente de prácticas en las cuales hemos desarrollado habilidades necesarias para llevarlas a cabo. Tal vez estamos comprando en un supermercado - supermercadeando. O quizás conducimos nuestro automóvil por las conocidas calles de la ciudad. A lo mejor comemos en un conocido restaurante. Hemos desarrollado altas competencias en estas prácticas. Podemos decir, quizás, que tenemos maestría en ellas.
(Te pido, lector, que, te detengas y observes las prácticas y habilidades que has estado desplegando en este momento: o sea, prácticas de manipular un computador y leer documentos en blogs en la red)
Si hemos desarrollado las habilidades necesarias, habitualmente nos movemos en estas prácticas familiares de manera transparente. Nos hemos habituado en ellas. A medida que avanzamos por los pasillos del supermercado, o conducimos por las calles de la ciudad, vamos reaccionando muy finamente a las distintas situaciones que se van desplegando y anticipamos exactamente el uso que se requiere de los instrumentos y objetos que se hacen presentes para continuar llevando adelante las prácticas. Nuestro pie va al freno anticipando la frenada, cambiamos de pasillo anticipando que tales y cuales productos están en aquella otra góndola, nuestra mano anticipa fluidamente el peso de aquel paquete o botella, anticipamos la luz roja o el disco pare ejerciendo fluidamnete las acciones correspondientes. Generalmente no sabemos qué calles hemos recorrido al llegar a nuestra casa en la tarde. Tampoco recordamos el orden en que recorrimos los pasillos del supermercado y cada una de las nuevas ofertas que consideramos. No podemos decir dónde nos encontramos con luces rojas en los semáforos. Entre nuestros hábitos y las cosas del mundo hay un fluido acoplamiento.
No quiero decir que es un acoplamiento entre dos "cosas" distintas: nuestro hábitos, por un lado, y las cosas del mundo por otro lado. En realidad, nuestros hábitos configuran las cosas del mundo al usarlas de ésta o esta otra manera. Porque nuestros hábitos nos hacen evitar conducir el automóvil sobre las líneas blancas, esas líneas se configuran como demarcadoras de pistas. Porque nuestros hábitos usan este artefacto con ruedas para cargarlo con compras en el supermercado, esto es un carro de compras. (En el mercado persa, estos carros se configuran como tiendas portátiles de productos y ofertas) Porque nuestros hábitos usan para leer este artefacto que se equilibra en mi nariz, éste se configura como anteojo (porque nuestros hábitos no usan el monóculo para leer, este artefacto se configura como pieza de museo). Entonces, cuando nuestros hábitos se mueven en un ambiente de prácticas totalmente familiar, en que todas las cosas operan como se supone y espera, el mundo se hace transparente. Esto es, lo vemos - nuestros hábitos lo ven - pero no vemos que lo vemos, prestamos atención a las situaciones de la calle al conducir - nuestros hábitos lo hacen y por eso manejamos con seguridad - pero no prestamos atención a este prestar atención. Podemos decir quizás que vamos concientes pero no auto-concientes, no vamos concientes de que vamos concientes. No nos vemos a nosotros mismos tomando acción, calculando los cursos a seguir y el uso que debemos darle a las cosas, simplemente tomamos acción y operamos con las cosas familiramente. Todo sale bien.
(Pídote, lector, que observes tu propia transparencia manipulando tu computador: si recuerdas exactamente cuánto tiempo tienes navegando en la red, cúantas y cuáles páginas bajaste antes que ésta y en qué orden, cuán invisible se hacen a tus acciones el teclado y el ratón etc. ¿Te has estado observando operar el computador todo este rato?)
¿Qué pasa si, como es corriente, las cosas no salen bien? El freno no opera ante la fuerza de nuestro pie como nuestros hábitos esperaban, no hay disponibilidad de ese producto que buscamos y que anticipamos que va a estar disponible. Hay una interrupción de la acción fluida que llevaba adelante el hábito. Entonces salimos de la transparencia. El mundo y nosotros nos hacemos presente ante nosotros mismos desde nuestras preocupaciones que quedaron sin cuidado por la interrupción. El mundo se ilumina como una red de cosas y posibilidades desde nuestra preocupación: tal vez aparece un pedal del freno roto en toda su presencia, el mal ánimo que me pone el garage de reparaciones, el teléfono de emergencia que no tengo anotado en mi agenda, los compromisos que voy a romper por el hecho de tener esta falla, etc. etc. Si evalúo negativamente la interrupción, experimento un problema. Los problemas, entonces, ocurren en las interrupciones de la transparencia de la acción competente en un ambiente familiar. (No todas las interrupciones son problemas, algunas podemos experimentarlas como oportunidades - ahora, debido a la falla de mi automóvil, tengo la perfecta excusa para no asistir a esa reunión que no me interesa. Pero lo que me interesa decir aquí es, por el contrario, que todo problema ocurre, se experimenta, en una interrupción.)
Una anomalía probablemente no es experimentada como una interrupción de la transparecia por seres humanos moviéndose competentemente en un ambiente de prácticas familiar. La anomalía es transparente. Aunque puede implicar una reducción de posibilidades valoradas o una apertura de posibilidades valoradas negativamente, la anomalía se hace presente como algo "natural" que es parte de la "manera como las cosas son", como parte de la facticidad del mundo. El buen y mal tiempo constituye un buen ejemplo. Consideramos que es parte del mundo tal cual es el hecho que el tiempo pueda ser lluvioso o despejado. Una anticipación del tiempo que no sale bien nos suele hacer experimentar un problema, lo que ha llevado a procurar mejorar permanentemente la predicción del tiempo. Pero el hecho que el tiempo pueda ser de una forma u otra no es considerado un problema sino que una facticidad del mundo. Tal vez, desde alguna novela de ciencia ficción - que nos habla de seres que tienen las habilidades necesarias para controlar el estado del tiempo - podemos considerar que esto es una anomalía.
Antes de la invención de los antibióticos, resultaba "natural" morirse de infecciones como el tifus, p ej. Era considerado parte de como es el mundo. Era muy probable que uno - todos, cualquiera - se muriera de infecciones. Antes de la invención del teléfono móvil, era considerado natural desconectarse comunicativamente al subirse a un tren.
Una anomalía no es experimentada como algo que deba atenderse especialmente, como una interrupción de la acción anticipada por aquellos que se mueven competentemente en un ambiente familiar de prácticas. Su ánimo con respecto a las posibles consecuencias negativas de la anomalía es de resignación tranquilizada. No ven posibilidades distintas que las existentes y se tranquilizan sabiendo que es una característica incambiable del mundo tal cual es. Una anomalía es experimentada como tal por seres humanos que tienen habilidades distintas - diferentes - que las necesarias para moverse en este ambiente familiar. Desde estas otras habilidades - marginales a este ambiente - se pueden experimentar las anomalías como algo innecesario, no como algo "natural", sino que como una ausencia de habilidades de todos los que se mueven en ese ambiente de prácticas.
Es desde la prácticas de descubrir -inventar la penicilina que la muerte por infección aparece como un anomalía y la predisposición resignada tranquilizada al respecto como algo inaceptable para quien, en el laboratorio, comprueba la capacidad microbicida de la penicilina. Es desde las prácticas y habilidades de los sistemas policiales de mergencia (número 911) que no llegar a tiempo preciso por las cadenas de abastecimiento se comienza a experimentar como una anomalía - con anterioridad, las bodegas parecían una necesidad del mundo. Y seguramente no será en el mundo de los diseñadores y operadores de bodegas donde las bodegas se experimenten por primera vez como la anomalía que ahora son. Y tampoco serán los médicos hábiles en las prácticas de sanación de infecciones pre antobióticos - prácticas de higiene principalmente - de donde saldrá uno investigando las propiedades de los hongos; será alguien de unas prácticas marginales a la medicina de higiene.
Lectura recomendada: H. Dreyfus, F. Flores, C. Spinoza, Disclosing New Worlds.
Esta semana se publican las versiones 18 y 19 de Atisbando en el blog de voces PODCASTER.
Atisban la Nanotecnología y la Responsabilidad Social de la Empresa, respectivamente.

En las empresas se está hablando de "fidelizar a los clientes". Supongo que se trata de crear en ellos y ellas fe con respecto a la empresa. Pero no la fe que cree, sino que la fe que está segura, la fe que confía con seguridad en la relación establecida con la empresa. Entonces gestionar la relación con los clientes consiste en cultivar la confianza en las relaciones con ellos.
 A alguien escuché decir hace tiempo que la confianza es un presupuesto, o precondición, de las relaciones. Creo que tiene razón. Si evalúo que alguien no es confiable, no aceptaré lo que esa persona promete y no me dejaré atar en compromisos con ella. Y las relaciones, dice aqui, consisten al fin y al cabo en ataduras que nacen de compromisos y se sostienen en ellos. Por el contrario, si evalúo que alguien es confiable, se abren las puertas para establecer relaciones con esa persona, porque no temo atarme a - contar con, depender de - sus compromisos.
¿Qué tipos de confianza, o cuántas confianzas existen? Seguramente la confianza dependerá del tipo de relación que me proponga establecer con alguien. Por ejemplo, habrá evaluaciones de confianza que serán suficientes para establecer relaciones de colaboración puntuales en el presente, pero que pueden ser insuficientes para establecer relaciones de alianza estratégica que se propongan construir futuro juntos.
En una relación de colaboración en el presente, yo debo confiar en una promesa específica y precisa que otra persona me hace. Confío en que alguien llegará a tiempo a una reunión, confío en quien me vende un producto que ese producto operará como prometido, confío que el cheque que recibo tiene fondos etc. Necesito solamente - lo que no es poco, si se piensa en serio en esto - evaluar que tal persona es sincera cuando promete y también que es competente para realizar las acciones necesarias para cumplir con lo prometido. Sincera: o sea, que evaluamos que no nos miente en el momento que nos hace la promesa. Competente: o sea, que, al prometer, sabe de lo que está hablando en términos de lo que le llevará cumplir y podrá hacerlo. En el fondo, estoy pensando que esa persona ni me miente ni comete un error.
Pero en una relación que me ata con otra persona en la articulación de un futuro en común, es decir en la creación de una nueva identidad, la confianza es distinta, seguramente puedo decir que es más exigente. Establecemos un contrato de largo plazo de prestación de servicios tecnológicos, nos asociamos en una empresa para explotar un campo, nos atamos en una relación de entrenamiento que se propone convertirme en campeón mundial, contraemos matrimonio, constituyen posiblemente buenos ejemplos. Ahora necesito confiar en la identidad de la otra persona, no solamente en su cumplimiento de promesas específicas. Presupongo una integridad de esa persona con mi proyecto de creación de identidad. Hay miles de promesas o compromisos que se presuponen en una relación asi, a pesar que nunca pueda establecerse cada una de ellas con precisión. Habrá seguramente secretos que guardar, estrategias que no deben ser compartidas, debilidades estratégicass propias que ocultar a otros, etc. En el fondo, debo confiar que la otra parte se compromete completamente con mi preocupación por llevar a delante un proyecto de creación de identidad futura. Ya no hablamos de una sola promesa sin más dimensión temporal que el presente. Ahora confío en su involucramiento conmigo.
Pero ocurre que enfrento relaciones más ambiciosas aun. Me ato a personas para contruir posibilidades en conjunto, posibilidades que no puedo imaginar bien de manera anticipada. Entonces no puedo decir que me ate en la construcción de un futuro en común, puesto que ni siquiera logro imaginarlo bien. Los proyectos de innovación radical tienen esta caraterística: son abiertos, son inesperados, no son predecibles, sabemos que producirán y deberán enfrentar sorpresas fundamentales. Talvez una relación matrimonial que se comprometa a mantenerse atada a pesar de todas las inpredecibles viscisitudes que pueda enfrentar, constituye una relación asi. No hay manera de evaluar el riesgo anticipadamente, pero podemos confiar. ¿Qué clase de confianza es esta? Seguramente un componente fundamental lo constituye la percepción o evaluación que tengo de la pasión con que la otra persona enfrenta el futuro incierto conmigo, y su propia existencia. Pasión por la innovación, pasión por la relación que se construye. Confío en la disposición comprometida de la otra parte de dedicar su vida a esta aventura conmigo.
El mejor libro que conozco sobre la creación de confianza es de F. Flores y R. Solomon, "Building Trust in Business, Politics, Relationships and Life", publicado por Oxford U. Press

Muy sugerente el estudio sobre usos del tiempo hecho por mi amigo Carlos Catalán, Director del Magister de Comportamiento del Consumidor de la UAI, y publicado en la Revista del Sábado de El Mercurio del 2 de octubre pasado.
 El tiempo parece constituir un recurso especial: no podemos producirlo y estamos obligados a gastarlo. Esto parece ser algo evidente en si mismo.
Sin embargo, es esto lo que niego en mi lenguage cotidiano cuando digo "voy a hacerme un rato", "voy a hacerme un tiempo". Parece que, despúes de todo, puedo producir tiempo. Y en cuanto a estar perentoriamente obligado a gastarlo, ¿qué decir del aburrimiento? El aburrimiento me parece a mi que es un tiempo que se alarga, que parece no dejarse gastar, un tiempo en suspenso que se niega a transcurrir.
Creo que generalmente nos paramos inermes frente al tiempo, como algo externo que se nos impone indiferente. Asi, vivimos entre la falta de tiempo - apurados, abrumados, por no poder producir tiempo - y el exceso de tiempo - aburridos y angustiados por no poder gastar tiempo. Entre el tiempo que se hace corto y el tiempo que se hace largo. Al menos, esa es mi experiencia. Muchas veces no lo puedo producir, pero también muchas veces tampoco puedo gastar el tiempo.
Cuando me aburro, me sobra tiempo, no como si mi reloj tuviera espacio para más de 60 minutos en cada hora, sino que no encuentro acción alguna para hacer que me interese. Que me falta tiempo no quiere decir que cada minuto de mi reloj traiga menos de 60 segundos, sino que hay muchas - demasiadas - acciones que me interesa hacer. Hablo de mi capacidad para producir acción. Y en ambos casos, tanto cuando me falta tiempo como cuando me sobra, en el fondo, me faltan habilidades para producir acción; o una acción que me interese, o todas las acciones que me interesan.
En este mundo en que todo se produce y está sometido a la gestión, encuentro que es muy peculiar que padezcamos de esta dificultad con la acción misma. ¿No sabemos todos lo que es la acción humana?: que toda acción consiste en algún tipo de actividad. Que sea una actividad que realizamos con objetos en el mundo - como manipular el teclado de esta computadora o conducir un automóvil - o una actividad que realizamos con conceptos en la mente - como procesar información o tomar una decisión - vale igual. Y sabemos que toda actividad toma tiempo - unas actividades más, otras menos -, pero cada actividad toma su tiempo.
Pero, si mi acción fuera actividad, ¿cómo es que distingo tan fácilmante entre la acción del jogging y la acción de entrenar trotando?, ¿cómo es que distingo tan fácilmente la toma de una decisión que involucra centavos de una que involucra millones?, ¿cómo es que conozco tan fácilmente la diferencia entre la acción de ir a un lugar y la acción de ir a encontrarme con alguien allí?, ¿cómo es que percibo tan simplemente la diferencia entre jugar y hacer algo - esa misma actividad - en serio? Bueno, seguramente la acción no puede entenderse puramente como una actividad, (quizás no es ni siquiera principalmente una actividad).
Me parece que una acción no puede entenderse si no es como un hacernos cargo de una preocupación - el jogging para mantenernos en forma, el trote como proparación competitiva; el juego como diversión, lo serio como provisto de consecuencias que nos importan de otra manera ; etc. Llevo a cabo mis acciones para asegurar las posibilidades que se me hacen presentes y me interesan, y entiendo mis acciones como caminos para su realización. Lo mismo vale para entender las acciones de los demás y la acción humana en general.
Podemos preguntarnos como se conecta el tiempo con hacernos cargo de nuestras preocupaciones. ¿Cuántas vias para hacernos cargo de cada una de ellas existen?, ¿cuánto espacio para diseñarlas tenemos?, ¿cuánto espacio para inventar rutas inéditas hay?
También podemos preguntarnos por nuestras preocupaciones. ¿De dónde provienen?, ¿cómo es que parecemos carecer de la posibilidad de descubrirlas o inventarlas, como lo muestran nuestros momentos de aburrimiento?, ¿y cómo es que nos pesan tanto que nos abruma la falta de tiempo diponible para hacernos cargo de todas ellas?
Sigo, paseándome por Chillán, pensando en el espacio de lo vivido y recordado.
La plaza Santo Domingo en mi Chillán parece un bosque, o un potrero. Es lo hermoso de estas plazas segundonas provincianas que, por no ser LA PLAZA DE ARMAS, agarran - if at all - el fondo de la olla de los recursos municipales, habiéndose puesto a salvo así de las aficiones cementeras algo facistonas de los afanes ornamentales de nuestro alcaldes - droite et gauche - (un endemoniado se demuestra por su dominio de lenguas, como se está danto presente testimonio). Lugar de tierra suelta que favorece el levantamiento de impresionantes polvaredas al volar. Me gusta este lugar. Aquí todavía producen sensación mis levitaciones; en el cemento de la plaza central se pierde el efecto y me toman por un pinche robot.
 En la esquina, unos de los tesoros de la ciudad: los frescos de Siquieros en la Escuela México. Poco apreciados por la cultura-agri local.
Me gusta pararme en el espacio de esta sala con murales en sus paredes. Las figuras parecen volar juntas formando un mosaico de pertenencia resonante. O me siento parte o me siento ajeno, pero nunca distante. El espacio mismo es invitante, no me confronta desde alguna otra parte, más bien me invita a ser parte solidaria. Ven y participa en estas batallas, en estas luchas, me invitan exigentes, anunciando quizás su derrota y buscando despertar mis culpas de endemoniado. Pero a mi este Siquieros más bien me hace sentirme ajeno, lo que me apena. Es una suerte de involucramiento negativo, pero involucramiento sin duda.
Nadie me presta atención en este espacio, existe por si mismo, su gente es invitante pero no dependiente; ellas mismas ordenan su mundo y van finalmente indiferentes en un mar de energía que contagia. Parecen decir, "súbete o pasaremos sobre ti, tú no importas nada. Pero si te subes, importas todo"
He descubierto que no hay nada en Chillán más contrastante que irme volando sobre los tejares vetustos y el zinquerío presumiblemnte moderno, desde la escuela México a la catedral. La catedral de la ciudad es otro posible tesoro chillanejo. También post terremoto, como los frescos del mexicano. Tampoco parece la cultura-agri local apreciar mucho este lugar; pocas veces hay gente así que se puede mirar todo con tranquilidad y desparpajo.
Vale la pena entrar y pararse en el espacio abierto del pórtico. Dramatiza la perspectiva la nave de arcos simétricos que se alejan hacia el ábside filtrando uno a uno la luz. En el centro yo, mi mirada que recibe todos los rayos y ordena todo el territorio, hacia adelante el horizonte. Me mueva donde me mueva sigo siendo el centro del espacio que yace abierto, manso, simple y entregado, invitando la conquista.
 Este espacio crea, segregando, una intimidad detrás de mis ojos: yo mirando como miro. ¿Por qué este espacio me provoca a des-cubrirme mirándome mirar? Y afuera despliega un espacio de orden a mi disposición, simple y controlable, recursivo, que sólo exige quizás reiteración, empeño, dicisión y persistencia, pero que considerando todo eso, invita - obliga - a la inevitable conquista de los horizontes de lo natural. Están ahi para mi, esperando mi conquista - tan abiertos a la entrega como guardada su doblez - mientras yo estoy aquí afuera ya presupuestado. Entonces veo por qué mis ánimos deben fluctuar entre la ambición, la resolución y la resignación. ¡Es tan grande el mundo a conquistar, y la soledad tan disponible! Dice el poeta, "nos lanzamos de repente a vientos y caemos en un estanque sin compasión".
La soledad y el des-apego, siempre posibles.
El espacio de la escuela México, ¿de qué predisposiciones emocionales viene acompañado? No hay líneas, no hay punto de vista privilegiado, no hay nada garantizado ni orden posible, tampoco yo soy nadie afuera mirando, sólo invitación a hacerlo todo o talvez a resistir y defender todo lo ya hecho. Sólo veo una masa - nosotros, ustedes - de gente desplegada, gritando, invitándose a algún combate, en un lugar que no vemos, pero que por ahi está, con algo de tristeza en los rostros por tan largos años con sueños de más. La alegría solidaria, la pertenencia, o la tristeza de la ajenidad, quizás hasta la enemistad y el enojo.
Soledad y des-apego, ¿cómo?
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