Mario Valdivia

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  ¿Inicio del fin de una crisis o inicio del fin de una era?

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Educación: más preguntas para profesoras y pedagogos.

Enviado por Mario Valdivia el 14/01/2006 a las 8:46
Mario Valdivia

Hechas en ánimo de perplejidad y de expansión de posibilidades, no en ánimo de ataque o descalificación.

Dado que, con la proliferación de los computadores, ya casi no escribimos a mano, (máquinas que además están a punto de manejarse con nuestra habla), ¿debemos seguir enseñando - lo que toma años de aprendizaje - el arte de la caligrafía?

Dado que la mayor parte de nosotros no se dedica profesionalmente a las matemáticas, sino que las utiliza como herramientas en su vida cotidiana privada o profesional, ¿debemos seguir enseñando a operar matemáticamente por nosotros mismos o podemos dejarle este trabajo a las calculadoras, que son parte del equipamiento básico que todos tenemos? ¿Aprender matemáticas consistiría en aprender a operar estas máquinitas de calcular? 

¿No pasa ya así en la vida práctica de todos? ¿Que nuestras más elementales operaciones matemáticas ya las hacen para nosotros nuestras calculadoras (que ya están en todas partes, en los teléfonos, en el reloj pulsera, en tarjetas etc.)? ¿Que escribimos cada vez menos a mano y cada vez más con el teclado (que ya está en todas partes)?

¿A qué podríamos dedicar estos años de ahorro en la sala de clases? ¿Qué podrían aprender los estudiantes a edades mucho más tempranas?

 

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Hasta aqui no más llegamos con los valores.

Enviado por Mario Valdivia el 14/01/2006 a las 7:50
Mario Valdivia

No quería preocuparse más de los valores pero  se acercó nuevamente el hambriento  con preguntas, ahora en un ánimo abierto y sin cuidado. ¿Usted dice que los seres humanos no deciden sus conductas sobre la base de sus valores? Pienso que lo que nos mueve a actuar como lo hacemos está más bien situado en el terreno de los hábitos adquiridos, la historia; son automatismos, emociones. Ni siquiera podemos observar bien todo lo que nos mueve; no tenemos la capacidad de clarificar y hacer transparente ante nosotros mismos los resortes finales de nuestro comportamiento.

El endemoniado observó que el otro no se molestaba con lo que oia, así que continuó hablando menos cuidadamante. No somos dioses que podamos decidir y actuar limpios de todo prejuicio. Pero como queremos jugar a ser dioses, creemos que podemos articular el trasfondo que nos mueve como una escala de valores que explicita claramente los resortes de nuestro comportamiento. Nada parece quedar obscuro y creemos poder justificar por completo cada una de nuestras acciones; nos sentimos completamente dueños de nosotros mismos. Esto es lo que yo no creo posible, dijo el endemoniado. Esto es lo que nos lleva a cada rato a sorprendernos -si somos honestos- con los cursos de acción que tomamos ya que no parecen obedecer a los valores que declaramos. Cada uno de nosotros tiene, elaborada y adquirida en su propio pasado, una cierta manera de actuar que lo mueve a comportarse de cierta manera. Pero no creo que ella pueda resumirse o explicitarse  como una escala de valores.

O sea, nuestro comportamiento no lo decidimos como una deducción a partir de nuestros valores. Si así fuera, intervino el hambriento, más que ser movidos por ellos, podríamos usar nuestros valores para calcular con total desprejuicio hasta qué punto distintos cursos de acción los respetan o no lo hacen. En tal caso, ¿podríamos decir que ellos son el resorte final que nos moviliza?

Sintieron algo así como una recién nacida amistad y se dirigieron -sin saber bien por qué - a comer un costillar acompañado de un tinto áspero (que produce complicidad con solo mirarlo) que tenían en el clandestino de alcoholes y mariscos de la entrada sur del pueblo. Para comenzar, unos prohibidos locos.

Valores y valores.

Enviado por Mario Valdivia el 12/01/2006 a las 14:25
Mario Valdivia

Se le acercó enojado el hambriento. Ya lo esperaba venir. ¡Usted dice que los valores no existen!, le reclamó con aires de escándalo. Calló un momento el endemoniado; después le dijo: es muy re difícil demostrar que algo no existe - más difícil que demostrar que algo existe - habiendo tanto escondrijo en este mundo donde las cosas pueden estar. Habría que buscar por todos lados y recorrer todos los rincones del universo. El hambriento no parecía satisfecho con la respuesta: su postura adquirió el desbalance del que cree sin certidumbre que le toman el pelo.

Habría que comenzar por ver cómo se reconocen los valores antes de preguntarnos si existen o no. ¿Basta que alguien diga que tiene tales y cuales valores para considerar que ellos existen? Por supuesto que no, dijo el hambriento, habría que considerar sus acciones, su comportamiento. ¿O sea los valore se ponen de manifiesto en las acciones de las personas? Por supuesto, dijo el hambriento, los valores son el resorte último que mueve a los seres humanos a comportarse como lo hacen. Los valores son el origen de las acciones humanas, y al actuar una persona pone de manifiesto los valores que guian su comportamiento. O sea, los valores van a aparecer en la interpretación que hagan las personas de las acciones de alguien.

Preguntó el endemoniado: ¿puede una persona tener una interpretación equivocada con respecto a los valores que la mueven? El hambriento callaba con una poco disimulada sospecha germinando. ¿Aunque lo crea con toda sinceridad?, agregó. Le voy a recordar un cuento que usted conoce perfectamente, dijo el de Chillán. Sale en el avangelio de Marcos (10:17) y relata lo que sigue: un joven rico se acercó a Jesús preguntándole qué debía hacer para ganar la vida eterna. La respuesta: " Ya sabes los mandamientos que conducen a la vida: No cometer adulterio, no matar, no hurtar, no decir falso testimonio, no hacer mal a nadie, honrar padre y madre. A esto respondió él, y le dijo: Maestro, todas esas cosas las he observado desde mi mocedad. Y Jesús mirándole de hito en hito mostró quedar prendado de él y le dijo: una cosa te falta aún: anda, vende cuanto tienes, y dalo a los pobres, que así tendrás un tesoro en el cielo; y ven después y sígueme. A esta propuesta, entristecido el joven, fuese muy aflijido, pues tenía muchos bienes."

El principal sorprendido aquí sobre la verdadera naturaleza de sus valores es el joven: descubre que más que valorar la vida eterna, valora sus riquezas, reconoció de inmediato y sin pesar el hambriento. Y no se trata aquí de que haya una discrepancia entre lo que dice el joven rico de si mismo y las interpretaciones que hace la gente al verlo actuar, es él mismo quien reconoce lo infundado de la interpretación que tiene de las motivaciones más elementales de su propio comportamiento, dijo el endemoniado, y se entristece al darse cuenta de eso.

¿O sea?, le preguntó al hambriento. Este dijo con una recién ganada serenidad: o sea, es mejor no hablar de los valores que tenemos y dejar que nuestros actos manifiesten por si mismos los que nos preocupa y lo que cuidamos. Si pues, así dejamos menos espacio para equivocaciones entristecedoras y el chamullo hipócrita.

Valores, valores, valores.

Enviado por Mario Valdivia el 11/01/2006 a las 15:28
Mario Valdivia

El endemoniado de Chillán viene observando hace algún tiempo que se habla mucho de los valores que cada uno de nosotros tiene, como una manera de definir quienes somos y distinguirnos de otros que, aparentemente, tienen otros valores. Y cada uno trata de mostrar su valores en una luz más virtuosa que los valores que, dice, tienen otros.

También observa que nadie declara valores negativos. Aún los tipos más delincuentes y socialmente peligrosos, declaran guiarse por valores dignos de santos o de ciudadanos virtuosos. Algo no huele bien, piensa el de Chillán.

Partamos por lo simple, propone. Si alguien dice que tiene un título universitario, es fácil demostrar si es verdadero o falso lo que dice de si mismo. Si alguien dice que tiene una cierta edad, es fácil saber qué debemos hacer para saber si es verdadero o falso lo que dice de si mismo. Pero, si alguien dice que tiene valores humanistas, o progresistas, o cristianos, o laicos, ¿qué debemos hacer para verificar si lo que dice es verdadero? ¿Podemos verificar esto de alguna manera? El endemoniado cree que no hay manera posible de hacerlo. Tampoco se puede demostrar lo contrario, piensa. ¿Cómo se puede demostrar que mis valores NO son humanistas, o cristianos, o progresistas etc? Parece que atribuirme valores que parezcan hermosos no tiene ningún costo: nadie puede demostrar lo contrario.

Recordó entonces lo que ya había descubierto sobre el chamullo. Chamullar es hablar cualquier cosa sin ninguna preocupación por decir la verdad o no decirla, por decir algo verdadero o algo falso. Hablar de los hermosos valores que tenemos es chamullar. Pensó el endemoniado: sólo gente tan educadamente hipócrita como nosotros los chilenos podemos hablar tanto de nuestros valores. La próxima vez que escuche a alguien hablando bellamente de sus valores tendré cuidado, concluyó.

( El hambriento, que de cerca lo escuchaba, quedó sumido en una profunda perplejidad)

Educación: preguntas para profesores y pedagogas.

Enviado por Mario Valdivia el 10/01/2006 a las 9:18
Mario Valdivia

Preguntas para profesores y pedagogos hechas en ánimo de perplejidad, no en ánimo de exigencia.

       * ¿La pedagogía debe enseñar o debe producir aprendizaje?.

       * ¿El profesor promete aprendizaje?  Si no es así: ¿qué promete?

       * ¿Quién debe hacerse cargo de modificar los malos estados de ánimo para aprender que traen los alumnos a la escuela?

       * ¿Quién debe hacerse cargo de la mala formación previa que traen los alumnos a la escuela, una vez que están adentro?

       * ¿Qué le pasa a nuestro estado de ánimo con estas preguntas?

Estas interrogantes apuntan a que observemos anomalías - impotencias o insatisfacciones que casi nos pasan desapercibidas porque nos parece obvio que no se pueden enfrentar - de la pedagogía como disciplina. 

 

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Aprender: miedo, aburrimiento y resignación.

Enviado por Mario Valdivia el 08/01/2006 a las 11:12
Mario Valdivia

El miedo, el aburrimiento y el desaliento son tres disposiciones emocionales - las que hemos identificado más claramente - que nos impiden aprender. ¿Qué tienen en común?

Las tres nos llevan a enfrentar el presente como una situación sin esperanzas. Al introducirnos en una situación de aprendizaje, entramos en el callejón sin salida de un fracaso seguro, del des-interés irreparable, de la imposibilidad de cambiar quienes somos.

Desde la impotencia presente, cada una de las tres nos enfrenta al futuro como una expectativa que se aproxima, como una espera. El miedo a (no poder) aprender abre el futuro de la situación de aprendizaje como la espera de un fracaso. El aburrimiento abre el futuro de la situación de aprendizaje como la expectativa del peso de un tiempo que transcurre lentamente, sin interés. El desaliento resignado con quienes somos abre el futuro de la situación de aprendizaje como la espera de que, a pesar de aprender, se mantenga fijo el ser que somos y la imposibilidad de cambiarlo.

Al mismo tiempo que el presente es impotencia y el futuro expectativa negativa, las tres nos hacen olvidar el pasado.  El miedo a (no poder) aprender olvida las situaciones de aprendizajes pasadas en las cuales inhabilidades o descuidos pedagógicos se convirtieron en una explicación fatalista del tipo "yo no puedo aprender". El aburrimiento, olvida el momento en que nosotros declaramos los intereses y preocupaciones que nos mueven, y que, cualquiera sea la situación en que participemos,  siempre podemos hacerlo de nuevo. La resignación desolada con quienes somos olvida el momento en que nos creimos nuestros juicios de valor negativos sobre nosotros mismos como si fueran afirmaciones verdaderas, hechos ciertos.

Lidiar con estas disposiciones negativas para aprender exige lidiar simultáneamente con esta estructura de temporalidad, llevando al alumno a apropiarse de una nueva: 

(1) Permitirle articular una buena interpretación del pasado en el cual esas disposiciones fueron poseyéndolo y atrapándolo en una interpretación "causal" . Así tendrá a su disposición un permanente recordatorio del pasado. 

(2) Permitirle adquirir una capacidad para observar con rigor su aprendizaje futuro, en un caso. En el otro, para observar cambios que se producirán en quienes interpretamos que somos. En el caso del aburrimiento, para observar la creación de nuevos intereses a partir de sus intereses actuales, cualquiera ellos sean. Así tendrá a su disposición un permanente observatorio de las nuevas posibilidades que abrirá en su futuro.

(3) Someter al alumno a prácticas simples de aprendizaje, en las cuales paso a paso, desde lo más elemental, pueda observar éxitos en ellas y pueda ir construyendo la posibilidad fundada de salir de su impotencia. Aprender y observar su aprendizaje, y transformar su temporalidad pasada observando esta transformación, serían  momentos esenciales de una pedagogía productiva y transformadora.

Educación: ¿cantidad, calidad o algo más?

Enviado por Mario Valdivia el 02/01/2006 a las 9:33
Mario Valdivia

Los resultados 2005 de la prueba de selección de estudiantes para ingresar a la universidad, la PSU, son pésimos. Muestran que la educación media está fallando grave y porfiadamente: malos puntajes en promedio y puntajes que discriminan según la situación social del medio que atienden los colegios. ¿Qué se dice que estos resultados demuestran? Dos tipos de diagnóstico. Uno, pone énfasis en las falencias cuantitativas de los recursos con que cuenta nuestro sistema educacional. Otro, pone énfasis en los problemas de mala calidad docente que sufren nuestros alumnos, problemas incorregibles por los privilegios con que cuentan los profesores municipales; no se los puede evaluar, no se  puede remover a sus directivos.

Pero la PSU es una prueba de selección para ingresar a las universidades. Tomarnos tan en serio sus resultados presupone creer que el éxito de todo nuestro sistema educacional se evalúa por el acceso a la universidad que produce, lo que presupone creer que nuestra educación universitaria está bien. Sabemos que esto no es así: miremos la cantidad creciente de universitarios cesantes y los ingresos paupérrimos de nuestros graduados que no superan los de un trabajador con un mínimo de experiencia. Sabemos que nuestro sistema educacional entero - universidades, colegios, jardines- no está produciendo adultos productivos, autónomos y responsables.

La PSU es una institución educacional más; como tal, ella es parte del problema de nuestra educación. Tomarla tan en serio nos lleva a encontrar exclusivamente problemas de cantidad o calidad. Y nuestra educación tiene un problema de otro tipo: está vieja, históricamente obsoleta, prepara a los jóvenes para vivir en un mundo que ya no existe, un mundo que los propios jóvenes sienten con fundada intuición que no es el mundo que ellos habitan en el presente. En momentos de acelerado cambio histórico, seguir pensando en términos de correcciones de cantidad y calidad a la educación puede ser fatalmente conservador: equivale a creer que el automóvil nació de las carretas debido a que éstas recibieron más recursos o porque fueron mejorando su calidad.  

Vivimos - nuestros jóvenes más plenamente que nosotros - en un mundo nuevo y en constante renovación. La información es gratis y está disponible para todos en la red -nadie puede ganarse la vida explotando conocimientos únicos, la base del trabajo profesional y experto hasta hace poco; los procesadores ultra baratos revolucionan las prácticas matemáticas permitiendo a cualquiera resolver problemas - de aritmética, álgebra y cálculo- que eran estimados problemas dignos de genios hace una generación atrás; la digitalización revoluciona las prácticas de comunicación en las cuales nos encontramos viviendo, prácticas que miramos todavía desde la lecto escritura;  un mundo fluido sin tradiciones perdurables en el cual nuestros jóvenes deberán crear identidades en un constante proceso de innovación; un mundo en el cual los individuos encuentran cada vez menos nichos sociales protegidos y deberán confiar cada vez más en su capacidad de emprender.  ¿Qué estamos haciendo para enfrentar estos desafíos? 

La educación necesita una innovación mayor. Y ésa es también nuestra gran oportunidad.

 

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