Muerta nuestra tierra como centro del mundo, y también nuestro sol, la muerte del dios infinito que nos concedía importancia, termina por privarnos de todo significado. Por eso la seriedad que ponemos en nuestra agenda diaria, la relevancia que concedemos a nuestras experiencias vividas; el yo como fundamento aparente de nuestra trascendencia.
Desaparecido el padre sagrado, desaparecen también los hijos sacros; de ahí nuestro desesperado propósito por concedernos mutuamente dignidad mediante principios y declaraciones.
Al actuar como padres, médicos, cocineros, ejecutivos, etc., al mismo tiempo que desplegamos habilidades paternales, médicas, de cocina y de gestión, aprendidas junto con estándares de desempeño correspondientes, estamos proyectando nuestra identidad social a partir de una situación inicial a una futura. En cada uno de los comportamientos que desempeñamos en un momento presente, nos movemos con narrativas e interpretaciones de nuestros roles sociales que ya teníamos incialmente, en el pasado, que incluyen estándares sociales correspondientes, procurando proyectar al final, en el futuro, como resultado de nuestras acciones, un determinada identidad social. Podemos interpretar que nuestro comportamiento presente no es más que el afanarnos por nuestra proyección de un pasado a un futuro sociales.
Ejs. Quizás preparo un plato especial, aprovechando la presencia en nuestro restaurante de un cliente particular que interpreto como una persona líder creadora de gustos sociales, para producir en ella una identidad de cocinero especialmente destacada y distinguible. Si soy un ejecutivo, me propongo dirigir eficientemente una runión estratégica, cuidando proyectar una identidad dirigencial sólida entre los demás gerentes participantes. Como médico puedo dedicar un tiempo más allá de lo que considero habitual en explicar a un paciente el diagnóstico que hago de su situación de salud, debido a que quizás es primera vez que lo atiendo, sé que pertenece a una comunidad o un barrio de posibles pacientes que me interesa atender, y quiero producir una identidad médica de calidad y cuidadosa.
Es un no lugar. Tres Esquinas o Cuatro Esquinas, se llama; no creo que haya algún letrero con el nombre que no recuerdo bien. Cerca y lejos de Chillán, dependiendo del medio de transporte utilizado, es un simple encuentro de caminos con un expendio de alcoholes en uno de los tres o cuatro ángulos.
Ahí lo encontré de nuevo después de más de dos años. Parado solitario a la orilla de uno de los caminos, el Endemoniado de Chillán apareció inesperadamente como un pájaro cuajado sobre un poste (de alguna especie más allá del peligro de extinción). Conversamos bajo un sol encandilante enfrentando un gélido aire del sur.
- Investigo - me dijo cuando le pregunto qué hace -. Escudriño en busca de los restos de Dios muerto - me explica -, como un arqueólogo. Nietzsche dijo hace un siglo que nosotros, todos nosotros, lo asesinamos. Y anunció los signos más que gigantescos que deberíamos percibir, los terremotos vaciantes que desencadenamos con su muerte: el agua del mar bebida por completo, el horizonte borrado, la tierra des-atada de su sol, todo cayendo en un vacío sin coordenadas, oscuro y frío; el olor del cadáver descompuesto llenando el mundo entero.
- No se ve nada de eso - le digo.
- Es lo que pensé en un comienzo yo también, amigo mío - responde -. Pero me he acostumbrado a no desconfiar de Nietzsche, y menos aun a leerlo con liviandad. Quizás todo lo que él anunció ya ocurre pero no nos percatamos; quizás somos ciegos o zombis; quizás perdimos el olfato. Así que investigo, busco y escudriño en busca de los restos de Dios; y encuentro, ¡oh sí que encuentro!
Y ahora debo irme - dice de pronto - te escribiré sobre ellos, si tienes paciencia para oirlo.
Al menos dime algo hoy mismo - le suplico, perentorio -; déjame con algo.
Muerto el perdonador de los pecados, no nos queda más remedio que la virtud - dice, tomando un camino distinto al mío -: de ahí lo políticamente correcto.
Y como una sonrisa, el Endemoniado súbitamente desaparece; ya no está.
Normalmente interpretamos la acción de dos maneras posibles: como producir (un informe si somos ejecutivos, un artefacto de cerámica si somos ceramistas, un plato de comida si somos chef de cocina), o bien como ejecutar o llevar a cabo (un paso de baile si somos bailarines, una reunión de trabajo si somos ejecutivos, una carrera si somos atletas).
Notar que en cualquiera de los dos casos la acción humana ocurre en el tiempo, toma un tiempo, parece algo obvio. Sin embargo la relación de la acción con el tiempo es más estrecha. Cuando la acción está desarrollándose podemos pensar que ella consiste en actividades, o movimientos, corporales que están visiblemente presentes, que actualizan habilidades y estándares de efectividad acumuladas en el pasado (que ya estaban ahí antes de empezar a actuar), y que se dirigen hacia el futuro aun no presente de su resultado (el producto o lo ejecutado).
Ejemplo: cuando decimos que estamos preparando un plato de comida, decimos al mismo tiempo: (1) que estamos realizando algunas actividades presentes y visibles en la cocina, (2) que encarnan habilidades y estándares de cocinar ya aprendidas antes del presente, y (3) mantienen abierta como una promesa la posibilidad del plato anunciado pero que aun no está preparado.
Los seres humanos tenemos una preocupación constitutiva con la confianza y la desconfianza. Se debe a que las intenciones de los demás no son visibles para mi. Cuando interactúo conviviendo normalmente, es normal que me pregunte por las "verdaderas intenciones" de los otros. Asi me consta que estoy, y estamos, hechos: puedo engañar y traicionar en la misma medida que puedo ser leal y honesto.
Al observar las acciones de otros (otros observan las mías) es normal que muchas veces me parezcan extrañas, inexplicables, creadoras de expectativas que no se cumplen, o bien exigidoras de expectativas que no he producido, etc. E habitual que eso gatille desconfianza, haciéndonos preguntarnos por las reales intenciones de los demás.
Por mi trabajo, recojo varias fuentes de desconfianza que comparto con ustedes. Unas se refieren a la dimensión puramemnte prgamática de las acciones, otras surgen de la manera como interpretamos las identidades del prójimo, otras a la manera como reaccionamos ante los estilos culturales ajenos. Aquí van:
(1) La "simple" incompetencia para hacer, cumplir, escuchar y hacer cumplir promesas. O sea, actuar como si trabajar y actuar no fuera hacer y cumplir satisfactoriamente promesas a otros, sino que fuera algo así como "hacer la pega" de acuerdo con nuestros propios criterios, a nuestro particular saber y entender. Destruímos ciegamente expectativas y no se cumplen las nuestras: "sabemos" que no se puede confiar mucho. En la confianza está el peligro, dice el viejo proverbio. El remedio: adquirir competencias para manejarse con los demás mediante promesas.
(2) La ceguera a otros estándares prácticos, de hacer y actuar, que no sean los míos o los conocidos. Ej. si un taxista se dirige a la dirección que le hemos pedido pero usa una ruta diferente a la que yo acostumbro, no es raro que me genere desconfianza. Remedio: parecido al anterior: evaluar el cumplimiento de las promeas que me hacen, más que las actividades y procesos mediante los cuales las cumplen.
(3) El conservadurismo rígido con respecto a algún producto o servicio que acostumbro usar. Desconfío de lo que no es la acción a la que estoy habituado. Ej. los horarios de las prácticas sociales de los jóvenes, ¿a cuántos no hacen desconfiar? Remedio: adquirir habilidades para probar un nuevo producto o servicio que parece raro y desconfiable, con espíritu juguetón y explorador.
Me informa mi amigo Harry Abramas que mi novela fue seleccionada por el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (CNCA) como uno de los libros a ser adquirido por las bibliotecas públicas el año 2011.
Nací al terminar la segunda guerra mundial. El mismo año que se descubrió petróleo en Magallanes, un par de años después de la creación de la CORFO y un año antes de la fundación de la Compañia de Aceros del Pacífico; el mismo año que Gabriela Mistral ganó el Nobel, la primera mujer americana que lo obtuvo.
Nací chileno, y ser chileno me constituiyó tan transparente, densa e incuestionadamente como ser de sexo masculino, hablar castellano, medir un metro setenta, algo así, y tener los ojos color café. No había entonces la globalización de hoy, ni la tecnología había avanzado tanto como para pensar que todo eso podría ser optativo.
Y no solo era parte esencial de mi identidad pública, esa acarreada en el pasaporte por el mundo entero, e insistida de manera que impacientaba más de algo a mis amigos extranjeros, sino que ser chileno constituía y constituye algo esencial del ser por el que me tomo en la privacidad de mis emociones y mis reflexiones íntimas.
Ser chileno es parte constitutiva de ser yo. Nunca tuve dudas de eso; ni siquiera me he dado mucha cuenta.
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